¿De qué color es tu banda sonora?

Para la compositora Nus Cuevas los cuatros son rojos y los violines suenan amarillos. Le pedimos que nos cuente todo sobre la sinestesia.

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07 de febrero de 2015

El chirrido de los goznes de la puerta es amarillo. Un amarillo incómodo y angustiante. Y no es literatura. Por lo menos para Nus Cuevas, músico, compositora de bandas sonoras –ha colaborado en la producción musical de Azul y no tan rosaPocoyó o La caída de la casa Usher (cortometraje preseleccionado en los Oscar)– y sinestésica. “Para mí el 5 es azul, como la L, como la A –explica ella–. El 7 es súper verde, como la T y la J. La N es marrón y el 9 es marrón también pero es más clarito. Los colores claros son ceros y unos”. Luego mira a nuestro alrededor. Hay bastante gente en la cafetería. “Cualquiera que me escuche va a pensar que estoy loca”, dice riéndose.

Pero no lo está. La sinestesia no es una patología sino una condición neurológica que consiste en mezclar etiquetas sensoriales. Esto es, las personas con sinestesia asocian números, letras, sonidos, gustos, olores e incluso personas a colores. Perciben, por ejemplo, sensaciones de un determinado sentido (el oído) cuando se estimula otro (el tacto). “Yo siempre he tenido el mismo tipo de sinestesia. Con números y colores, sonidos particulares, algunas personas… –afirma la compositora–. No me pasa ni con todas las personas ni los sonidos. Me sucede con los sonidos agudos. Los violines estridentes, las músicas contemporáneas y experimentales, que juegan mucho con ruidos extraños, me resultan muy incómodas”. Cuando termina de explicármelo, mira hacia la puerta que rechina. “Esa puerta que suena todo el rato no sólo me evoca un color –dice–. Es también una sensación. Ese sonido agudo es amarillo y ése es el color que más me angustia”. El clásico amarillo chillón, claro.

Todos nacemos y vivimos nuestros primeros meses de vida como Nus Cuevas, con los sonidos entremezclados, recibiendo estímulos sensoriales asociados. Pero sólo un 1 % de la población mantiene esa sinestesia durante el desarrollo cerebral. Ese porcentaje de sinestésicos suele ser, además, muy creativo, como prueba la proliferación de artistas que han vivido con esa condición. Kandinsky, Nabokov, Franz Liszt, Baudelaire, Proust (¿así que de ahí la magdalena?) o Thom York son algunos de los nombres que generalmente se asocian a la sinestesia. “Me imagino que ha influido en que haya acabado dedicándome a la música –nos cuenta Nus, que empezó estudiando solfeo a los seis años–. En ella encontré una sensación agradable y respuestas positivas que me podían llenar más que un estudio teórico”.

“Me diagnosticaron sinestesia cuando con trece o catorce años le dije a mi madre: ‘Mamá, el cuatro es rojo, ¿cómo lo ves tú?’. Ella contestó ‘¿Cómo?’. Y yo le repetí que el cuatro era rojo y que de qué color lo veía ella. Volvió a preguntar ‘¿Cómo?’. Al cuarto ‘¿Cómo?’ me llevó al psiquiatra”, recuerda Nus Cuevas, que hasta entonces había vivido su condición, primero, sin saber que los demás percibían la realidad de otra manera, y después, como un tabú. “Para mí es muy raro empezar a asociar a alguien con un color porque no entiendo la asociación –reflexiona–. Es como el número 4. ¿Por qué tiene que ser rojo? Es que es rojo. No hay una explicación para justificarlo. Pero tiene que serlo. No me lo pintes de amarillo porque me incomoda. Por ejemplo, las líneas del metro. ¿Quién pintó las líneas del metro? ¿Cómo va a ser el 5 verde o el 2 rojo? Un sinsentido”.

“A la hora de componer bandas sonoras, al ir asociadas a una imagen, tampoco puedo darme carta blanca, porque tiene que tener cierto sentido con esa imagen –responde Nus Cuevas cuando le preguntamos de qué manera la sinestesia influye en su trabajo–. Pero en el resto de composiciones busco timbres de instrumentos que combinen con otros, violines con oboes, porque me gusta el color que tienen juntos. Tiene que funcionar a nivel de música y a nivel de colores, aunque sobre todo tienen que llegarle al público. Eso es lo que más me importa”.

Para Nus es tan normal su condición que lo que le llama la atención es que a los demás nos pueda resultar interesante. “Me parece presuntuoso explicar que puedo componer de una forma distinta a una persona que no tenga sinestesia –explica–. Para mí es absolutamente normal porque no conozco otra cosa”. Y luego señala mi libreta roja sobre la mesa y dice: “Para mí lo extraño es que aquí no veas un cuatro. ¿No te resulta raro no asociar nada?”, me pregunta. Cuando le pido que me explique cómo se manifiestan esos colores me dice que son como fogonazos, proyecciones, evocaciones del color. “Suelo compararlo con esas nebulosas que salían en el reproductor de música Windows Media del año 95 o así. Son como aquellos flashes de colores”.

Aparte de estos pequeños inconvenientes –se agobia en sitios con muchos estímulos sensoriales como discotecas o salas abarrotadas– Nus y otras personas con sinestesia llevan una vida completamente normal sólo que con sus sentidos intensificados y mezclados. “A veces se contradicen –explica la músico que atribuye a la sinestesia su mala memoria para los nombres–. “Por ejemplo, yo te asocio a un color pero al conocer tu nombre, Andrea, éste va asociado a otro distinto. En tu caso, el azul, porque la A es muy azul”. Antes de despedirnos, Nus me cuenta que muchas personas le piden que les diga qué colores ve en ellos. Pero yo no le pregunto el mío. No vaya a ser amarillo.

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