¿Desde cuándo llevan ‘resucitando’ las películas musicales?

El éxito de 'La La Land' en los Globos de Oro ha reavivado el interés en un género tan antiguo como el cine sonoro, cuyo regreso al público masivo no acaba de llegar nunca

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10 de enero de 2017

No hace falta ser un erudito para saberlo: basta con mirar la Wikipedia. La trayectoria del género musical nace con el mismo cine sonoro (en concreto, cuando un Al Jolson pintado de negro exclamó “¡Aún no habéis escuchado nada!” en El cantor de jazz, 1927), ascendió como un cohete durante las siguientes tres décadas… y, a mediados de los 60, inició un lento declive que acabaría dándolo por casi totalmente enterrado, con las películas de animación (siguiendo el patrón marcado por Disney) y con alguna que otra excentricidad ‘de autor’ como únicos bastiones. Y, sin embargo…

Sin embargo, decimos, este domingo vimos cómo una película cantada y bailada se llevaba los Globos de Oro 2017 de calle: pese a que, para muchos, las categorías de ‘mejor comedia o musical’ llevan su nombre como una reliquia, La ciudad de las estrellas – La La Land batió un récord histórico, triunfando en todas sus siete nominaciones. Y, ojo, porque no se trata de una deconstrucción del género: hablamos de un filme al estilo clásico (incluso se podría usar la palabra “clasicista”),  concebido a la antigua usanza por el director Damien Chazelle, con sus coreografías, sus números apoteósicos y todo lo demás. Asimismo, tampoco estamos hablando de una adaptación de un éxito de Broadway, sino de un trabajo original con todas las letras. Como, sin ir más lejos, Sombrero de copa, El mago de Oz, Cita en San Luis Cantando bajo la lluvia.

Así pues, ¿vienen de vuelta los musicales? ¿Se va a levantar por fin la maldición que pesa sobre el género desde que Por fin, el gran amor (el descalabro que sentenció la carrera de Peter Bogdanovich en 1975) y Xanadú (sí, hablamos de la película que impulsó la creación de los ‘Razzie’ en 1980) lo exiliaron de la primera fila de Hollywood? Nosotros lo dudamos. Y por una razón muy concreta: al menos desde principios de este siglo, el musical ha prometido regresar por todo lo alto en numerosas ocasiones. Y ninguna de esas ocasiones ha dado fruto, al menos tal y como uno podría esperarlo.

Nada más comenzar el siglo, en 2001, tenemos el primer gran éxito del neomusical: Moulin Rouge, la película jukebox de Baz Luhrmann que se distinguió por ser el primer filme cantarín nominado al Oscar a Mejor Película en una década  (concretamente, desde que La bella y la bestia aspiró a esa misma candidatura en 1991). En otro orden de cosas, Lars Von Trier había ganado la Palma de Oro en Cannes con Bailar en la oscuridad. El triunfo de estas dos películas, en sus circuitos respectivos, fue indiscutible, pero, si nos atenemos a sus repercusiones en la industria, vemos que apenas cambió nada.

Ni siquiera el triunfo de Chicago (seis Oscar en 2003, incluyendo Mejor Película) espabiló el interés popular por el género, que, desde entonces, ha seguido en sus líneas habituales: filmes cuyo guión está vertebrado con canciones, pero que no se atienen a las normas clásicas (Once), biopics de músicos famosos (bien declarados, como Ray En la cuerda floja, bien encubiertos, como esa Dreamgirls que también venía del escenario), alguna travesura que otra (Across the Universe) y, por supuesto, cintas de animación… que, desde la irrupción de Pixar, se sienten mucho menos obligadas que antes a insertar canciones. Pasando por filmes que, como Hedwig and the Angry Inch, obtenían un estatus de culto similar al de The Rocky Horror Picture Show, o a otros trabajos de cariz mucho menos comercial (la taiwanesa El sabor de la sandía, por ejemplo) dispuestos a abordar el género con un enfoque similar al de, pongamos, Jacques Demy, quien lo rediseñó según los cánones de la Nouvelle Vague en Los paraguas de Cherburgo.

Ni siquiera la buena acogida a Los miserables en 2012 (con su película, recordemos, Tom Hopper quería revolucionar el musical, haciendo que los actores cantasen en directo frente a la cámara) ha servido para que el musical campe de nuevo por sus respetos. Y, podría añadirse, fracasos tan brutales como el de Glitter: todo lo que brilla en 2001 (lo sentimos, Mariah Carey, pero tu mal fario es para hacérselo mirar) o la inenarrable Burlesque (2010) no habrán contribuido a alegrar el panorama. Así pues, podríamos decir que el megatriunfo de La La Land se ha debido en buena parte a que la cinta de Chazelle es una excepción, dejando aparte su calidad: podría pensarse que el hecho de realizar un musical ‘a la antigua’ es lo bastante excéntrico como para que el jurado de los Globos de Oro (y, tal vez, los miembros de la Academia, en un futuro) lo cuente como un mérito añadido. Algo muy similar, en realidad, a lo que ocurre con el western.

Sin embargo, no lo demos todo por sentado. Bien desde la TV (¿nadie se acuerda de la fiebre que despertaron High School Musical Glee?), bien desde seriales que apenas se ganan titulares salvo cuando dan sorpresas en taquilla (Step Up!), el público infantil y adolescente parece mucho más enamorado del musical de lo que lo estuvieron sus padres o hermanos mayores. Un panorama en el que resplandece, como encantadora joya de ‘todo a 100’, la saga Dando la nota. Dado que la industria de Hollywood es, a la vez, previsible (siempre va a donde está el dinero) e imprevisible (dada su tendencia a moverse como un pollo sin cabeza en búsqueda del próximo éxito), nadie puede decirnos si esta tendencia acabará teniendo consecuencias. Sólo podemos estar seguros de que todo cambia, y que, cuando llegue la auténtica resurrección comercial de los musicales, esta tendrá muy poco que ver con La La Land. Nos guste o no.

Muere Craig Zadan, productor de ‘Chicago’ y ‘Footloose’

Además de ser uno de los mayores impulsores del género musical en cine y TV, Zadan fue responsable de varias galas de los Oscar.

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