Cuando tu TFG se convierte en película

Así fue el caso de 'Júlia ist', el TFG de Elena Martín, Pol Rebaque, Marta Cruañas y María Castellví que acabó en los cines. Hablamos con la directora sobre cómo lo consiguieron.

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22 de marzo de 2018

¿Qué te parecería salir de la universidad con tu primera película debajo del brazo? ¿Te suenan los títulos Las amigas de Àgata o Júlia ist? Ambos son largometrajes con los que estudiantes de la Universidad Pompeu Fabra terminaron sus estudios de Comunicación Audiovisual.

La primera la escribieron y dirigieron Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen. Su protagonista fue interpretada por Elena Martín que, perteneciendo a una generación posterior, estrenó el año pasado su ópera prima Júlia ist, cuyo origen fue el TFG que realizó con sus compañeros Pol Rebaque, Marta Cruañas y María Castellví. La cinta se alzó en la 20º edición del Festival de Málaga con la Biznaga de Plata a la mejor película y a la mejor dirección, además del Premio Movistar Plus a la mejor película de Zonazine.

Más allá de los premios, que no son tampoco el propósito de programa TFG – SGAE con el que la Pompeu Fabra replanteó la metodología de los mismos, merece la pena descubrir cómo estas producciones –y las que esperemos estén por venir– son posibles. Los estudios de Comunicación Audiovisual se imparten allí desde 1993 pero, tras más de 20 años, decidieron modificar el modelo. “Vimos una oportunidad de que se pudieran formar equipos de trabajo de una forma sostenida a lo largo de un año aprovechando la intensidad que da el trabajar con tus amigos en un proyecto que te apasiona” explica sobre el proceso de modificación del TFG su coordinador Gonzalo de Lucas.

También consideraron fundamental la puesta en diálogo de los alumnos con cineastas que durante el curso acuden a impartir talleres específicos. Los tutores han sido: Jonás Trueba (Los exiliados románticos, La reconquista), Elías León Siminiani (El síndrome de Ulises, Cambio de clase), Mar Coll (Tres días con la familia, Todos queremos lo mejor para ella), Javier Rebollo (La mujer sin piano, El muerto y ser feliz), Isaki Lacuesta (Los pasos dobles, La próxima piel), y la incorporada este año Carla Simón (Verano 1993).

Los alumnos escogen itinerarios, siendo Dirección uno de ellos. Aquí suelen incorporarse 40 alumnos, los cuales conforman diez proyectos. Elena Martín fue una de las que participó en uno de ellos. Durante los cuatro años de grado, al tiempo que rodó un corto, varios videoclips y videos promocionales, “fui poco a poco perdiendo el miedo a reconocer que quería dirigir, que me interesaba la creación puramente”, explica la también actriz, que igualmente decidió apostar por su faceta de intérprete desde primero de carrera.

Gonzalo de Lucas aborda la importancia dada a lo que denominan el corazón del proyecto: “Darle importancia a la emoción, a aquello que quieres transmitir o mostrar en relación sobre todo a las cosas que a ti te importan personalmente o que sientas cercanas, que les afecten”. Precisamente, Elena Martín aclara que esto fue lo que trabajaron en su primera tutoría con Elías Siminiani al inicio del curso: “El documento corazón, en el que teníamos que definir el porqué de explicar esta historia, el mensaje y las intenciones que contenía. El contenido que tomara la forma que tomara la película tenía que seguir teniendo”. A su encuentro acudieron con un primer tratamiento muy extenso, disperso y caótico que lograron transformar en una primera versión de estructura antes de la segunda tutoría, esta vez con Mar Coll.

Con ella trabajaron sobre el guion, le presentaron escenas, algunas ya dialogadas, sobre las que la cineasta insistió en que debían dramatizarlas. “Fue muy gratificante deshacerse un poco de la presión de respetar nuestra experiencia y nos animó a que ficcionáramos y las dramatizáramos más para que se viera en las imágenes y en la acción lo que nuestro recuerdo contenía” explica Elena Martín.

Gonzalo de Lucas reconoce que la implicación de los cineastas es muy buena y que se establece una relación muy bonita: “Desde el punto de vista de la transmisión es muy fuerte. Están en la mesa, en tu clase trabajando en tu proyecto. No vienen a contarte sus historias”. No obstante, aclara que son los alumnos los que en todo momento hacen la película: “No es un sistema paternalista en el que nosotros estamos en el rodaje diciendo cómo hay que hacer las cosas, sino que ruedan con autonomía. Creemos mucho en la autogestión”.

La tercera tutoría a la que acudieron el equipo de Júlia ist fue con Isaki Lacuesta, ya después de Navidades. La temática que eligieron abordar en su película fue el Erasmus, que les sirvió como marco para: “Hablar de la sensación de inmadurez en un momento en que nos sentíamos pequeños adultos y que, al irnos fuera con 20 o 21 años, nos hizo sentirnos muy desubicados. No sabíamos estar solos y conocimos las consecuencias de la sobreprotección. Queríamos hablar de ese momento de irte lejos de tus referentes para despeinarte un poco” cuenta Elena Martín. Por ello, decidieron contar la historia de Júlia, una estudiante de arquitectura que se marcha a Berlín. Allí debe enfrentarse y asumir el reto que implica estar sola y desarrollar una nueva vida en una ciudad enorme y llena de gente desconocida, que además habla en otro idioma.

El  Erasmus les valió para darle estructura al proyecto, al ser una experiencia finita de seis meses. En Navidades fueron a rodar los primeros materiales porque determinaron que no podían esperar más a conocer qué lenguaje querían utilizar. Por ello, en el encuentro con Isaki Lacuesta sobre realización pudieron enseñarle unas primeras imágenes sobre lo que relata: “Fue muy libre, jugamos a imaginarnos qué posibilidades habría para rodar otras escenas, analizar en las que habíamos rodado dónde había el tono que nos interesaba y dónde no”.

La última tutoría fue con Javier Rebollo, un día antes de viajar a Berlín para rodar gran parte de la película. El estrés de los preparativos del viaje les tentó a ausentarse de ésta pero Gonzalo de Lucas les insistió en que aprovecharan el no ser habitual tener a profesionales apoyando proyectos universitarios. Acudieron y sintieron una gran liberación. El director les habló de que había encontrado un error en el rodaje y que habían montado enseñando deliberadamente este error sobre lo que les dijo: “Rodad, rodad todo y sacar provecho de todos los errores. No os resistáis a nada. Rodad de forma viva y pasadlo muy bien. Así, nos fuimos con un chute de energía tremendo. Ha sido una premisa que nos ha acompañado durante todo el proceso” reconoce Elena Martín.

Los cuatro responsables del proyecto son los autores de la película que, al querer rodar en distintas estaciones, no pudieron ceñirse a las fechas de la universidad. El plazo de terminaba en junio y necesitaban rodar en agosto por lo que, acordaron entregar el montaje de lo que tenían hasta el momento de la forma más trabajada posible. Después, continuaron para completar tres años y medio de producción de Júlia ist. Entraron en contacto con la productora Lastor Media, que también había participado en Las amigas de Ágata. Consiguieron su contacto en una masterclass de producción. Sin embargo, “decidimos por el bien de la película que los rodajes correrían a nuestra cuenta porque ya teníamos nuestra forma propia de rodar. Optamos por una coproducción y ellos se encargaron de la postproducción y colaboraron en la distribución con Avalon”.

VISIBILIZANDO LA MIRADA JOVEN

“Me parece que muchas veces es difícil que se confíe o dé espacio para que gente de veintipocos años haga películas” – expone Gonzalo de Lucas – “nosotros pensamos que podía ser más interesante hacer un cine quizás más inmaduro, menos acabado en el sentido profesional, pero que estuviera más conectado con este presente. Que pudiéramos ver más las cosas que sienten y viven nuestros estudiantes”. Con esta filosofía siempre presente y teniendo claro el contexto universitario consideran fundamental la idea de no jerarquizar dentro de este trabajo colectivo.

Aclara: “no buscamos quién es el alumno con más talento en cada promoción, sino transmitir que van a formar un equipo y que si consiguen trabajar bien van a tener una película”.  La primera producción que captó el interés de las productoras, en concreto Lastor Media, fue el documental Sobre la marxa (El inventor de la selva), el cual afirmaron haber querido producir cuando lo vieron. Al año siguiente fueron quienes apoyaron Las amigas de Agata, cuyo éxito vivieron como inesperado en la universidad: “Ellas la habían rodado como proceso de aprendizaje sin pensar que acabaría estrenándose en salas. Ahora cada vez hay más productoras que nos llaman”, confirma Gonzalo de Lucas.

El coordinador insiste en que esta reacción de las productoras le parece algo muy bonito, porque implica que: “Hay una necesidad de ampliar el espectro y acoger a gente que está empezando dándole confianza. Hacer estas películas permite visibilizar a gente que tiene talento. Todo comienza por un planteamiento de proyecto en el que se aprende de equivocarte y no tener ningún trauma porque si ruedas algo y no está bien, podrás volver a hacerlo”.

Elena Martín coincide: “Lo interesante del TFG es que no tienes mucho espacio para el miedo. No nos planteamos si era demasiado difícil hacer un largo, decidimos que queríamos explicar esta historia, esta historia necesita del paso del tiempo para que no se quede en algo superficial, por lo que tiene que ser un largo, va a ser en Berlín y lo vamos a hacer. Si lo aprovechas es una plataforma realmente ideal para desarrollar un proyecto. Además, muy pocas veces pasa que puedas estar un año dedicándote solo a esto”. ¿Y sobre el trabajo con los compañeros de clase? “Siempre que puedan querré que estén presentes. Aparte de ser muy amigos también descubrimos compartir el mismo criterio artístico. Aunque tuviéramos poca experiencia teníamos mucha ambición y nos fuimos turnando las crisis para que no pasara nada grave. Personalmente, me gusta la fragilidad del experimento”.

No solo es importante el interés de las productoras sino también la acogida recibida. Explica Gonzalo de Lucas: “Nos ha sorprendido el interés y generosidad con el que han sido vistas estas películas, no dándoles un tratamiento de meras películas de estudiantes. El hecho de que se hayan visto como una película más ha sido muy bonito, igual que el que hayan sido nominadas con las cintas profesionales, no dentro de categorías específicas de estudiantes. Demuestra que hay más apertura de la que a veces nos creemos y que la gente cuando va a ver películas quiere ver cosas distintas”.

Visto así, larga vida al cine originado en las aulas y a las universidades que se animen a apostar por él.

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