[Crónica Sundance 2014] Teoría general de las aperturas

Arranca la 30ª edición del Festival de Sundance con una de cal y otra de arena. Damien Chazelle se confirma en la arrolladora ‘Whiplash’ como un talento al que seguir muy de cerca; a su lado Todd Miller y su ‘Dinosaur 13’ parecen estar atrapados en el cretácico. Por VÍCTOR ESQUIROL

17 de enero de 2014

Dejemos de lado por un momento nuestra hombría y admitamos que durante los primeros diez minutos de Up lloramos cual magdalenas. ¿Por qué? Porque tuvimos la mala pata -o no- de toparnos con la Pixar en plena comprensión y uso de sus (súper)poderes. Correcto. Aunque también hay que tener en cuenta el tempo, que en este caso concreto jugó un papel determinante. Por razones que ahora mismo no vienen al caso, nuestro subconsciente ha establecido que toda buena relación debe empezar a fundamentarse en la vacuidad del calentamiento. “Hola”; “¿Cómo va?”; “¿A qué te dedicas?”; “¿Dónde vives?” Preguntas cuyas respuestas no (nos) importan. Las disparamos más o menos al azar sólo para ver cómo reacciona el otro. Ya habrá tiempo para conocerse, de modo que, estiremos antes los músculos.

Pete Docter y Bob Peterson se pasaron por el forro todos estos mecanismos, así que cuando creíamos que estábamos empezando a conocerlos, a ellos les había sobrado el tiempo para abrirnos en canal y arrancarnos el corazón. Lo tuvieron relativamente fácil, pues todavía teníamos las defensas bajas. Bajísimas. Los festivales de cine, por norma general, son máquinas que alcanzan, con mayor o menor fortuna, la perfección en labores de contemporización. Lo normal es que se alarguen durante más de una semana, y que por lo tanto los asistentes terminen agotados. Sí, nos quedaríamos un mes entero si hiciera falta, pero empaparse de celuloide puede llegar a cansar, créanme. Somos humanos.

Es tal vez por esto que entre las distintas organizaciones de los distintos certámenes y los enfermos que nos dejamos ahí buena parte de nuestra materia gris, existe una especie de pacto no escrito consistente en no forzar demasiado la máquina. Nos interesa a todos. “Hola”; “¿Cómo va?”; “¿De dónde dices que vienes?”, etc. En otras palabras: “Vamos a llevarnos bien, que el camino es largo. Empezaremos poquito a poco, ¿te parece?” Con esta filosofía, téngase en cuenta, suelen elegirse las películas de apertura…

Hasta que llega Sundance y se pasa por el forro el susodicho mecanismo. A saco, que no todos los años cumplo treinta. Así, cuando estábamos todavía acomodándonos (figurada y literalmente), y cuando todavía estábamos dando gracias al cielo por haber conseguido entrar en la primera full-house de la temporada, llegó el nuevo proyecto apadrinado por Jason Reitman y nos dejó planchados (ahora sí, sólo en el sentido literal).

Whiplash es el título del filme encargado de abrir la veda de Sundance ‘14. Es también el título del que se alzara con el Premio al Mejor Cortometraje hará ya un año en este mismo escenario. Es, en suma, el primer largometraje de un abusón (Damien Chazelle es su nombre) sin respeto alguno por las normas de conducta. Negro absoluto ante nuestros ojos y redoble de batería. Se encienden las luces y vemos a un joven marcado por cicatrices dejándose la vida ante su instrumento. De repente para porque aparece en pantalla otro abusón. Maestro y alumno, cara a cara… aunque hay mucho más que un cara a cara memorable entre J.K. Simmons y Miles Teller

Whiplash es, ante todo, un estudio superlativo sobre la musicalidad del cine. Es, en consecuencia, un viaje alucinante por el mismo cine. Son más de cien minutos en los que la oída se ve asaltada por la violencia y la sublimidad del jazz más frenético, y por las frases más hirientes (al más puro estilo Sorkin), y por el ruido más glorioso, usado como hilo conductor entre unas referencias que surgen por pura lógica. Mientras, salta a la vista que Audiard y Toback tenían razón, al igual que Powell & Pressburger, y como por arte de magia, el tono ligero de Woody Allen comparte pentagrama con el desquiciado giallo de Dario Argento. Lo mejor es que a Chazelle no le hace falta alardear de conocimientos, porque salta a la vista que el talento fluye por sus venas. Los músicos de los que nos habla se ven convertidos en máquinas en pos de una perfección que obviamente entraña sacrificios. “¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para convertirte en el nuevo Charlie Parker?” Sin rodeos ni calentamientos que valgan: la percusión sirve, efectivamente, para noquear al espectador, y el golpe definitivo viene servido por uno de esos clímax que hacen historia. Y nosotros con las defensas bajas. Bajísimas.

Quizás para que nos pudiéramos recuperar, la digestión de Whiplash ha estado presidida por el primer tropiezo del festival. Y el balance de la apertura volvió a la normalidad. Lástima. El ciclo de documentales lo ha inaugurado Dinosaur 13, cinta empeñada en desmontar la teoría consistente en que el factor “dino” en el título de una película es sinónimo de calidad. Al menos de diversión. Todd Miller desentierra la historia olvidada de Sue, es decir, el 13º Tiranosaurio hallado por la comunidad paleontóloga. Pero en realidad, ésta es una película sobre los -crueles- giros que da constantemente la vida. El “qué”, títulos aparte, está claro; el “cómo”, no. Miller se pasa frenada en todo lo que acaba importando. Emotivamente mal calculada, lo sensiblero se impone a lo científico; lo anecdótico a lo realmente importante y las anotaciones a pie de página a la narración principal.

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