‘Diferente a los demás’: la película gay con la que no pudieron los nazis

El III Reich trató de destruirla, pero la primera película gay de la historia ha llegado (incompleta) hasta nosotros. Aquí te contamos su historia

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30 de junio de 2016

Aun ahora, en 2016 y en el mundo ‘desarrollado’, es algo poco habitual. No hace falta leer informes al respecto (aunque ayuda) para saber que la presencia de personajes LGBT (lesbianas, gays, bisexuales o transgénero) en el cine orientado al gran público resulta, cuanto menos, marginal, y enfocada muchas veces con la prudencia y la sensibilidad de un cardo borriquero. Además, basta con leer los comentarios en cualquier web de cine para saber que, si una franquicia de éxito como Star Wars incluyera sexualidades diversas, muchos fans recibirían la novedad a pedrada limpia. Así pues, el llamado ‘cine gay’ sigue refugiándose en la producción indie y en festivales especializados, llevando con resignación el hecho de que la pantalla mainstream sea un territorio exclusivamente hetero. Pero, si ahora mismo el panorama pinta así, imaginemos cómo sería… en 1919. Ese fue el año en el que se estrenó Alders als die Andern (“Diferente a los demás”) un filme hecho en Alemania que ha quedado como la primera película gay de la historia.

¿Cómo pudo surgir una cinta así, en una fecha tan temprana y, para colmo, en un país donde la homosexualidad sería ilegal hasta medio siglo más tarde? Pues, para entenderlo, tenemos que hablar de un período histórico muy concreto: hecha pedazos por la I Guerra Mundial y empujada a una galopante crisis económica, Alemania acababa de iniciar entonces la llamada República de Weimar, un régimen parlamentario que duraría hasta el ascenso al poder de los nazis, y durante el cual el pueblo teutón sobrellevó sus malas condiciones de vida con una paradójica creatividad. Fueron los años de los music-halls sórdidos (como aquel que retrató Bob Fosse en su Cabaret), de las novelas de Thomas Mann, del cine expresionista de Murnau… y, también, de uno de los primeros movimientos de liberación LGBT, encabezado por Magnus HirschfeldYa desde comienzos de siglo, este médico al que apodaban “el Einstein del sexo” trataba de llamar la atención de la sociedad sobre unos cuantos hechos básicos: la homosexualidad no era una enfermedad, los gays y las lesbianas no eran  delincuentes, y las leyes que los perseguían (como el infame artículo 175 del código penal alemán) sólo lograban arruinar las vidas de gente inocente.

Pese a sus discursos y publicaciones , Hirschfeld constataba que el público alemán recibía sus mensajes como quien oye llover: una cosa era que la añeja aristocracia prusiana y la alta burguesía pudieran permitirse canas al aire de vez en cuando, y otra muy diferente que cualquier persona, sin distinción de clase social, pudiera vivir su sexualidad libremente. Así pues, el sexólogo decidió difundir sus ideas mediante un medio que, por entonces, era tan vanguardista como popular: el cine. Con la ayuda del director Richard Oswald, Magnus Hirschfeld escribió un guión con una premisa inconcebible en aquellos momentos: presentar la vida (trágica, eso sí) de un hombre gay que no era ni un villano ni una figura cómica, sino una persona corriente que trataba de vivir su vida. Para interpretar a su protagonista, escogió nada menos que a Joker. Es decir, a Conrad Veidt, uno de los actores alemanes más prolíficos y populares de entonces, que estrenaría al año siguiente El gabinete del doctor Caligari y cuyos rasgos habrían de inspirar los del archienemigo de Batman.

La trama de Alders als die Andern es, para qué nos vamos a engañar, un puro culebrón: en la cinta, Veidt y Fritz Schulz interpretan a dos músicos que se enamoran y tratan de vivir una relación, hasta que un pérfido chantajista comienza a exigirles dinero a cambio de no delatarles a la policía. Cuando, finalmente, se harta de apoquinar, el personaje de Veidt acaba ante los tribunales. Y, aunque se libra de ir a la cárcel, pierde su trabajo y el apoyo de su familia, lo que acaba llevándole al suicidio. La historia, eso sí, ofrece vistazos bastante interesantes al mundillo gay de Berlín, así como intervenciones de un médico (interpretado, claro, por Hirschfeld) que alecciona a los personajes con mensajes muy vigentes aun a día de hoy. La película terminaba con un plano en el que se veía al artículo 175 (aquel que criminalizaba la homosexualidad) era tachado a brochazos. No podemos imaginarnos qué efecto tendría el filme en un espectador o espectadora LGBT de aquellos años, pero estamos seguros de que este debía ser apabullante.

Por raro que pudiera parecer, Alders an die Andern llegó a las salas comerciales, donde se exhibió hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto. Las 40 copias del filme fueron requisadas, y su visionado quedó prohibido “salvo para médicos y criminólogos”. Una represión lamentable, pero que quedó en nada si la comparamos con la que tuvo lugar a partir de 1933: desde el minuto uno, los esbirros de Adolf Hitler le declararon la guerra a Magnus Hirschfeld, clausurando su Instituto de Sexología, quemando sus libros y obligándole a exiliarse a Francia, donde moriría en 1935. A diferencia de Hirschfeld, el actor Conrad Veidt y el director Richard Oswald eran heterosexuales, pero eso no les salvó de las iras nazis, viéndose obligados ambos a emigrar a EE UU. En cuanto a la película en sí, estuvo a punto de desaparecer para siempre: hoy en día sólo nos quedan cincuenta minutos de su metraje original, que habían sido reciclados por Hirschfeld como parte de un documental. ¿Y las personas (gays, lesbianas, bisexuales o transgénero) que pudieron haberla visto en un cine, reconociéndose en ella como seres humanos dignos de respeto? Esas fueron, durante aquellos años, fáciles de localizar: estaban en los campos de exterminio, con un triángulo rosa cosido al uniforme.