De ‘Yellow Submarine’ a ‘Yesterday’: así ha tratado el cine a la música de los Beatles

Las críticas tirando a flojas de la película de Richard Curtis sólo son un episodio más en una historia llena de pocheces, problemas y desbarres lisérgicos

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05 de mayo de 2019

“Por muchos temazos clásicos que tenga, es una experiencia prefabricada”, sentenciaba el crítico Owen Gleiberman, de Variety, poco después de haber visto Yesterday. La película dirigida por Danny Boyle y escrita por Richard Curtis imagina un mundo donde nunca han existido los Beatles y sólo un humilde músico es capaz de recordar sus canciones, pero parece que ni siquiera una premisa tan ocurrente ha bastado para reflotar una relación que lleva décadas en crisis: la de los Fab Four con el cine.

La frase de Gleiberman, de hecho, resume acertadamente un problema muy arraigado en las producciones que han querido recurrir a los temas de esta legendaria banda: concentrar todos sus esfuerzos en obtener la licencia para poderlos usar, sin tener muy claro qué hacer con ellos una vez los poseen.

Dado lo escandalosamente caros que suelen salir los derechos de estas canciones, y la cantidad de trámites por la que los cineastas tienen que pasar (Matthew Weiner, sin ir más lejos, se dejó 250.000 dólares por dos minutos de Tomorrow Never Knows, y encima tuvo que explicar detalladamente cómo la iba a usar en su episodio de Mad Men), no deberíamos tenérselo muy en cuenta, pero no deja de ser una lástima. Los Beatles son probablemente la banda más querida de la historia de la música popular (como dejó claro la explosión que hubo en Internet una vez se reveló el tráiler de Yesterday), y la torpeza con la que el cine ha tratado su legado merece un repaso que desvele sus causas o celebre, si se tercia, sus pocas decisiones acertadas.

Contracultura y hedonismo

La relación de los Beatles con el cine comenzó a mediados de su carrera, cuando protagonizaron una serie de películas (con ¡Qué noche la de aquel día! a la cabeza) dirigidas por gente como Richard Lester o George Dunning. Este último, precisamente, firmó en 1968 Yellow Submarine, una psicodélica película de dibujos animados ambientada en un lugar llamado Pepperland amenazado por unos peligrosos enemigos llamados Blue Meanies y cuya única posibilidad de ayuda radicaba en… bueno, la verdad es que el argumento no importaba gran cosa: lo relevante eran los colorinchis.

La apuesta de Yellow Submarine por descartar las fórmulas habituales del musical (seguidas militantemente en largometrajes anteriores donde Paul, John, George y Ringo eran los absolutos protagonistas y vivían espídicas aventuras) en favor de un lenguaje más abstracto, lo erigen como la primera película verdaderamente interesante nacida a rebufo del fenómeno. Y fue clave, además, para establecer un canon estético que identificaría a los Beatles con los hippies, el amor libre y los diversos movimientos contraculturales nacidos entre los 50 y los 60.

No es casualidad, por ello, que una de las primeras apariciones de su música fuera de productos eminentemente beatleianos se diera en Shampoo, dirigida por nuestro hippie favorito Hal Ashby en 1975. Se trataba de un breve corte de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, y aunque la relación con la banda de este peluquero de Beverly Hills interpretado por Warren Beatty fuera poco más que tangencial, no tardó en surgir una película que analizaba el fenómeno fan de los Beatles abiertamente, y el poso dejado en la década de los 70.

Se trataba de Locos por ellos, debut a la dirección de Robert Zemeckis estrenado en 1978, y relataba la irrupción de seis jóvenes fan en un hotel donde se alojaban los Fab Four en Nueva York durante una gira por EE.UU. La energía y diversión que supo imprimirle quien años después dirigiría Regreso al futuro tuvo continuación directa en un par de películas destinadas al consumo adolescente en los años 80: una era No puedes comprar mi amor (título de 1987 basado, obviamente, en el mítico Can’t Buy Me Love), y otra era Todo en un día (1986).

Este formidable film de John Hughes echaba mano del Twist and Shout para poner a Ferris Bueller (Matthew Broderick) dándolo todo y aglutinando toda esa jovialidad que los Beatles inyectaron en sus primeras canciones. Oda al desenfreno adolescente, el playback de dicha canción estaba totalmente justificado por la trama, y aparte de suponer una de las más perfectas confluencias entre la música de los Fab Four y el Séptimo Arte, constataba que el atractivo que esta banda de Liverpool ofrecía a los jóvenes era atemporal.

Así, entre el hedonismo y el deseo de retratar un fenómeno cultural, transcurrió su relación con el cine en los 70 y los 80, con alguna nota discordante que otra como ni cuando Sgt. Pepper’s consiguió animar el aire deprimente de Mala noche (1986), debut de Gus Van Sant, o cuando el mismo Richard Lester quiso recordar tiempos mejores y encasquetó el Roll Over Beethoven en Superman III (1983).

Los caprichos del autor

Pasada la década de los 80, sin embargo, remitió la necesidad de utilizar a los Beatles para reflejar épocas o actitudes combativas, y su uso fue diversificándose de una forma casi irrastreable y siempre anecdótica. Robert De Niro se dejó una pasta en utilizar Come Together para ambientar su debut a la dirección en 1993; y aunque quisiera justificarlo con que era indispensable para facilitar la inmersión histórica en la década de los 60 que retrataba Una historia del Bronx puede que, al igual que Zemeckis o Van Sant antes que él, no pudiera resistirse a iniciar sus pinitos en la realización de la mano de estos cuatro.

Es curiosa la relación, pues, que hay entre la música de los Beatles y directores primerizos con ínfulas de autor. Y es que por esa época, en España, nuestro Javier Fesser dirigió su espléndido cortometraje El secdleto de la tlompeta (1995), donde los veloces acordes del All My Loving se acoplaban a la perfección a su excéntrico imaginario. Mientras que, años después, David Fincher también recurría a la música Beatle hasta en dos ocasiones, en El curioso caso de Benjamin Button (2008) y en el inquietante final de La red social (2010).

Aunque si hablamos de autores empeñados en usar esa música cueste lo que cueste, tenemos que volver a Matthew Weiner y a su quijotesco interés por que Tomorrow Never Knows cerrara uno de los capítulos de la quinta temporada de Mad Men. Su idea era reflejar la incomprensión de Don Draper (Jon Hamm) ante el fenómeno contracultural que llamaba a su puerta, pero dado que el propio show lo había hecho antes de forma mucho mejor y la escena en cuestión era demasiado minimalista, tampoco estamos seguros de que le saliera muy rentable.

El lenguaje del amor

Sin embargo, más allá de su importancia histórica, su conexión con los adolescentes o los caprichos mitómanos, los Beatles siempre ha sido una banda vinculada estrechamente a cualquier expresión de amor que se nos pueda ocurrir, y a finales de los 90 el cine por fin pareció entenderlo. En 1998, el precioso Here Comes the Sun usado en Tú a Londres y yo a California sirvió para apuntalar la emoción del reencuentro entre Lindsay Lohan y esa madre a la que hacía siglos que no veía, pero que ahora iba a llevársela de compras al centro de la capital británica.

Tuvo manifestaciones algo más íntimas, como el Yesterday que Mr. Bean cantaba borracho en Bean, lo último en cine catastrófico (1997), o, de nuevo, el Can’t Buy Me Love que Jim Carrey y Zooey Deschanel asesinaba sin piedad en Di que sí (2008). Por no hablar de la canción que vehiculaba la trágica trama de Tokyo Blues (2010), basada en la novela Norwegian Wood de Haruki Murakami homenajeando precisamente a los Fab Four y de, claro, el buen oído de Richard Curtis.

El firmante del guión de Yesterday utilizó en Love Actually una versión de All You Need is Love ambientada en una boda, y aunque quedaba una escena muy resultona, era inevitable que perdiera un poco de lustre con los acontecimientos posteriores, con un tipo (Anfrew Lincoln) empeñado en sabotear ese matrimonio y encima exigiendo que le tuviéramos simpatía.

En ocasiones se ha llegado a dar el caso de que el realizador de turno se empeñaba en que la música de los británicos supusiera la práctica totalidad del soundtrack, y es cuando, normalmente, mayores problemas ha habido.

Cuando la música te pertenece

En 2001 Jessie Nelson dirigió Yo soy Sam, y amparándose en que la protagonista del relato se llamaba Lucy Diamond (interpretada por Dakota Fanning) se las apañó para recopilar una banda sonora formada enteramente por versiones de los Beatles. Dentro de este caótico conjunto, por supuesto, había remedos peores y mejores, pero ninguno se permitía brillar demasiado al compás de las imágenes de este drama.

De ese modo, utilizar piezas como Two of Us, I’m Looking Through You o, por supuesto, Lucy in the Sky with Diamonds, acababa teniendo el mismo poco tacto que conservaba este film en su totalidad, empleadas en subrayar obscenamente los momentos emocionales y apresurar el desbordamiento de las lágrimas. La lucha de un padre discapacitado por mantener a su hija con él debería haber sido emotiva de por sí, pero la utilización machacona de esta banda sonora se lo llevaba todo por delante.

Tampoco salió demasiado bien Across the Universe; hasta el momento de estreno de Yesterday, lo más parecido que hemos tenido a un musical original basado en los Beatles. Este film de Julie Taymor (directora todoterreno que, entre otras cosas, es responsable de dos musicales de Broadway como Spider-Man: Tun off the dark o, quizá os suene, El rey león) se amparaba en un catálogo ilimitado de hits para desarrollar la historia paralelamente a ellos, de forma que su guión era un constante esfuerzo por ofrecer situaciones donde encajara tal o cual canción.

Como resultado, el film que protagonizaban Jim Sturgess y Evan Rachel Wood era un caos hipnótico que recorría la década de los 60 sin mucho mayor tacto que cuando Los Minions (2015) hacían lo propio a su paso por Abbey Road. No obstante, al musical de Taymor hay que concederle que como colección de videoclips desquiciados no tiene precio, incluyendo desde una versión de I am the Walrus interpretada por un Bono desatado hasta un grupo de clones de Salma Hayek cantando Happiness is a Warm Gun. El heredero de la psicodelia de Yellow Submarine, mal que nos pese, está aquí.

La historia de la música de los Beatles con el cine, por supuesto, no se limita a esta serie de intentonas, sino que se extiende a películas rarísimas que estos llegaron a protagonizar y a un cruce de influencias con el celuloide sin el que no habría sido posible la composición de ciertos temas. Más allá de ellas, sin embargo, los fans de Paul, John, George y Ringo tienen una cita ineludible con Yesterday este 5 de julio, cuando comprobarán qué tal ha salido, esta vez, el imposible maridaje entre Beatles y cine. Lo cierto es que las expectativas no están demasiado altas.

 

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