[Crónica Sitges 2013] James Wan y Jodorowsky, ¿hablan el mismo idioma?

El creador de 'Saw' vuelve a ponerse el terror por montera en 'Insidious: Capítulo 2', y el psicomago chileno presenta 'La danza de la realidad', su retorno tras la cámara. Por TONI VALL

19 de octubre de 2013

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  • ¿De qué se habla hoy en Sitges?

    De Insidious: Capítulo 2, claro. James Wan demuestra su personalidad y reivindica su lado lúdico –por otro lado siempre evidente- con esta secuela, más patillera imposible, que utiliza a modo de juguete para chotearse a gusto del género y de si mismo. No se pueden hacer más trampas, giros interesados y retruécanos sin venir a cuento. Biloca y bifurca su historia en dos tiempos a su completo antojo, confunde los personajes cuando le da la gana y el tío tan feliz. Dilata la narración como si fuera un agujero negro y tanto le da que durante un rato no pase absolutamente nada como que empiecen a sucederse improbabilidades y sustos uno detrás de otro. Supongo que a estas alturas no hace falta recalcar que Wan tiene un morro que se lo pisa ¿verdad? Denle un Bond, un Batman o algo similar, por favor. El estropicio puede ser de órdago.

    También Manuel Carballo ha presentado peli. Retornados es la misma peli de zombis de siempre pero siguiendo los parámetros que marca nuestro tiempo: el virus como amenaza apocalíptica. Te pasarías todo el metraje preguntándote por el cúmulo de reacciones ilógicas de los personajes pero, bueno, ya hemos aprendido que lo ilógico es ingrediente indispensable del género. Más allá de esto, se agradece la competente factura y el ritmo, claro que algo de originalidad argumental tampoco habría sobrado.

    ¿Es Jodorowsky el mismo de siempre?

    Hacía 23 años que Alejandro Jodorowsky no rodaba una película que le satisfaciera, desde Santa Sangre (1989) concretamente. Pues qué mejor que solucionar tanta abstinencia con un doble chute de este chileno genial, charlatán incansable, vendedor de humo con talento, adivino, poeta, psicomágico, dibujante, cineasta radical… y ya paro porque podría llenar varias páginas. De entrada vimos el absolutamente extraordinario documental Jodorowsky’s Dune, de Franck Pevich, exhaustiva reconstrucción de un film maldito, la adaptación al cine frustrada que Jodorowsky puso en marcha en 1975 la novela Dune, de Frank Herbert. Pronto quedan más que diáfanas las concomitancias con aquel memorable Lost in La Mancha, que seguía los pasos perdidos de Terry Gilliam tras El Quijote. Pevich da la palabra al protagonista absoluto, un Jodorowsky tremendamente locuaz, que se muestra sembradísimo ante la cámara, recordando mil y un detalles de aquella aventura, mostrando una joya como el story board tamaño mamotreto que diseñó Moebius y reconstruyendo, en fin, la historia de una tragedia, de algo muy grande que no pudo ser. Soy alérgico a los spoilers: solo revelaré un detalle. ¿Sabéis el reparto que tenía en la cabeza? ¡Tela! David Carradine, Mick Jagger, Orson Welles y… ¡Salvador Dalí! Todos le habían dado el sí. Se le ponen a uno los pelos de punta.

    Y la segunda ración fue La danza de la realidad, el retorno a la dirección del propio cineasta. En ella se dan cita, como no podía ser de otra manera, sus obsesiones de siempre: rito, sexualidad, extrañeza, extravagancia, colorismo, violencia… Y sobretodo esa inconfundible dualidad permanente belleza y fealdad, su capacidad por crear instantes de subyugante placer estético y al plano siguiente conseguir que apartes la vista de la pantalla. En este sentido me recuerda mucho a Lars Von Trier. El propio Jodorowsky aparece en pantalla en el rol de una especie de demiurgo que presencia y guía el sino del niño protagonista. Se reserva alguna que otra perorata de las suyas y consigue inyectar a su peli una fuerza expresiva algo desigual, pero sin duda torrencial. Y un final bellísimo.

    ¿Qué más he visto?

    En Only Lovers Left Alive, Jim Jarmusch filma su película de siempre con sus personajes de siempre, dando rienda suelta a un ramalazo vampírico que, de hecho, casa de maravilla con su cine. Sus dos protagonistas podrían perfectamente ser los mismos de Bajo el peso de la ley, o intercambiables con el samurái de Ghost Dog o viajar a bordo de Mystery Train. Tilda Swinton y Tom Hiddleston interpretan a dos trasuntos de Alaska y Mario, una pareja tan bien avenida en su extravagancia, que –aunque ésta sea la ingestión de sangre- no le importaría a uno tener un plegatín en su salón. Su eterno deambular por el mundo de los vivos es algo así como un viaje de conocimiento cultie a través de lecturas, conversaciones intelectuales y discos de vinilo. ¿Una elevada reflexión sobre la cultura? ¿El primer manifiesto hipster de la historia del cine? Puede ser. Pero con un lado carcajeante de lo más molón y poseedora de una solidez discursiva admirable. Gran película.

    En las antípodas de la capacidad creativa del film de Jarmusch se encontraría Gallows Hill. Nada más empezar ya te das cuenta de la magnitud del desastre: una imagen no fea, feísima, parece rodada con un tomavistas antediluviano. El continente no importaría tanto si el contenido tuviera un mínimo de enjundia. La respuesta es no: dejadez y mímesis. Cubrir el expediente vaya.

    ¿Falta mucho para el final?

    No, muy poco. Mañana se echa el cierre con The Sacrament, de Ti West, una paseada por los abismos de lo sectario no parece una mala decisión para la clausura. Y también Lesson of the Evil, el chute casi anual de Takashi Miike, que este año recibe un homenaje y le han editado un libro monográfico. 

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