David Lynch: los universos paralelos de un creador de universos paralelos

Los mejores trabajos de David Lynch al margen de la televisión y el cine.

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02 de febrero de 2017

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  • Sin adentrarse en los meandros de la serie, quedándonos en los primeros minutos del piloto en los que la madre de Laura Palmer recibe la noticia de la muerte de su hija, Twin Peaks alcanzaba unos niveles de intensidad plástica y dramática en absoluto habituales en los productos de consumo rápido de la televisión de principios de los 90. Incluso el espectador que viera aquel arranque por azar, tal vez llevado por el tedio del zapping, podía notarlo: en aquellas imágenes había algo distinto.

    El capítulo iba en una escaleta de programación, la de la cadena ABC del 8 de abril de 1990, que lo acoplaba, por un lado, a un programa de vídeos de caídas, gatitos, gatitos cayendo y personas en hazañas tan hilarantes como tocar la armónica con la nariz; por otro, a las noticias de las diez. Todo sostenido por segmentos de publicidad. Pero el espectador que quisiera permitirse algo de esoterismo historiográfico, una licencia diletante, podía escuchar en el grito de esa madre doliente interpretada por Grace Zabriskie los ecos de la Pietá de Miguel Ángel o de la madre, también inconsolable, de El Acorazado Potemkin. Eran imágenes para la historia y como tales los historiadores de la H mayúscula pueden reseñarlas hoy en sus almanaques punto com, refiriéndose a ellas poco menos que como aquel momento en el que lo catódico entró en llamas. Definitivamente las noticias de la ABC de las diez de aquel día podían haber incluido lo que los espectadores acababan de ver.

    Lo que acababan de ver era un despliegue casi inédito de grandes ambiciones para la pequeña pantalla. Ya conocen la matraca de la excelencia televisiva a partir de todo lo que ha venido tiempo después, del auge de la HBO a esta parte. En el caso de Twin Peaks resulta interesante el matiz, en el que nos queremos detener en estas líneas, de que no sólo se trataba de un director que se había propuesto abordar la televisión en términos tan cinematográficos como fuera posible, según ha declarado en multitud de ocasiones, sino de uno cuya sensibilidad se había formado en las artes plásticas antes que en el cine. Esa extraña laminación, ese juego de figuras dentro de figuras, de unos medios de expresión dentro de otros, más las aportaciones del co-creador de la serie, Mark Frost, fue esencial en la cristalización de aquella televisión diamantina.

    El agudo sentido plástico de David Lynch se puede ver en todos los detalles de su filmografía. Por poner un ejemplo que no esté extraído de Twin Peaks: la disposición de los cuerpos en la escena del crimen en Terciopelo azul, en la que un cadáver aparece de pie sin que se den mayores explicaciones, en Carretera perdida, a cuatro patas con la cabeza atravesada por el pico de una mesa de cristal, o en Mulholland Drive, en la que a una víctima se le queda un mechón suspendido en el aire después de que le metieran un balazo en la cabeza y los sesos se le deslizaran por el pelo a modo de fijador, tiene tanto que ver con el relato policíaco como, si de nuevo el espectador quiere divagar, con los equilibrios formales de Peter Fischli y David Weiss.

    Lynch, el gran estilista del neo-noir, el narrador que resuelve las tensiones argumentales del thriller por la vía de la abstracción, el storyteller onírico por antonomasia de entre cuantos hayan trabajado para la Fábrica de Sueños, el bueno de David, se reencontrará el próximo 21 de mayo en el canal Showtime con la ficción que más popularidad le dio. Será el cuarto advenimiento de Twin Peaks tras dos temporadas y una película realizadas hace más de veinticinco años, ahora que los aparatos de televisión ni siquiera vienen con cátodos que entren en combustión y la ficción televisiva, en parte estimulada por aquel 8 de abril de 1990, es otra.

    En el primer tráiler que no reciclaba material de la serie antigua, Michael Horse (el comisario Hawk) decía que rodar de nuevo en los paisajes de North Bend era como estar en una pintura en movimiento. La imagen del óleo que se mueve ha sido un lugar común al hablar del director desde el principio de su carrera, pero viene bien porque nos recuerda que estamos ante un talento polimórfico que a lo largo de cinco décadas se ha desplegado en todo tipo de iniciativas. A continuación, una selección de algunas de ellas.


    WEBSERIE | 2008 | DumbLand

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    David Lynch es uno de esos maestros que ha sabido serlo por partida doble al convertirse en uno de los mejores discípulos de su propia escuela. Se estrenó como director haciendo cine de animación. En su primer cortometraje, Six Men Getting Sick, trabajo de estudiante de la Academia de Bellas Artes de Filadelfia en el que aún se reconocía una marcada influencia de Francis Bacon, proyectó imágenes en movimiento sobre un conjunto escultórico de tres cabezas incrustadas en un tablero de Masonite. El título era bastante descriptivo: ambientados por sonidos de sirena, los bustos enfermaban y se desparramaban en vómitos.

    Aquella obra primeriza supuso el avistamiento de las posibilidades del audiovisual para un artista que hasta ese momento sólo había pensado en lienzos. Décadas más tarde, y después de una de las trayectorias más personales de la historia del cine, descubrió las posibilidades de Internet. La plataforma davidlynch.com abrió el 10 de diciembre de 2001. Con la ilusión de un niño que estrena juguete se puso a trastear en ella para volver a sus orígenes frente a los fans que —previo pago de una cuota de 9’97 dólares al mes— quisieran ser espectadores privilegiados de experimentos que iban de partes meteorológicos diarios del invariable tiempo de Los Ángeles a la monitorización de un comedero para pájaros, pasando por los tanteos DV que darían lugar al tour de force digital de Inland Empire. Quizás hoy nos cueste recordar el paisaje audiovisual internáutico previo a YouTube, pero existió y Lynch cultivó una de sus parcelas más bellas y extrañas.

    En aquella web retomó la animación casera. Lo hizo de una manera distinta de la de 1967. DumbLand es una serie en flash de ocho episodios que cuenta las absurdas peripecias domésticas de Randy, un macho grotesco, eslabón perdido entre el homo erectus y el redneck, siempre en camiseta de tiras, desencajado, como a punto de explotar. Los capítulos parecen marcados por la cadencia sonora de sus diálogos antes que por un hilo argumental lógico y, en concreto, My Teeth are Bleeding se construye por entero alrededor de un bucle de efectos sonoros. Con esta miniserie Lynch dio un nuevo giro a su imaginario, alineándolo con los trabajos en flash que más o menos en aquel momento hacían David Shrigley o Matt Stone y Trey Parker. El propio Shrigley reconocería cuánto le impresionó la integridad con la que Lynch encaró DumbLand, al encargarse de todos los detalles por sí mismo (guión, dirección, animación, sonorización, doblaje…). En definitiva, cuánto le impresionó la vitalidad creativa de aquel hombre entrado en canas que ya había empezado a explorar otros cines posibles antes incluso de que él naciera.


    LIBRO | 2007 | Atrapa el pez dorado

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    En 2005 Lynch fundó una institución llamada —en su froilanesco nombre completo— Fundación David Lynch para la Educación basada en la Conciencia y en la Paz Mundial, que le ha embarcado en campañas alrededor del mundo para recaudar dinero con el que desarrollar programas meditativos en centros educativos y sociales, e incluso le ha permitido dirigir alguna multitudinaria sesión tántrica. Desde entonces ha sumado el apoyo de Jerry Seinfeld, Cameron Diaz, Clint Eastwood, Ellen DeGeneres, Martin Scorsese, Katy Perry o Paul McCartney, entre otras celebridades, a la causa que Maharishi Mahesh Yogi iniciara en 1955.

    Al año siguiente de poner en marcha esta iniciativa publicó su primer y único libro hasta la fecha, Atrapa el pez dorado, un texto que contiene sentencias que van de “el Campo Unificado es tu amigo” a “no es que me gusten los cuerpos en descomposición, pero su textura es increíble”. En él, con frases concisas, asertivas pero un punto candorosas, y por supuesto sin entrar en esas cábalas sobre su cine a las que se dedican sus exégetas, habla de una técnica meditativa que a él le ha funcionado desde el 1 de julio de 1973. También de algunas de las creencias asociadas a dicha técnica. Al igual que el físico John Hagelin (otro prominente portavoz de la institución) alterna el discurso científico con otro que no lo es cuando hace proselitismo, Lynch alterna en este libro sus reflexiones sobre la creatividad con una retórica cósmica que busca hacer accesible a nuevas audiencias.

    Cuando Lynch era joven leyó El espíritu del arte de Robert Henri, un libro que le marcó la pauta para la vida artística que había decidido llevar. En 1965 se embarcó junto a su amigo Jack Fisk en un desnortado viaje de estudiante por Europa para conocer a uno de sus héroes, el pintor expresionista Oskar Kokoschka. No consiguieron dar con él ni con lo que fuera que buscasen al visitar los lugares en los que se habían originado las vanguardias de principios del siglo XX y, al cabo de quince días, volvieron a Estados Unidos. De la misma manera, muchos fans del director, quizás estudiantes de cine inmersos en ese corto de fin de carrera “en plan Lynch”, puede que se vean frustrados al comprobar que el libro que ellos esperaban aparece entreverado con espiritualidad.

    Con sus particularidades, ese fue el caso de David Sieveking, un joven director alemán que siguió el consejo personal de Lynch, su ídolo, y profundizó en la Meditación Trascendental a través de la realización de un documental titulado David Wants To Fly, con el que llegó a crispar al propio Lynch. Sieveking exploró el legado del gurú indio y constató que era tan espiritual como económico. Después de meditar sobre el tema, en el sentido menos trascendente del término, llegó a la conclusión de que el entramado creado en torno a Maharishi Mahesh Yogi tiende a los vicios propios de las iglesias; de que se trata de una jerarquía no exenta de intrigas palaciegas que, en sus peldaños más altos, funciona como una secta védica (algo sostenido por otras fuentes, entre las que se cuentan numerosos apóstatas de lo trascendental). Por supuesto, para aquellos que estén interesados, otros documentales como Transcendendo Lynch (Marcos Andrade y Julia Martins, 2011) o It’s a Beautiful World (Richard Beymer, 2014) han mostrado la labor divulgativa de Lynch sin sacarle punta a esas aristas.

    Al margen de esa problemática, Atrapa el pez dorado da una cierta idea de cómo funciona la cabeza de Lynch. Resume inquietudes de gran importancia para él, que conectan —por eso las mencionamos en esta publicación dedicada al cine— con los aspectos demiúrgicos de sus historias. Con el epicentro de Twin Peaks, por ejemplo. Es una lectura ligera de la que podrán extraer enseñanzas valiosas incluso aquellas personas a las que les entran todos los males cuando oyen que miles de voladores yógicos unidos serían capaces de librarles de todos los males.


    ESCULTURA | 2000 | Eat My Fear

    El evento era CowParade NYC 2000: cuatrocientas cincuenta reses en fibra de vidrio decoradas por escolares y artistas para resplandecer al sol del verano neoyorquino. Según sus organizadores, el grupo privado CowParade Holdings Corporation, el cometido era sacar el arte de los museos y hacerlo llegar a un público masivo. En efecto muchos informativos comentaron la cita en sus secciones de cultura y, sobre todo, de variedades (entre la paella más grande del mundo y el pingüino de simpático caminar). Pero no todas las vacas que se presentaron a la convocatoria llegaron a pastar frente a esas grandes audiencias.

    Siguiendo sus inquietudes por la plasticidad de los cuerpos, Lynch decidió simular, para el encargo que había recibido, el resultado que tendrían los procesos escultóricos sobre el cuerpo del animal. Trabajó su escultura en términos de lomo alto, lomo bajo, solomillo y pescuezo. De mutilización y evisceramiento. De los intestinos revelando su contenido marronáceo y sanguinolento sobre el blanco impoluto de la figura diseñada por Pascal Knapp. El resultado, Eat My Fear, estuvo expuesto durante dos horas y media antes de ser retirado. Causó el llanto de un niño pequeño y formó un corrillo de escolares preadolescentes, repugnados y fascinados a partes iguales. Acto seguido el encargado de los parques de Nueva York y responsable último de la muestra, Henry J. Stern, animó al artista a que se dedicara al cine y sumó la pieza a la colección de las ya censuradas (a saber: una vaca basada en Monica Lewinsky, una jasídica y una en la que PETA, la asociación por los derechos de los animales, había escrito eslóganes contra el consumo de carne). Lynch no es vegetariano ni buscó hacer una declaración política, pero quiso conectar muerte y comida. Al hilo de la censura alegó que todos sabemos de dónde viene la carne y que no le era difícil imaginar la angustia de una vaca en el matadero, su enorme corazón —dijo— bombeando miedo a la carne que luego sirve de alimento.

    Más adelante, descontento por que Laura Dern no estuviera nominada al Óscar por su interpretación en Inland Empire se plantó con una vaca, esta real, viva y apacible, en medio de Hollywood. Pero esa es la historia de otra falta de consideración hacia su trabajo. De otra vaca.


    CAFÉ | 2008 | David Lynch Signature Cup Organic Coffee

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    De la misma manera que Ignacio Sánchez Mejías era dramaturgo “surrealista” y torero, y por lo tanto doblemente surrealista, mientras más se ha entregado Lynch a la publicidad, e incluso a sus propios derivados de la mercachiflería Transcendental Meditation Trade Mark, más ha apuntalado su condición de artista del absurdo a través de la vía absurda. Así hasta llegar a esa cumbre que fue el diseño de vestuario deportivo femenino en colaboración con Alyssa Miller (olé). En lugar de convertirse en mártir de su estética, consumiéndose en los rigores experimentales de Cabeza borradora, ha sabido reconvertir sus constantes, moviéndose entre industrias con pocos pasos en falso y casi siempre añadiendo capas de extrañeza a su corpus.

    Durante uno de sus paseos en Terciopelo azul, los personajes de Laura Dern y Kyle MacLachlan comentaban lo raro que era el mundo. No cabe duda de que lo es: hace casi un año las cenizas del inventor de la cafetera italiana, Renato Bialetti, fueron bendecidas y enterradas dentro de una de sus cafeteras. No sabemos si Lynch, que prefiere las máquinas espresso de cafetería, habrá tenido noticias de esa imagen que parece salida de su cabeza, pero todo lo relacionado con el café siempre le ha parecido raro y bello, y no cabe duda de que a través de Twin Peaks supo transmitir esa fascinación. Las exclamaciones del agente Cooper fueron el mejor anuncio de un producto —el café del Double R Diner— que sólo existía en la ficción. Basta con revisar la versión Coffee and Pie de la serie para comprobar que había un valor comercial que estaba en el aire, que podía ser amortizado.

    Al final ese potencial publicitario se volcó en el café enlatado Georgia, producto estrella de la filial japonesa de Coca-Cola que en 2007 llegó a doblar las ventas de la mismísima Coca-Cola (el refresco, no la marca) en dicho país. En 1993 Georgia se rebautizó temporalmente como “La misteriosa G” en una campaña mediante la que adquirió el imaginario de Twin Peaks en bloque, incluyendo parte del elenco, algunas localizaciones, el tema principal de la banda sonora y la impronta de su creador, que se puso tras la cámara para dirigir cuatro breves anuncios que planteaban y resolvían el misterio de una joven japonesa desaparecida en Twin Peaks. Una iniciativa que deja constancia de la magnitud global que alcanzó el fenómeno de la serie.

    Sin multinacionales de por medio ni más marca que su rúbrica cool, Lynch lanzó en 2011 un café con su firma. Lo hizo a través de la exclusiva cadena de productos orgánicos Whole Foods. No lo hemos probado aún pero incluimos uno de sus metalizados paquetes en este inventario básico de su producción paracinematográfica. Al parecer es mejor que el café de Rob Zombie y el de Darth Vader (olé y olé).


    PUBLICIDAD | 2010 | David Lynch Signature Cup Organic Coffee Commercial

    Una buena manera de introducir a Lynch fue la que usó Jay Leno cuando el director pasó por su programa en 1992 para promocionar On the Air. La línea no era suya y la traslado parafraseada pero vino a decir algo así como: “Con todos ustedes el Norman Rockwell psicopático”. Un resumen certero al que cabe añadir, no obstante, que Lynch no sólo ha sido el hombre que ha imaginado el reverso infernal del sueño americano de la tarta de manzana, el vaquero de Malboro y el glamour hollywoodiense. A veces se ha dedicado a eso; a la tarta, al cigarrillo y al glamour. Tiene en su haber un amplio repertorio de anuncios que incluye coches, perfumes, un test de embarazo o pasta italiana. Básicamente la publicidad ha sido para él un medio mediante el que hacer dinero y conocer de primera mano la última tecnología audiovisual. Ha resuelto la mayoría de los encargos de la manera más funcional posible, si bien en unos pocos se ha empleado más a fondo y ha aportado tics autorales, como en The Third Place para PlayStation o en el de la marca de cigarrillos Parisienne.

    Dicho lo cual, ha sido difícil no elegir We Care About New York (1991), anuncio en el que para concienciar a los neoyorquinos de la necesidad de mantener las calles limpias, conectó con el terrorífico imaginario animal de El hombre elefante a través de unas ratas retratadas por el blanco y negro de Frederick Elmes (director de fotografía de Cabeza borradora y Corazón salvaje). Ha resultado difícil pero también resulta difícil de superar el que hizo para su propia marca de café. Alguien que para encargos comerciales ha contado con holgados presupuestos, que ha trabajado con Claudia Schiffer o Gerard Depardieu, acabó por demostrar el nivel que podía alcanzar con un spot directo a Internet en el que lo extrajo todo de casi nada. La estrella en este caso es una muñeca Barbie cuya cabeza está atenazada por la mano del director y por un primer plano muy cerrado. A pesar de lo tenso de su postura, habla relajadamente con él sobre las bondades del David Lynch Signature Cup Organic Coffee. Comentan lo de que es orgánico, lo del comercio justo y —no pudiendo ser de otra manera— surge una coquetería de ida y vuelta.


    MÚSICA | 2010 | Good Day Today

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    Michel Chion es uno de los más destacados estudiosos de la relación entre sonido e imagen en movimiento. No es casualidad que también lo sea de la obra de David Lynch. El de Missoula ha sido uno de los cineastas que más importancia ha dado al sonido. Incluso podría apurarse la afirmación hasta sostener que es uno de los pocos cuya manera de entender lo audiovisual no parece totalmente descompensada hacia el segundo término.

    Desde un principio, en cuanto tuvo clara la visión que quería plasmar en Cabeza borradora, se entregó a numerosos experimentos sonoros caseros en colaboración con el técnico de sonido Alan Splet. Su interés por los efectos de sonido le llevó a profundizar en todo lo relativo a la banda sonora, lo que, a raíz de su encuentro con Angelo Badalamenti durante Terciopelo azul, se tradujo en un genuino interés por la música. Aún más, en una identidad musical que casi pertenece por igual a compositor y director. Con el tiempo pasó a crear su propia música y a involucrarse en todo tipo de actividades paralelas: ha producido a otros artistas (sobre todo a Julee Cruise pero también temas puntuales de otros referentes actuales de la canción etérea como Chrysta Bell o Tiny Ruins); dirigió en 1989 el experimento escénico Industrial Symphony No. 1, compuesto a cuatro manos con Badalamenti e interpretado por Cruise; ha publicado dos álbumes a título personal, Crazy Clown Time (2011) y The Big Dream (2013), y ha colaborado, teclado con teclado, con el pianista Marek Zebrowski, al que suministra ambientes sobre los que este se deja llevar. Su última aventura musical fue Festival of Disruption, un encuentro transmedia que tuvo lugar el 8 y 9 de octubre en Los Ángeles y en el que la música y Twin Peaks ocuparon un lugar esencial.

    Al margen de su producción podemos destacar la curiosidad de una ópera basada en Carretera perdida o, lo último, un libro dedicado a la música de sus películas en el que se recoge el testimonio de músicos de distintas generaciones que han sido deslumbrados por el director. The Flaming Lips tuvieron su epifanía con Cabeza borradora, Sky Ferreira la tuvo con Mulholland Drive, y otros, una mayoría, con Twin Peaks, lo que explica que en el regreso de la serie haya confirmados hasta veintiún músicos en el casting. Incluso estuvo previsto un cameo de David Bowie, quien ya formaba parte del universo de la serie.

    En 1997 Lynch montó Asymmetrical Studio, un estudio de grabación situado en su complejo residencial de Los Ángeles. De ese rincón han salido numerosas canciones, la mayoría en la línea del rock narcotizante y rudimentario de Blue Bob, su experimento con el técnico John Neff (un registro en el que ha logrado momentos emocionantes como Ghosts of Love, incluido en la banda sonora de Inland Empire). Y en esas estábamos cuando de pronto llegó el momento musical con el que nos quedamos en esta selección: un tema zapatillero que no se vio venir. Good Day Today, single de lanzamiento de su primer disco, está hecho de cánticos con autotune, loops que sugieren mantras y mucho buen rollo. Una canción tan sencilla y encantadora como un “buenos días”.


    LITOGRAFÍA | 2008 | Fire on Stage

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    The Air is on Fire, la exposición montada entre marzo y mayo de 2007 en la Fundación Cartier para el Arte Contemporáneo, París, ha sido la monográfica más extensa dedicada al artista hasta la fecha. Para su itinerancia a Moscú en 2009 se añadió un conjunto de litografías titulado Paris Suite, creado durante esos dos años a raíz de un hallazgo que ha marcado la producción plástica lynchiana reciente: Hervé Chandès, director del centro de Cartier, descubrió al cineasta el estudio Idem, un taller de impresión construido en 1880 por Emile Dufrenoy en el que se han materializado, tinta sobre piedra, obras de Matisse, Picasso, Miró, Braque, Chagall, Léger o Cocteau.

    Fascinado por la mítica que todos esos apellidos daban al sitio pero también por las reacciones químicas entre goma arábiga, ácido nítrico, grasa y agua, así como por el procedimiento maquinista de una tecnología de comunicación de masas obsoleta, lo que conecta con su atracción por las fábricas abandonadas, Lynch no ha parado de producir litografías de manera regular en él desde entonces.

    Al hablar de estas imágenes hace hincapié en la energía que desprende la roca, casi como si el trabajo sobre ella transcurriera en términos mágicos y cada lámina fuera un ejercicio de exorcismo, un pequeño trance mediante el que las zonas oscuras de su psique fluyen a través de la tinta hasta llegar al papel. De entre las más de doscientas nos quedamos con Fire on Stage, un dibujo que no muestra el dominio de los recursos expresivos que Lynch ha alcanzado en este medio pero hace algo más impresionante. Resume en un icono su irresumible imaginario.


    INTERNET | 2009 | Interview Project

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    Una de las apuestas más sólidas de la factoría digital de Lynch fue Interview Project, una road-web que homenajeó y amplió Una historia verdadera diez años después de su estreno. Dirigida por Jason S. y Austin Lynch, hijo del director, el proyecto tuvo poca planificación más que la de salir, encontrarse con personas anónimas y grabar lo que tuvieran que decir sobre sí mismas y sobre cualquier cosa que se les pasara por la cabeza. De California (Needles; vídeo publicado el 1 de Junio de 2009) a California (Topanga Canyon; vídeo publicado el 27 de mayo de 2010), el rodeo por Estados Unidos sumó 25.000 millas, 70 días y 121 encuentros, casi todos casuales, con entrevistas que fueron apareciendo a razón de una cada tres días a lo largo de un año.

    En este caso Lynch, David, sólo introdujo los capítulos a la manera de Alfred Hitchcock presenta y dejó que el equipo hiciera el resto. Desmarcándose de la sobreexposición de lo juvenil que impera en el cine y la televisión, el perfil demográfico de muchos de los entrevistados se corresponde con el de Alvin Straight, el septuagenario en el que se basó Una historia verdadera y que, en la vida real, cruzó América en su segadora para hacer las paces con su hermano antes de que fuera demasiado tarde y alguno de los dos muriera llevándose a la eternidad los rencores que les habían separado durante años. El resultado es un hermoso trabajo de cartografía confesional, un panóptico de la América profunda. Los invitados, algunos con el gesto ajado por las experiencias relatadas, se presentan, hablan de alegrías y traumas, de su día a día o de las ilusiones que han mantenido o abandonado. En definitiva, de la minucia universal. Y luego siguen con su vida. Como tú y como yo después de escucharlos.


    FOTOGRAFÍA | 2007 | Fetish

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    Mucho antes de que su apellido fuese una marca de referencia en la industria de la moda, Christian Louboutin tuvo claro que quería diseñar zapatos de tacón para espectáculos de show-girls. Zapatos que en sí mismos fueran un espectáculo. Con eso en mente empezó a trabajar como asistente del Folies Bergère, dando el primer paso de su fulgurante carrera.

    El punto álgido de esa erotizante manera de entender el calzado femenino llegó con su encuentro con Lynch. La colaboración entre ambas estrellas surgió al hilo de la exposición de la Fundación Cartier pero se acabó materializando un mes después de su clausura, en junio de 2007, en la Galería Pierre Passebon de París. La capacidad del cineasta para resultar perverso hasta la sordidez sin rebajar su perfil glamuroso hizo de él el artista ideal para fotografiar esta serie en la que Louboutin hibridó, en un imaginario de fetichismo extremo, el tacón de aguja y la zapatilla de bailarina, es decir, las dos formas de calzado que en Occidente suponen la quintaesencia de la estilización de la postura a costa del castigo del pie.

    Los zapatos de Festish son excesivos y, por eso mismo, son las únicas prendas que llevan las dos modelos del Crazy Horse coreografiadas por Lynch en veintiuna imágenes. Si en la serie Distorted Nudes manipulaba fotos eróticas fechadas entre 1840 y 1940, en esta consigue un efecto deformador parecido sin necesidad de retoques digitales. La torsión de los cuerpos parte de unos tacones-escultura diseñados para sostenerse sobre ellos apenas el paso que dura la foto.

    Ballerina Ultima fue el modelo central de la reunión y en 2014 pasó a serlo de la campaña publicitaria de lanzamiento del esmalte de uñas Louboutin, que contó con spot de Lynch. Pero hubo otras variaciones llamativas de la misma idea, como los zapatos siameses unidos por un solo tacón o aquellos que dejaban la planta del pie al descubierto. De entre todas nos quedamos con esta cuyos veintiséis centímetros de tacón van mucho más allá de su suela y de cualquier posibilidad de andar. El ademán en que queda quien los lleva, a cuatro patas, es a un tiempo oferente y amenazante. Pocos tacones de aguja han apuntado tan claramente a su etimología original, stiletto, proveniente de un arma blanca, por lo que habrá quien sepa entender y vea estos zapatos como lo que son. Una invitación. Un aviso.


    CÓMIC | 1983-1992 | The Angriest Dog in the World

    “Un perro que está tan enfadado que no puede moverse. No puede comer. No puede dormir. Apenas puede gruñir. Está inmovilizado tan fuertemente por la tensión y la rabia que se acerca a un estado de rigor mortis“. El propio Lynch describe así al protagonista y único personaje visible de la tira The Angriest Dog in the World, que estuvo haciendo semanalmente de manera ininterrumpida desde 1983 hasta 1992 para Los Angeles Reader y otros medios de prensa alternativa estadounidense (con una pequeña extensión en su página web, años después). Iniciada durante el infernal rodaje de Dune, la descripción también podría servir para describir el ánimo de Lynch en aquella época en la que su arte se le fue de las manos. La tira no varió el dibujo de ninguna de sus cuatro viñetas a lo largo de sus nueve años de publicación. Únicamente cambió el contenido de los bocadillos, que él dictaba por teléfono. Con ese extraño proceder, y ese tono a medio camino entre el aforismo existencialista y el relato-río, lo que quiera que sea esto ha quedado como uno de los capítulos más peculiares de la historia del cómic experimental.


    DISEÑO DE MOBILIARIO | 1997 | Floating Beam Table

    David Lynch creció rodeado de la madera norteña de Estados Unidos según se desplazaba de ciudad en ciudad siguiendo los trabajos de su padre, investigador del Departamento de Agricultura del gobierno. En casa siempre hubo un taller en el que se le animó a trastear, lo que le inculcó una querencia por lo constructivo que llega hasta hoy. Él mismo se ha definido como un constructor frustrado al que le gustaría materializar todo lo relacionado con el diseño de producción de sus películas (algo que, como comprobó con Cabeza borradora, le supondría una eternidad que no se puede permitir).

    No obstante, ha encontrado momentos para dar salida a esta inquietud. Antes incluso de Six Men Getting Sick creó una máquina de pinball. Con el paso del tiempo ha acometido iniciativas cada vez más ambiciosas, como la concepción del espacio expositivo de The Air is on Fire o del club Silencio de París. Incluso sobrevoló la idea, pensada por un amigo suyo a partir de la buena relación que el cineasta mantiene con el arquitecto Frank Gehry, de una colaboración entre ambos en la que este hiciese una película y Lynch un edificio. El encuentro derivó en un proyecto de centro artístico con el que pretendieron un golpe de Efecto Bilbao en Łódź (Polonia), ciudad por la que Lynch siente fascinación. El edificio central del complejo incorporaba imágenes de Inland Empire a modo de declaración de principios. Una manera decorativa de integrar su imaginario en un espacio, similar a la cita de Carretera perdida que Jean Nouvel hizo en su hotel de inspiración cinematográfica en Lucerne. Al final hubo cambios en la administración de Łódź, el equipo gubernamental entrante canceló el proyecto y Lynch pasó a hablar en pasado de su amor por la ciudad.

    Pero en vez de perdernos en esa megalomanía con cargo a los fondos públicos europeos o en sus tanteos de la arquitectura védica, también frustrados, lo mejor para valorar sus logros constructivos es centrarse en la escala pequeña: ver qué ha salido de su taller casero.

    El mobiliario diseñado por Lynch podría encajar en los interiores del hormigonazo en el que vivía el protagonista de Carretera perdida o en la Beverly Johnson House de Eric Lloyd Wright (hijo del famoso arquitecto), inmuebles contiguos, ambos propiedad del director. Concretamente en las mesas auxiliares diseñadas por él se reconoce la influencia de George Nelson, como señala Quim Casas, mientras que en sus lámparas resulta evidente una propensión al minimalismo organicista. El primer mueble que firmó fue la Espresso Table de 1988, un diseño al que en 1997 añadió otros tres con los que cerró una colección presentada en la Feria del Mueble de Milán. De ellos destacamos el elegante juego de equilibrios de la Floating Beam Table, que no tendrá el sello de su productora audiovisual, Asymmetrical Productions, pero hace más honor a él que cualquiera de sus películas.


    CLUB | 2011 | Silencio

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    Una de las dimensiones paralelas mejor resueltas en audiovisual, se hace saber, es la habitación roja de Twin Peaks, set que además parece haber quedado como síntesis del imaginario lynchiano. Los telones que la delimitaban daban paso a un espacio que era, en esencia, el estado mental que el agente Dale Cooper debía interiorizar para resolver los misterios que le habían llevado a aquel pueblo. Podría decirse que era el más exclusivo de los salones. Uno pensado para, por y en una persona.

    En cierto modo ese uso simbólico del espacio se repitió en el Club Silencio de Mulholland Drive, no menos transformador para Betty y Rita, los personajes protagonistas del filme. En él, como guiño autorreferencial para que los fans se dedicaran a los análisis y sobreanálisis a los que son tan propensos, también aparecía agazapada como espectadora Sheryl Lee, la actriz que encarnó a Laura Palmer. Pero a diferencia de la habitación roja, este garito alegórico conectaba con la realidad, con lo concreto de la vida nocturna californiana, a través del maestro de ceremonias, del travestí que atendía el espectáculo desde un palco y de Rebekah del Río.

    Situado en el bajotierra del 142 de la calle de Montmartre de París, el Club Silencio que tenemos a este lado de la realidad abrió sus puertas en 2011 tras dos años de ocupar la mente del director, cuyos viajes a la capital se habían hecho constantes. Fue el colofón de su fructífera relación con París. Él se encargó del concepto general, mientras que el desarrollo corrió a cargo del diseñador Raphael Navot y un amplio equipo de colaboradores. Los 700 metros cuadrados disponibles se repartieron entre un minicine, dos barras de bar, baños extra chic, un escenario, una zona restaurante, una biblioteca y una habitación para fumadores decorada a modo de arboleda. Para entrar hay que abonar una cuota anual que va de los 420 a los 1.500 € (dependiendo de las prestaciones) o ser invitado por alguien que la haya apoquinado. La vocación de Silencio no es otra que la de ser punto de encuentro para la gente guapa de la cultura parisién y, en efecto, ha sabido convertirse en una más de las suntuosas dimensiones paralelas que ofrece la noche de esa ciudad. Aunque también es verdad que de las valoraciones positivas vertidas en la red se deduce que la capacidad de algunos visitantes para dejarse llevar por la emoción es tal que puede que el sitio sí tenga algo de genuino potencial transformador. Eso ya depende de la película que cada cual se monte en su cabeza al entrar.


    ENSAMBLAJE | 1979 | Fish Kit

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    Ha sido en períodos entre películas o en pausas de rodaje cuando Lynch ha desarrollado estas otras facetas de las que hemos procurado un muestrario. Cuando no ha podido instalarse en el estudio para trastear con los pinceles, se ha dado rienda suelta mediante instalaciones efímeras o dibujos en servilletas en los que, más allá de las sensaciones que transmite cada obra, se desprende la tranquilidad de lo povera; de crear sin estar sometido a la presión de las grandes inversiones del cine y sin que nada se interponga entre las ideas y los materiales de deshecho en los que estas toman forma.

    Desde un principio, el cineasta de Montana ha tendido a expandir sus lienzos a través de técnicas mixtas. Incorpora bombillas, cartones, telas, restos de tabaco, dientes, arcilla y desperdicios varios, a veces acompañados de frases sucintas a modo de acento narrativo o título del cuadro. Su fascinación por lo orgánico resulta evidente cuando únicamente utiliza óleo (en el esmero en las texturas y densidades) y cuando no lo utiliza en absoluto (como en aquel experimento casero en el que dio forma a una pequeña cabeza de pan con el objeto de observar cómo era consumida por unas hormigas que habían aparecido en su cocina). Si entendemos lo orgánico como una clave y seguimos la hilera de hormigas, llegaremos hasta un momento que él mismo ha recordado varias veces en público. El instante germinal en el que, siendo niño, vio de cerca el idílico cerezo que había en el no menos idílico jardín de clase media blanca estadounidense de su familia y descubrió en él toda clase de texturas y colores y, sobre todo, miles de hormigas rojas bullendo en la corteza. El historiador cinematográfico Brett Wood señala acertadamente que esa mirada infantil (y algo paranoica) hacia los insectos y el mundo adulto sirve para describir la mayoría de sus cuadros comprendidos entre 1988 y 1993 y, lo que es más importante, dio origen a la visión de un mundo aparentemente perfecto que oculta bajo su superficie peligros indiscernibles, concepto central en Twin Peaks y en casi todo el imaginario lynchiano.

    Otra ocasión en la que trabajó directamente con lo orgánico fue en sus kits compuestos a partir de animales muertos, parodia de los kits para la construcción de juguetes y maquetas. Hizo unos pocos de estos artefactos macabros y humorísticos y los regaló a personas que apreciaba. Durante el rodaje de Corazón salvaje en Méjico dio uno hecho a partir de un pollo a Isabella Rossellini, cerca ya del final del romance que mantuvieron. El que incluimos en la selección fue compuesto al finalizar el rodaje de El hombre elefante y consiste en unas absurdas indicaciones para echar al mar unos cuantos trozos de caballa y que vuelvan a funcionar como pez.

    La serie de los kits biológicos tiene que ver con el arte de instrucciones. En esta ocasión no hay diletantismo al señalar dicha conexión, dado que Lynch ha hecho aportaciones en ese ámbito. En 2012 participó en la muestra del arte de instrucciones por antonomasia, la efímera pero cada vez más monumental do it, comisariada por Hans Ulrich-Obrist. La obra que aportó fue una instalación titulada How To Make A Ricky Board, que invitaba a poner nombres distintos a imágenes idénticas para descubrir las múltiples personalidades que emanaban de ellas. Un pequeño juego con la capacidad de autosugestión del visitante.

    Al hablar de Lynch, Ulrich-Obrist, hombre con conocimientos privilegiados sobre el qué, el quién y el cómo del arte contemporáneo, le describía de una manera que en realidad está al alcance de cualquier aficionado, lo que deja claro que no hay mucha vuelta de hoja: “Es uno de los artistas más influyentes de nuestro tiempo”. Parece haber consenso sobre su estatura creativa. Ahora sólo queda saber si la vuelta de Twin Peaks será una clausura de saga a la altura de dicho estatus.

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