Disparos con corazón: ‘Tyler Rake’ es más ‘John Wick’ que ‘6 en la sombra’

La nueva película de Netflix protagonizada por Chris Hemsworth se ha hecho conocida por su acción descerebrada, pero hay algo más bajo su superficie.

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26 de abril de 2020

Es fácil buscarle a Tyler Rake los paralelismos con la saga de John Wick. La película conocida en EE.UU. como Extraction es el primer trabajo como director de Sam Hargrave, que lleva ganándose la vida como doble y coordinador de especialistas desde mediados de la década pasada, y es inevitable que su currículum nos recuerde al de Chad Stahelski y David Leitch, responsables de la John Wick original.

El hecho de contar en ambos casos con un especialista tras las cámaras ha facilitado, asimismo, una propuesta atractiva para los aficionados al cine de acción que muestran cierto hastío ante el modo en que las producciones estadounidenses más comerciales conciben los encadenados de explosiones, persecuciones y mamporros. Frente a esta acción tan basada en el montaje, Hargrave y los directores de John Wick prefieren depositar su mirada en el cine asiático.

Y, teniendo de referente catedrales del género como Redada asesina y sus honrosos derivados, desarrollan una acción basada preeminentemente en lo físico, con los menores cortes posibles. Consiguiendo una cercanía (y, consiguientemente, una virulencia) que permite entregarnos a personajes aparentemente más humanos, pero cuya vulnerabilidad no se extrae tanto del combate, donde son disciplinadas máquinas de matar, como del plano psicológico.

Puede que te hayan vendido Tyler Rake a partir de la acción desenfrenada y la escasez argumental, y que hayas pensado en la otra película más reciente de Neflix que responde a estos atributos: la (estupenda) 6 en la sombra de Michael Bay. Sin embargo, en la película que protagoniza Chris Hemsworth hay mucho donde rascar, más allá de su parentesco con la escuela de John Wick y los gustos cinéfilos de quienes resultan ser sus productores, Anthony y Joe Russo. Descubrámoslo.

Vuelven los 70

Tyler Rake, en efecto, nace del entusiasmo de quienes dirigieran el díptico más taquillero de la historia del cine, formado por Vengadores: Infinity WarVengadores: Endgame. En estas películas trabajaron con Hargrave al igual que ya lo habían hecho en Capitán América: El soldado de inviernoCapitán América: Civil War, y esta creciente confianza condujo a que le encargaran dirigir una historia muy personal para ellos.

En 2014 los Russo publicaron junto a Ande Parks la novela gráfica Ciudad, basada en una idea previa que no habían conseguido que diera pie a una película. Esta idea, centrada en un mercenario de turbulento pasado que ha de proteger al hijo de un peligroso narcotraficante, nacía del común interés de los Russo por los thrillers de acción de los años 70, caracterizados por su suciedad y por un discurso moral ambivalente.

Según Joe y Anthony se convirtieron en tipos muy poderosos de Hollywood, dicho interés se tradujo en varios proyectos con ellos de productores, siendo uno de ellos Manhattan sin salida. Este policíaco protagonizado por Chadwick Boseman (los tentáculos del Universo de Marvel son largos) contaba en su ADN con propósitos similares a los de Tyler Rake, y si bien no era tan impactante como este, mereció recibir mayor atención.

Manhattan sin salida, dirigida por Brian Kirk, se ambientaba en una sola noche a través de la cual un implacable policía (Boseman) perseguía a dos criminales que acababan de matar a varios agentes de la ley durante un atraco. Durante la investigación conocíamos el pasado del protagonista y qué experiencias fraguaron su personalidad, mientras él mismo iba descubriendo la corrupción del departamento de policía de Nueva York.

No era un film en absoluto original, como tampoco lo es Tyler Rake. Su atractivo tenía más que ver con su condición de rara avis en el mainstream actual, optando por una acción sintética, unos diálogos secos y una llamativa escasez de sentido del humor. Manhattan sin salida apostaba, en suma, por un cine de acción árido, contundente, lejos de la ligereza de los entretenimientos pergeñados, precisamente, en el seno de Marvel.

Así es como llegamos a Tyler Rake. Pese a contar con Chris Hemsworth como protagonista (alguien que, más allá de su inolvidable Thor, ha lucido vis cómica en films como Men in Black International o la última Cazafantasmas siendo lo mejor de ambos films), ninguno de los personajes que la pueblan está para bromas. Todos son narcotraficantes, policías corruptos o mercenarios, que no dudan en matar a sangre fría si alguien se interpone en su camino.

En el medio de todo está Ovi (Rudhraskh Jaiswal), el hijo de un narcotraficante indio que ha sido secuestrado por un poderoso rival de su padre. Alguien que, en un momento dado, entre escena de acción y escena de acción, le dice al personaje de Hemsworth que no tiene pinta de llamarse “Tyler”, sino “Brad”. Se trata de un chiste ocurrente, pero con el que es difícil que alguien se ría dado cómo está formulado. Asimilada la carga dramática que este contiene.

Más allá del plano secuencia

Tyler Rake es una gozada para los amantes de la acción. Eso es así. Sus casi dos horas se componen de cinco set pièces de duración generosa entre las cuales destaca, cómo no, un plano secuencia de 12 minutos que sigue a Rake y a Ovi a lo largo de una extenuante persecución donde cambian de vehículo, corretean por varias casas de Bangladesh y Hemsworth ha de intercambiar tremebundas tollinas con Saju (Randeep Hooda).

La fidelidad de los hermanos Russo a las fórmulas setenteras no solo está relacionada con la diáfana visualización del movimiento, sino también con la violencia que este genera. El bodycount de Tyler Rake es de órdago, y tanto los estallidos de sangre como las diversas formas de palmarla hacen gala de una originalidad proclive a ser consumidas entre carcajadas y gritos de sorpresa.

Cierta secuencia del film de Hargrave, sin embargo y para nuestros estándares, acaso iría demasiado lejos. A mitad de la película Tyler ha de luchar contra una banda de chavales de la edad de Ovi que tratan de darle caza y, aunque no llega a matar a nadie, tampoco escatima en violencia contra ellos. La escena no está precisamente enunciada como un rato lúdico (aunque resulte pasmosamente coreografiada) sino como un segmento lleno de dolor para ambas partes.

Los niños sufren en Tyler Rake. Constantemente. De muy variadas formas. Al comienzo del film de Hargrave un amigo de Ovi recibe un disparo en la cara, mientras que un secuaz del gángster Sachin (Shivam Vichare) es arrojado desde una azotea. Asimismo, durante las aventuras de Tyler son constantes las apariciones de niños soldado que lo persiguen, uno de ellos incluso desarrollando una relación de obsesivo antagonismo con él.

La película de Hargrave no ahonda en la problemática social que ha lanzado a dichos niños a una situación tan precaria, teniendo que matar para sobrevivir, pero los vehicula temáticamente con los traumas de Tyler y Ovi, los dos personajes principales. Ovi es un adolescente al que le ha sido negado tener una vida normal de adolescente debido a su padre, y a lo largo del film es tratado como un fardo que se pasan unos y otros mercenarios.

Tyler Rake no tiene intención de profundizar demasiado en esta temática de niños pagando por los pecados paternos, pero sí se ampara en ella para blindarse dramáticamente, mostrando un cuidado sorprendente a la hora de motivar a sus personajes. Y es que el citado Saju tampoco se libra de este conflicto, viéndose obligado a delinquir y trabajar para la mafia con el egocéntrico engaño (tan habitual en los dramas criminales) de que lo hace por su familia, y concretamente por su hijo bebé.

De ahí que sea tan dolorosa la escena de Tyler golpeando a los niños en plena calle, a kilómetros de distancia de una escena similar que veíamos en Lo que esconde Silver Lake con Andrew Garfield involucrado y que, aunque también estaba llena de subtexto, tenía una intención inequívocamente humorística. Pero poco hay de humorístico en el rostro de Tyler mientras golpea, o en la relación que poco a poco va forjando con Ovi.

Lejos de festivas buddy movies con chaval incorporado como El último gran héroe o, sin ir más lejos, The Mandalorian, el vínculo entre Tyler y Ovi está fundamentado en la amargura, los silencios y los secretos. También en un insistente sentimiento de culpabilidad para Tyler, cuyos traumas de hecho están relacionados con este ecosistema de niños muriendo, sin protección de los adultos, que retrata el film dirigido por Hargrave.

Las lágrimas de Thor

¿Por qué John Wick conquistó nuestro corazón? Es decir, más allá de Keanu Reeves y del seductor mundo de crimen organizado que presentaba. El gran acierto de la primera John Wick residía en la motivación de su personaje titular, y en cómo su furia violenta provenía de algo tan mundano como un perrete que le había hecho empezar a superar la muerte de su mujer.

El posterior asesinato del perrete desencadenaba una acción frenética y de absurdo número de víctimas, pero gracias a este ya no veíamos a John Wick igual. Cuando sus enemigos hablaban de él como Baba Yaga, como alguien mortífero a quien era imposible derrotar, nosotros no dejábamos de ver a un ser humano que sufría. Que, como cualquier ser humano, se sentía dichoso en compañía de su mascota.

La misma estrategia es seguida en Tyler Rake, cabe decir que sin tanta originalidad, pero funcionando igual de bien y vehiculando la temática antes descrita. Al comienzo de la película encontramos a Tyler “jugando constantemente a la ruleta rusa”, como dice su compañera Nik Khan (Golshifteh Farahani), buscando su muerte como un Spike Spiegel cualquiera debido a que una tragedia de su pasado le ha arrebatado las ganas de vivir.

Este trauma del pasado es insinuado (de una forma bastante perezosa) con flashbacks borrosos de su hijo muerto en una playa, que asaltan a Tyler cada vez que se sumerge en el agua. Suspendido en las profundidades, Tyler obtiene serenidad y la capacidad de observar con distancia todo lo que le ha ocurrido, llegando no obstante a la misma conclusión: ya no siente apego por su vida.

Es lo que le hace tan bueno en su trabajo, claro. Tyler Rake nos va contando información sobre su protagonista con cuentagotas y a través de su relación con personajes como la misma Nik o el Gaspar que interpreta David Harbour, dejando al descubierto todas sus cartas durante una conversación con Ovi en la cual no solo Tyler habla directamente de lo que le tortura, sino que además Chris Hemsworth demuestra su eficacia como actor.

El diálogo es articulado con la misma sequedad que el resto de conversaciones que hemos visto hasta ahora, pero la entonación cambia. Mientras Ovi se permite hablar de lo utilizado que se siente, de lo mucho que le gustaría tener una vida normal, desarrolla con Tyler un sencillo intercambio de preguntas y respuestas, cuyo desarrollo va pugnando por quebrar el ánimo del mercenario.

Hemsworth muestra los ojos llorosos y una voz cada vez más inaudible, acaso pugnando por destruir la fachada de ceñudo film de acción que Hargrave como director y Joe Russo como guionista querían construir hasta ahora. Se trata de una secuencia de enorme pegada emocional gracias tanto a las interpretaciones como al contexto que la rodea, y que descubre a Tyler Rake como una película esencialmente melancólica, incluso intimista.

Lo que no evita que, segundos después, el protagonista se lance en una nueva y desquiciada escena de acción, llena de sangre y huesos rotos. Lo que sí consigue, en cambio, honrar la labor de Sam Hargrave y que tengamos más fe que nunca en la faceta de Joe y Anthony Russo como productores, y revitalizadores de un nuevo cine de acción norteamericano que compatibiliza los sentimientos (hacia perretes muertos, hacia infancias destruidas) con las hostias como panes. El cine de acción que necesitamos.

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