Denis Côté: “Cuanto más educada es la gente, menos independentista”

El cineasta canadiense estrena 'Antología de un pueblo fantasma' el 13 de marzo.

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11 de marzo de 2020

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  • El quebequés Denis Côté (New Brunswick, 1973) lleva años dando guerra por los festivales del mundo, como el de Locarno y la Berlinale. Su última parada y fonda ha sido en el Festival Americana de Barcelona, donde presentó su última película, Antología de un pueblo fantasma. La película nos habla de los habitantes de un pueblo de mala muerte, así en conjunto, sometidos a las inclemencias del invierno canadiense; un colectivo traumatizado por el aparente suicidio de uno de ellos, que acaba viendo como este y otros muertos acaban volviendo a sus casas, sin armar mucho ruido.

    La película empieza como Aflicción, de Paul Schrader, y acaba como La resurrección de los muertos, de Robin Campillo, para que se hagan una idea. Tiene atmósfera, y un gran poder evocativo. Así que resulta de lo más interesante, como también lo es charlar con el propio Côté, un tipo de como dos metros, cubierto de tatuajes, muy amable y divertido.

    La película se basa en una novela de una escritora que no conozco, y que se además se llama Laurence Olivier, como el actor. ¿Hasta qué punto es una es una adaptación fiel?

    Sí, el nombre es gracioso. Me la recomendaron, porque sabían que me gustaría. Es un libro muy poético que se lee en apenas tres horas. Pero sólo conservé aproximadamente un 10% para la película. El accidente, el nombre de algunos personajes, y la fiesta de fin de año. Fue simplemente una inspiración, pero le pregunté a la escritora si podía conservar el título, y como es una escritora muy joven, se sintió muy honrada. Añadí los muertos que regresan, las máscaras, entre otras muchas cosas, y desarrollé personajes como la alcaldesa, porque necesitaba una figura de autoridad, o Adèle, la idiota del pueblo, que ve más que los demás, como suele ocurrir. Es una novela sobre los habitantes de un pueblo que tienen problemas en comunicarse después de la muerte de uno de ellos. Una novela sobre la incomunicación.

    El tema de la comunidad, así como los pueblos fantasmas, son lugares comunes de la cultura norteamericana, ya sea cine o literatura, ¿le atraía ese lado iconográfico?

    La verdad es que no. Lo que a ustedes los europeos les parece quintaesencia americana, para nosotros sólo es el lugar en el que vivimos. Yo vivo en la ciudad, pero mientras estaba localizando en los dos o tres pueblos que conforman el pueblo de ficción de la película, no me daba la sensación de estar reiventando la mitología. Es el invierno por el que pasamos todos los años.

    Es una película muy coral, ¿le costó lidiar con tantos personajes?

    Me daba miedo, sí. No quería que me saliera una película de sketches, o peor: el piloto de una serie de televisión. Tampoco tenía tiempo de enamorarme de ninguno de los personajes, y todos tenían que cumplir una función, dentro del relato y de la comunidad, que es la protagonista de la película, junto con el clima. Para prepararme, volví a ver las películas de Robert Altman, quería ver cómo lo hacía…

    En América tienen los pueblos fantasma, y aquí lo que llamamos la España vacía…

    He presentado la película en países como Corea, Ucrania o Chile, y en todas partes es lo mismo. En los pueblos, la gente se aburre, los jóvenes se van, no hay trabajo, ni futuro. Ya sabe, la globalización… En los pueblos donde filmé no me pareció que la gente estuviera demasiado preocupada. Somos más bien nosotros, los de la ciudad, los que decimos: Oh, qué triste, este pueblo va a desaparecer. Pero ellos no son gente que busque soluciones. No están ni tristes, ni preocupados.

    ¿Y los muertos que regresan a casa? ¿Qué significan?

    Siempre digo que no me gustan los espectadores pasivos, me gusta que estén activos, y saquen sus propias conclusiones, porque siempre hago películas abiertas. Pero, cuando escribía, tenía en mente el pequeño fenómeno de emigración que se ha dado en Québec. Hay comunidades de Haití o Nigeria que, debido a las políticas de Trump, entraron ilegalmente en Canadá, durante tres veranos. Unos 7000 más o menos, muy poca gente comparado con lo que ocurre en Europa, y más para un país tan inmenso como Canadá, que puede acogerlos sin problemas. Los metieron en campos de refugiados, y en muchos medios empezaron a preocuparse por el confort que esa gente nos iba a robar. Así que me dije que podía hacer una película sobre la xenofobia cotidiana. Pero disfrazada de película de zombis. Los muertos que vuelven eran un símbolo de la emigración cuando escribía.

    En la Berlinale dijo que era “demasiado esnob” para hacer una película de género fantástico. ¿Qué quería decir exactamente?

    He crecido con el cine fantástico, y no le veía sentido a hacer una película de terror, entendido como entretenimiento, en el año 2020. Mis productores creían que iba a hacer una de esas películas de Netflix, y cuando la vieron… Se llevaron una pequeña decepción. Los cineastas no necesitamos entretenimiento, porque estamos todo el día en modo observación. Cuando llego a casa después de viajar en metro, no necesito mirar Spider-Man para calmarme. Pero la gente en general, sí. Y eso hay respetarlo. El portero de mi finca es rumano, y no quiere saber nada del cine rumano, tan extraordinario, del que le hablo. Me dice: ‘¿Por qué voy a ver una película deprimente de mi país?’. Y tiene razón. Pero yo soy un cineasta de festival, un poco esnob, como Albert Serra, que hace películas para la cinefilia, sin pensar en el gran público. Tampoco sabría hacer ese tipo de películas, ni me apetece. Lo que hago ya me parece bien. Los directores como nosotros tenemos que asumirlo: si estamos tristes porque no somos famosos o no tenemos mucho público, es nuestro problema.

    Llama la atención que el intento de ayuda psicológica exterior que reciben en el pueblo, y que la alcaldesa rechaza, sea una chica musulmana. ¿Hay mucho racismo en su país?

    En estas pequeñas comunidades, suelen hacer comentarios racistas, pero es más bien por ignorancia, y no creo que haya que juzgarlos por ello. Aunque ya le he comentado como recibimos a los emigrantes. Es curioso, porque la chica que interpreta a la psicóloga no es musulmana, sino judía de Marruecos. Me dijo que su familia quería matarla cada vez que interpretaba a una musulmana, pero que estaba dispuesta a volver a hacerlo. Para mí, era una manera de burlarme de la xenofobia cotidiana.

    Mi productor, que es un cristiano de El Líbano también estaba horrorizado, y me dijo que esperaba que nadie se diera cuenta de que era judía. En el restaurante donde comimos durante el rodaje, el dueño la confundió con su personaje. Me agregó a Facebook, y no paró de postear chistes sobre los musulmanes. En Québec también se votó que las musulmanas no podían dar clases con velo, una de las leyes más racistas del mundo, y los independentistas también se quejaron de que habían perdido el referéndum, por culpa del voto étnico, además de por culpa del capital.

    ¿Cómo está ese tema? Ya sabe que aquí está bastante candente.

    En Québec está ya bastante pasado de moda. En el primer referéndum, en 1980, los independentistas perdieron por 60% en contra; en el de 1995 la cosa estuvo más igualada –49,5% a favor 50,5% contra–, y ahora creo que cada vez es más residual, y que hay más de un 60% que está en contra. Eso sí, están muy pendientes de lo que ocurre Catalunya y de Escocia, aunque todos sabemos que son situaciones muy distintas.

    ¿En qué las diferenciaría?

    En Catalunya hay dinero, mientras que Québec es una de las regiones más pobres de Canadá. No tenemos petróleo. Además creo que estamos más aislados. Hablamos francés, un francés que además cuesta de entender, y sólo somos ocho millones de francoparlantes frente a 32 de canadienses angloparlantes, por no hablar de los 400 millones de estadounidenses.

    Ustedes creo que están más integrados, pueden comunicarse con los españoles. No es el mismo idioma, pero son capaces de entenderse. Nosotros no. Los canadienses no nos tienen ninguna simpatía, no hacemos más que pedir más derechos, sin dar nada a cambio. Si pudieran, serían ellos los que nos echarían. Vemos con recelo la llegada de extranjeros, y luego nos sentimos más inseguros cuando vamos por el mundo, porque no hablamos inglés y nadie nos entiende. Somos como un pequeño poblado galo. La película habla de eso, de esa necesidad de estar todos juntos y de esos mecanismos de defensa que, a la larga, hacen desaparecer las comunidades.

    ¿Y usted cómo se posiciona frente al separatismo?

    En Québec, el separatismo, como le decía, ya no está de moda. Aunque hay muchos artistas de mi edad, o más mayores, que son separatistas, la independencia no me interesa. No tenemos ni el dinero, ni la madurez suficiente, aunque tampoco me reconozco en Canadá. No me entiendo con los de Toronto o Vancouver. Es otro mundo. Sería un poco como esos catalanes que quieren seguir viviendo como catalanes en una España fuerte. Y por supuesto, para muchos artistas, yo sería un completo traidor sólo por decir algo así. Creo que cuanto más culta y educada es la gente, menos independentista. En Québec, el separatismo es algo más residual, y pasivo. No es tan orgulloso como el de ustedes.

    ¿Orgulloso? ¿En qué sentido?

    Nosotros no tenemos banderas en los balcones, ni nada de eso. Tenemos, eso sí, a un cineasta, Alexandre Chartrin, que lleva como 15 años obsesionado con Catalunya, y sólo hace películas sobre vuestro proceso de independencia. Son películas de propaganda sobre la belleza del sueño independentista que filma en Catalunya, y luego proyecta para los independentistas de Québec, que las reciben con mucha excitación. Se excitan mucho entre ellos.

    Últimamente, también hemos tenido a Puigdemont, que estuvo a punto de venir. Le invitó el organismo más folclórico de nuestro independentismo, la llamada Société Saint-Jean Baptiste de Montreal, que suelen ir con bandera de la época colonial, con fusiles cruzados. La sombra del racismo siempre planea sobre ellos, aunque la mayoría de gente se ríe de ellos. Puigdemont, si le quita el rollo independentista, es un tipo normal, ¿no? ¿No es del tipo racista?

    No he tenido el placer. ¿Por qué cree que no le dejaron entrar en Canadá?

    Problemas de papeles. Ellos dicen naturalmente que se trata de censura política, pero me cuesta creer que Canadá tenga algún interés en impedir el aterrizaje de Puigdemont.