De ‘No Direction Home’ a ‘Rolling Thunder Revue’: Martin Scorsese tras las mentiras de Bob Dylan

El documental estrenado recientemente en Netflix no es el único estudio que Marty ha hecho del mítico músico, pero sí el que mejor refleja sus enigmas.

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15 de junio de 2019

Es de esperar que la alianza entre Martin Scorsese y Netflix, por mucho que le pueda picar a su amigo Spielberg, nos vaya a dar grandes regalos en el futuro. El director italoamericano aseguró que lo mejor de trabajar con la plataforma era la libertad creativa que implicaba y, aunque ahora el pobre esté enfangado con el CGI de The Irishman, es una suerte que la compañía liderada por Reed Hastings le haya concedido la oportunidad de volver a una de las cosas que mejor se le da: los documentales musicales.

A lo largo de su carrera Marty ha tenido obras maestras y obras algo menos maestras, pero en lo que respecta a este género siempre ha mantenido un nivel inaudito de excelencia. Nunca se ha visto en la necesidad de incurrir en los siempre prestigiosos (pero algo previsibles) biopics musicales para dar rienda suelta a su melomanía, y de hecho su vinculación con este tipo de documentales va más allá de todas las veces que ha confesado que el cine estará muy bien y tal, pero que a él lo que de verdad le apasiona es la música.

En 1970, poco después de debutar en la dirección de largometrajes con ¿Quién llama a mi puerta? (1967), Scorsese fue contratado por el director Michael Wadleight para que montara Woodstock: 3 días de paz y música, documental rodado en el mismo festival que había tenido lugar un año antes y ganó un Oscar. No obstante, esa no fue la mayor satisfacción del joven Marty, sino conocer en la sala de montaje a Thelma Schoonmaker, de quien se hizo inseparable y a la que encargó la edición de casi todos sus films a partir de entonces.

Logros suficientes para cogerle cariño al documental musical, desde luego, y cuando en 1978 el guitarrista Robbie Robertson se puso en contacto con él para pedirle que grabara y montara el último concierto que iba a dar con The Band, nuestro hombre no pudo decirle que no. La amistad desarrollada entre él y Robbie gracias a El último vals se convirtió en otro de sus más preciados tesoros, pero lo auténticamente significativo fue que durante ese concierto conoció a Bob Dylan, junto a quien más de 40 años después ha pergeñado una obra tan inclasificable como Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese.

Alejándose de casa

Después de El último vals Scorsese dirigió un videoclip de Michael Jackson, otro de Eric Clapton y se embarcó en la serie Martin Scorsese presenta the Blues, donde en compañía de otros directores como Wim Wenders o Clint Eastwood repasó en 2003 la historia de este género musical. Dado que este era su proyecto más ambicioso desde la realización de El último vals (de la que habían pasado dos décadas), The Blues fue una carta de presentación inmejorable para acabar viéndose envuelto en la realización de No direction home. Un proyecto que, en principio y por tratarse de un encargo, tenía más en común con Woodstock que con su última serie.

El principal impulsor de este documental era Jeff Rosen, manager de Bob Dylan, y la intención era hacer un detallado recorrido por la vida y milagros de su cliente. Para ello Rosen se había reunido con varios de los amigos del músico de Minnesota, entre los que se encontraban el también músico Dave van Ronk y el legendario poeta beat Allen Ginsberg. Ambos murieron antes de que el documental tomara forma, pero a cambio Rosen pudo tener una distendida conversación con Dylan que duró cerca de diez horas y acabó siendo clave para el esqueleto del proyecto.

Esta fue, supuestamente, la única vinculación que la estrella tuvo con No direction home, ya que poco después Rosen contrataba a Scorsese con la idea de que pusiera un poco de orden en esa caótica cantidad de metraje, y una fuente anónima le decía a la revista Rolling Stone que “Bob no está interesado en esto, Bob nunca mira atrás”. Una referencia clara a otra de las principales fuentes para poner en pie No direction home: el documental Don’t Look Back (“No mires atrás”) que D.A. Pennebaker grabó en 1965 durante la gira británica de este músico, y que ofrecía escenas tan icónicas como aquella en la que Dylan empezaba a juguetear en plena calle con las palabras de unos carteles.

Rosen y Scorsese (que rápidamente sintió un intenso entusiasmo por la película) también se las apañaron para conseguir algunas grabaciones inéditas hasta entonces, como la que correspondía a un concierto de 1966 emplazado en el Free Hall de Manchester. Durante esta actuación, la jugarreta que en los meses anteriores Dylan le había hecho a sus fans pasándose del folk contestatario al rock hedonista (o algo así) acabó motivando que un miembro del público le gritara “¡Judas!”. A lo que Dylan se limitaba a decirle “Eres un mentiroso” y, tras gritarle a su grupo (los Hawks que pronto serían The Band) que tocara jodidamente fuerte…, pues eso, tocaban jodidamente fuerte.

Scorsese frente al mito

No direction home es una obra formidable donde Scorsese se yergue como un documentalista de enorme personalidad, y sabe insuflarle la misma vida y desgarro que hace su cine tan estimulante. Como en este caso parte en su mayoría de metraje grabado previamente, el director ha de invertir todo su genio en el montaje, utilizándolo para desarrollar ideas a partir de contrastes, encabalgando bolos increíbles y, sobre todo, imprimiéndole un ritmo agotador y lleno de estallidos de gran violencia.

Ejemplo perfecto es el mismo inicio del film, cuando un avejentado Dylan habla de su búsqueda constante del camino a casa y de pronto es interrumpido por la introducción del piano y la batería en Like a rolling stone; un par de segundos que Bruce Springsteen definió con acierto como “alguien abriendo de una patada las puertas de tu mente”. A partir de entonces Scorsese recorre los primeros años de la vida de Dylan, pero su tono descreído aleja inmediatamente esta exposición de cualquier posible, y sobrevalorada, objetividad.

La película estrenada en 2005 se centra la vida del artista desde su juventud hasta 1966, fecha en la que un accidente de motocicleta le apartó de los escenarios durante una buena temporada. O al menos, eso es lo que se supone que hace, pues el tono manejado por Scorsese hace parecer que sólo le está siguiendo la corriente al objeto de estudio, más fascinado por su psicología que por los detalles de su vida. Una conducta muy distinta a la seguida seis años después en Living in the Material World con George Harrison, film mucho más plano y respetuoso.

Gracias a esta perspectiva suspicaz, son retratados en toda su virulencia elementos como el ejercicio de simbiosis que Dylan realizó con su ídolo Woody Guthrie (algo más que una inspiración para él) o, lo que es más interesante, esos meses en los que el músico le dio la espalda a la canción protesta y los círculos folkies. Dylan, desde el siglo siguiente, recuerda cómo en el Festival de Newport de 1965 el público le empezó a abuchear y Pete Seeger hizo tentativas de cortar con un hacha los cables que llevaban la distorsión a su guitarra, y despacha estas encendidas reacciones con un afectado “eso no podía tener nada que ver con la música”.

La dejadez con la que Dylan transitó de la música concienciada a los espectáculos de rock and roll con mayores perspectivas comerciales se relaciona con otras anécdotas del músico (como esa que afirma que llegó a despachar la escritura de The Times They Are A-Changin’ con un sucinto “esta mierda es lo que le gusta escuchar a la gente ahora”), y es retratada de forma explícita y traviesa en No direction home. La búsqueda del hogar que enunciaba al comienzo se revela como una búsqueda de sí mismo a través de varios personajes, y acaba erigiéndose, más allá del documental, como un campo de cultivo favorable a un experimento como I’m Not There.

La película que dirigió Todd Haynes en 2007 subrayaba la confusión identitaria del protagonista mediante la elección de varios actores que supuestamente interpretaban el mismo papel, entre los que se incluían Richard Gere, Heath Ledger, Christian Bale y una Cate Blanchett que conseguía ser más Dylan de lo que el propio Dylan será nunca. I’m Not There se ofrecía como uno de los biopics más extraños jamás realizados amparado por el radical esfuerzo de Scorsese, y teniendo en cuenta la experiencia No direction home lo suyo habría sido esperarse una segunda parte más amarga y continuista.

No en vano, los años que siguieron a ese accidente de motocicleta fueron los mismos en los que la fachada de Dylan se tambaleó como nunca, y a Scorsese debería encantarle reflejar la resaca de ese engaño. Esa que confluyó en la gira Rolling Thunder Revue coincidiendo con un público que ya asumía las ocurrencias de Bob como excentricidades intercambiables (ahora aparecía con la cara pintada de blanco, ahora con una máscara, pues vale), y con un músico que vivía un delicado momento personal. Su relación su esposa Sarah se tambaleaba, y al tipo no se le ocurrió otra cosa que registrar esa decadencia paralelamente a los conciertos de la gira en una película de cuatro horas titulada Renaldo y Clara.

El problema es que en Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese no se menciona en ningún momento la relación de Dylan con Sarah, como tampoco la existencia de un film experimental defenestrado en Cannes titulado Renaldo y Clara. Y tiene gracia, porque la mayor parte del metraje de este documental está compuesta por planos suyos.

Scorsese asimilando el mito (y yéndose de cañas con él)

Rolling Thunder Revue no es un documental. Tampoco es una espídica reproducción de conciertos como podría haberlo sido El último vals o la electrizante Shine a light, que Scorsese grabó con los Rolling Stones tres años después de No direction home. Y desde luego no es, propiamente, un falso documental. Quizá lo más ajustado fuera atribuirle la etiqueta de performance, y así tratar de describir un complicado juego de manos mantenido entre Scorsese y Dylan. Esta vez trabajando juntos, y puede que gracias a que el músico acabó viendo el documental que le había dedicado, y entendió que sólo alguien que le conocía de verdad podría ayudarle en su enésima troleada.

Así las cosas, la inclusión de A Story en el título no es baladí, como tampoco lo es el hecho de que la película se abra con una escena de una película de Georges Méliès en la que un mago hace desaparecer a una joven. Dentro de la filmografía scorsesiana es inevitable relacionar este opening con La invención de Hugo donde Ben Kingsley encarnaba al cineasta francés y contribuía a esa personal carta de amor al cine como (maravilloso) engaño, pero lo importante es el papel que juega en Rolling Thunder Revue como declaración de intenciones o aviso a navegantes.

“Cuando alguien lleva una máscara, te dice la verdad. Cuando no la lleva, es poco probable que la diga”, asegura un Dylan mucho más simpático y abierto que el aparecido durante los cortes a la actualidad de No direction home. A partir de ahí, descubrir las falsedades que él y Scorsese han hecho pasar por sucesos históricos se convierte en un desafío para los amantes de la obra de Dylan. Porque es posible que esto sepan que la gira Rolling Thunder incluyó a personalidades como Allen Ginberg, Joan Baez, Mick Ronson (guitarrista de David Bowie) o T-Bone Burnett pero, ¿que todo fue rodado por un documentalista rarísimo llamado Stefen van Dorp? Eso es otro nivel.

Y, desde luego, es mentira. El supuesto van Dorp en realidad es el actor Martin von Hasselberg, marido de Bette Milder, y oficia de señuelo hacia la verdadera naturaleza del experimento audiovisual que supuso la gira y que fue dirigido por el propio Dylan, aunque sí que es cierto que recurriera al actor y literato Sam Shepard para tratar de inyectarle algo de narrativa al asunto. Sus esfuerzos, tanto en la realidad como en el documental ficcionalizado, fueron en vano.

Otros desajustes no son tan significativos pero sí tremendamente cachondos, como es todo lo referido a la relación de Sharon Stone con Dylan. La película de Scorsese asegura que el músico se encaprichó de ella durante uno de sus conciertos y acabó tocándole Just like a woman asegurándole que la había escrito para ella (algo que obviamente era mentira), mientras dejaba caer que su cara pintada de blanco estaba inspirada por los looks del grupo Kiss, al que había ido a ver a un concierto.

Todo falso. El maquillaje del protagonista se debió a una mezcla de referentes, a caballo entre el teatro kabuki y la película que había inspirado toda la ensalada conceptual que debía ser Renaldo y Clara. Dicho film es Los niños del paraíso, obra maestra de Marcel Carné estrenada en 1945, cuya inconfundible estética sobrevuela la fabulación que supone Rolling Thunder Revue en su totalidad.

Cabría preguntarse, a raíz de este catálogo de imposturas, si es posible aprender algo de la película de Scorsese, y la respuesta es que sí. Desde luego que sí.

Alcancemos nuestra propia eternidad

Las certezas que nos puede llegar a ofrecer Rolling Thunder Revue son las más lógicas, y todas ellas se extraen de esas imágenes sin adulterar, repletas de verdad inquieta, con la que nos va atesorando el film puntualmente a lo largo de sus 142 minutos. La interpretación distorsionada y rabiosa de A Hard Rain’s A-Gonna Fall (himno folkie pasado por el filtro blusero para enfadar a los fans pesados). Todas las veces en las que Dylan canta a dúo con Joan Báez, incapaces de despegarse de la sombra del romance que protagonizaron. Esa vez en la que el músico toca una versión de The Ballad of Ira Hayes frente a multitud de nativos americanos conmovidos, recordándole lo gratificante que podía ser a veces escribir sobre la emergencias de la realidad.

O, simplemente Bob Dylan conduciendo esa furgoneta en la que viaja con el resto de miembros de la gira. Ni que decir tiene, todas estas imágenes vuelven a ser mezcladas siguiendo el criterio maligno de Scorsese para dar pistas al espectador y confirmarle lo cocinadísimo que está todo, tendiendo puentes muy nítidos con No direction home cuando un encandenado a tiempo deja claro que Dylan está volviendo a actuar. Es una verdadera genialidad, en ese sentido, cuando Rolling Thunder Revue ha de retratar la génesis de Hurricane (que defendía la inocencia del boxeador Rubin Carter) y decide inaugurarla con una visita de Dylan a Columbia Records tratando de vender la canción, en lugar de la amigable charla que antes había mantenido con él entre rejas.

Son pistas ligeras, meridianamente claras, que en cualquier caso tampoco importaría demasiado si el espectador no fuera capaz de seguirlas. Entres en su juego no, Rolling Thunder Revue es apasionante, y no necesita hacerte cómplice para erigir convincentemente a Bob Dylan como camaleón, Zelig cantautoril y farsante de aúpa. Sobre todo, por el modo en que muchos otros elementos del documental se concatenan para dibujar un panorama donde la mentira se revela necesaria. Incluso moralmente aceptable.

La amargura circunda la última película de Martin Scorsese, y no lo hace sólo a partir de esa crisis matrimonial que deja entrever (y acabaría derivando en la publicación de Desire en enero de 1976). El regreso de Dylan a los escenarios tras su convalecencia (efectuado poco antes de lanzarse a la carretera) se enmarca en un patético intento de los EE.UU. por elevar la moral nacional utilizando el rock y la excusa del bicentenario de su nacimiento, combinado con un sentimiento fatalista que certifica la muerte de la rebelión juvenil. Y para simbolizarla, nada mejor que colocar a Dylan y a Ginsberg frente a la tumba de Jack Kerouac, una de las personas que lo inició todo y, desde luego, también marcó al músico.

Las cicatrices, la tristeza contenida y la sensación de fracaso habitan el corazón de Rolling Thunder Revue, pero la elección es tuya y puedes omitirlas, optando por alcanzar (en las palabras del propio Ginsberg) “la eternidad que prefieras”. Descubrir hasta dónde llega el engaño es irrelevante e ingrato. Hacerse partícipe de él, por supuesto, mucho más divertido.

En el concierto de 1966, en el Free Hall de Manchester, Bob Dylan optó por no creer a ese individuo que le llamaba Judas. Si nosotros decidimos hacer como él, y no dar crédito a las palabras del aguafiestas, es probable que nuestra fascinación por Dylan nunca haya mermado. Como también es probable que, en consecuencia, Rolling Thunder Revue nos parezca una de las películas más hermosas de 2019.

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