Divorcios por el mundo: 10 filmes internacionales sobre desastres conyugales

Ahora que Asghar Farhadi nos cuenta otra historia de separación en 'El pasado', recordamos que en todos los países, y en todas las épocas, las parejas se van al traste.

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15 de abril de 2014

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  • Además de ser un director iraní (y por tanto, muy serio), Asghar Farhadi parece tener muy presente la idea de que el amor no dura para siempre. Será por eso por lo que, tras haberse ganado un nombre fuera de su país gracias a la tremenda Nader y Simin: Una separación, el cineasta vuelve a nuestras pantallas con otra historia de divorcio: El pasado. Claro que, para no entregar más de lo mismo, aquí Farhadi nos planta un órdago, porque no se trata ya de que el matrimonio de Bérénice Bejo y Ali Mossafa sea un cadaver de facto, ni tampoco que ella esté liada con Tahar Rahim (Un profeta), sino también de que, para hacer efectiva la ruptura, el futuro ex marido debe viajar desde Teherán a un París donde el choque de culturas (y los secretos familiares) están a la orden del día.

    Además de por sus virtudes fílmicas, las películas de Farhadi nos recuerdan una verdad innegable: en todos los países, y en todas las épocas, las parejas se han ido al traste con fruición. Una realidad a la que el cine no ha sido ajeno en absoluto: si no te lo crees, échale un vistazo a esta colección de películas que dan la vuelta al mundo en régimen de gananciales.

    EE UU: Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979)

    Los litigantes: Meryl Streep y Dustin Hoffman

    El proceso: Sí, sabemos que en el día de hoy Kramer contra Kramer está medianamente olvidada por el público en general, y que su enfoque sobre el asunto (el mismo que, en su día, le granjeó cinco Oscar, incluyendo Mejor Director y Mejor Película) nos resulta hoy un tanto blandito e incluso tendente a lo lacrimógeno. Pero para qué nos vamos a engañar: la idea de ver a Hoffman y a Streep (ambos oscarizados, faltaría más) dando vida a un matrimonio que, tras partir peras, se enfrenta en los tribunales de marras por la custodia de su hijo sigue teniendo su morbo. Señalemos por otra parte que el niño de marras, Justin Henry, fue candidato a una estatuilla con ocho añitos escasos. Algo que, como suele ocurrir, fue el preludio de una carrera como profesional (adulto) de la serie B.

    Francia: La rupture (Claude Chabrol, 1977)

    Los litigantes: Stephane Audran y Jean-Claude Drouot

    El proceso: Si los trámites de un divorcio suelen llevar consigo una buena carga de mal rollo, imagínate cómo se pone la cosa cuando Claude Chabrol (el maestro del thriller francés, satírico y bilioso) está al timón del asunto. La protagonista de esta historia decidirá poner tierra de por medio después de que su marido, un sujeto mentalmente inestable y con problemas de drogas, le pegue una monumental paliza al hijo de ambos. El problema es que la familia de él, tan sobrada de dinero como falta de escrúpulos, contrata entonces a un detective poco escrupuloso (Jean-Pierre Cassel, el papá de Vincent Cassel) para arruinar la vida de su nuera de cara al futuro juicio. Por suerte, la separación entre Stéphane Audran y Chabrol (que tendría lugar diez años más tarde) se produjo en términos mucho más amistosos.

    Italia: Divorcio a la italiana (Pietro Germi, 1961)

    Los litigantes: Marcello Mastroianni y Daniela Rocca

    El proceso: Fiel exponente del refrán “cuanto más primo, más me arrimo”, el barón siciliano Mastroianni se consume de pasión por su maciza pariente Stefania Sandrelli. Por desgracia, el barón también está casado con la baronesa de rigor, y la legislación italiana de los 60 no permite aún el divorcio… Pero, por suerte para nuestro maléfico héroe, sí que hace la vista gorda ante los crímenes pasionales. De ahí que el bueno de Marcello se pase esta comedia buscándole un amante a su señora, a fin de poder asesinarla bajo el pretexto del adulterio. Descacharrante y ácido, este alegato divorcista ganó el Oscar al mejor filme de habla no inglesa, amén de dos nominaciones: aun así, la separación legal de los cónyuges fue imposible en el país de la bota hasta 1970.

    Reino Unido: El león en invierno (A. Harvey, 1968)

    Los litigantes: Peter O’Toole y Katharine Hepburn

    El proceso: Está claro que el matrimonio de Henry y Eleonor está en ruinas: los cónyuges se odian entre ellos, viven separados, sus hijos (incluyendo a un Anthony Hopkins cuya homosexualidad reprimida da pie a una psicopatía rampante) no les aguantan, y para colmo él se ha agenciado una amante jovencísima. ¿Por qué no se divorcian de una puñetera vez? Pues porque son los reyes de la Inglaterra medieval, y dos maestros de la intriga ante cuya destreza para las puñaladas traperas palidecería el reparto de Juego de tronos. Una reunión navideña será el tablero donde se dirimirá si la pareja opta por una ruptura amistosa (tras el pertinente soborno al Papa)… O por una solución más drástica, la cual podría incluir unas cuantas decapitaciones.

    Polonia: Tres colores: Blanco (K. Kieslowski, 1994)

    Los litigantes: Julie Delpy y Zbigniew Zamachowski

    El proceso: Para la más arisca (que no la peor) entrega de su trilogía sobre los colores de la bandera francesa, Kieslowski volvió a su Polonia natal acompañando a Karol Karol (Zamachowski), un desgraciado sujeto que acaba de divorciarse de su guapísima y jovencísima esposa debido a ciertos problemas de disfunción eréctil. El hombre, algo tocado del ala por la traumática separación, está dispuesto a todo para recuperar el amor de la fuigitiva, o al menos para perpetrar contra ella una venganza monumental. Y, por suerte o por desgracia, la Varsovia posterior a la caída del comunismo es un lugar en el que puede o comprarse y venderse cualquier cosa, lo cual da pie a un trabajo inclasificable, entre la comedia patética y el drama macabro.

    España: Solos en la madrugada (J. L. Garci, 1978)

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    Los litigantes: José Sacristán y Fiorella Faltoyano

    El proceso: Aún faltaban dos años para que (en medio de una estruendosa polémica) la Ley del Divorcio de 1981 revolucionara la vida familiar española. Pero, con lo bien que se le daba a José Sacristán hacer de marido insatisfecho, ¿cómo resistirse a convertirle en protagonista de una separación matrimonial, transicional -en lo político- y encima radiofónica? Con dos hijos a cuestas y una lengua tirando a cortante, el locutor protagonista de esta historia se separa de su legítima y, pese a afirmar que todavía la ama, comienza un affaire con todo aquello que la España postfranquista tiene de libertino y de cachondo. Es decir, con Emma Cohen. Entre tanta metáfora y tanto discurso frente al micrófono de un Sacristán a veces descacharrante, nuestra ex redactora jefe María Casanova aparece hecha un pincel.

    Irán: Nader y Simin, una separación (Asghar Farhadi, 2011)

    Los litigantes: Leila Hatami y Peyman Moaadi

    El proceso: Ya lo decíamos al comenzar este repaso: a Asghar Farhadi le encantan las historias de divorcio. Un divorcio en este caso complicado por circunstancias personales (las servidumbres de cuidar a un suegro con Alzheimer), políticas (la futura ex esposa está deseando marcharse de Irán) y religiosas (los vericuetos de la jurisprudencia islámica), mientras la hija de la pareja aguanta como puede la tormenta que se le viene encima. Incluso aquellos que consideran al cine iraní como un simposio de esclerosis filosófica, aburrimiento y planos fijos deberían pensárselo dos veces antes de descalificar a esta película, ganadora de un Oscar, un Oso de Oro y un Globo de Oro.

    Israel: Kadosh (Amos Gitai, 1999)

    Los litigantes: Yaël Abecassis y Yoram Hattab

    El proceso: No hace falta haber sacado sobresalientes en Religión (o haber visto Noé) para saber que el judaísmo ultraortodoxo tiene opiniones muy marcadas acerca de la fertilidad femenina. Es decir, que como recuerda aquí un iracundo rabino, “una mujer estéril no es una mujer”. Por ello, y aunque son la mar de felices juntos, los protagonistas de este filme ambientado en un barrio jaredí de Jerusalén sufren todo tipo de presiones para que se divorcien debido a su falta de hijos. Mientras tanto, y por si lo anterior fuera poco, la hermana de ella (Meital Barda) se enfrenta a un matrimonio concertado, pese a que está enamorada de un hombre ajeno a su comunidad. Lo que se dice un festival de armonía y buen rollo.

    Finlandia: Divorcio a la finlandesa (Mika Kaurismäki, 2010)

    Los litigantes: Hannu-Pekka Björkman y Elina Knihtilä

    El proceso: Como sabe, para su desgracia, más de una pareja mal avenida y afectada por la crisis, buscar una nueva casa tras un divorcio es algo difícil y, sobre todo, caro. Y, como nos recuerda aquí el hermano cachondo de Aki Kaurismäki, si llegas al extremo de tener que convivir con tu ex conyuge es mejor respetar unas elementales normas de convivencia, porque si no luego pasa lo que pasa. ¿Que tú te traes a casa a tu nuevo novio? Pues yo contrato a una prostituta para fastidiar. ¿Que tú te tomas lo anterior a mal? Pues yo planeo tu asesinato con ayuda de la rama criminal de mi familia. Eso sí, siempre con un talante muy nórdico y civilizado.

    Japón: Kiseki (Milagro) (Hirokazu Kore-eda, 2011)

    Los litigantes: Jô Odagiri y Nene Ohtsuka

    El proceso: Por las razones que sean, muchos hijos de padres divorciados sueñan con que su familia vuelva a unirse. Máxime en casos como el de los dos hermanos que protagonizan este filme, enviado cada uno de ellos a vivir con un progenitor. Así las cosas, cuando uno de estos chavales escucha el rumor de que presenciar el cruce de dos shinkansen (trenes bala) puede concederte todos tus deseos, comienza una de esas historias tragicómicas y con niños que tan bien se le daban a Yasujiro Ozu (véase la genial Buenos días) y a las que Kore-eda también tiene cogido el tranquillo.

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