[Crónica Sitges 2012] ¿Qué cine nos queda?

Antes de que se acabe el mundo definitivamente, el Festival de Sitges hace acopio de lo más importante que podemos salvaguardar en recuerdo del cine. Por DANIEL DE PARTEARROYO

06 de octubre de 2012

Este año nadie pudo decir que le extrañara la elección temática de la 45ª edición del Festival de Sitges. Hoy en día se puede palpar más cerca que nunca el fin del mundo como lo hemos conocido hasta ahora, sin necesidad de excusas mayas ni prensa económica. Sólo con echar un rápido vistazo al ecosistema cultural o a los temas de conversación que genera es más que suficiente. Como consecuencia, el tono apocalíptico domina en la imagen del festival y en la temática de multitud de las películas programadas, pero es muy difícil que ninguna pueda superar a Holy Motors a la hora de hablar de un mundo que desaparece y, entre estertores, nos deja admirar sus ruinas.

El regreso del francés Leos Carax al largometraje trece años después de Pola X ya levantó admiración y asombro a partes iguales en su paso por el Festival de Cannes gracias a una enigmática y magnética narrativa que tarda varios compases en enseñar sus cartas. Denis Lavant, ese cuerpo insólito y fundamental del cine francés, interpreta al misterioso Monsieur Oscar, un hombre que se desplaza a bordo de una limusina (Sitges repite la rima de Cannes al coincidir también la omnipresencia de este vehículo en Cosmopolis, de David Cronenberg) y, a lo largo del día, tiene diversas “citas” en las que se transforma en otras personas: desde una vieja mendiga a un actor de motion capture, pasando por el estrafalario M. Merde que Carax creó en su segmento para Tokyo!. En una breve conversación con Michel Piccoli, el personaje confiesa que lo que le movió a entrar en ese peculiar mundo fue “la belleza del gesto”, la incontenible grandeza de la (re)creación de acciones y expresiones humanas. Holy Motors es una de las más bellas películas sobre cine y el arte de la narración como necesidad para contarnos a nosotros mismos y a los demás. Recorre distintos registros, incluidos la animación o el musical, dejando que sean las imágenes y el montaje elíptico el motor sagrado de un cine en proceso triple de desaparición: como fenómeno social, como realidad tecnológica (“la gente ya no quiere máquinas que se vean”) y como modo de expresión alejado de clichés precocinados. Es una gozada sentir la doble sensación de extrañeza y reconocimiento que ofrece saltando de un registro a otro, como síntesis del propio mundo cine o, a nuestra pequeña escala inmediata, del batido de propuestas que forman la programación de un festival. Todavía no hemos decidido si lo que hace Carax es un canto fúnebre o un esperanzador canto de libertad. Puede que sea las dos cosas.

La inesperada respuesta a la ambigüedad planteada por Holy Motors está en la portentosa Mi loco Erasmus, debut en el cine de Carlo Padial y sus colaboradores de Los Pioneros del Siglo XXI, Didac Alcaraz y Carlos de Diego. Hiperactiva, demente y descontrolada, la película mantiene los chispazos doble malta de hiperrealidad 2.0 de los trabajos anteriores de Padial y amplifica su discurso. El relato imposible de un proyecto documental sobre los estudiantes Erasmus en Barcelona es la pólvora de una explosión fragmentaria y multimedia (todo sirve como elemento narrativo, desde e-mails a paseos por Street View) en la que Didac Alcaraz da varios de sus gloriosos recitales, torrentes de palabras e improvisaciones de los que es imposible escapar. Relato obsesivo y mutante que tiene al fracaso y el café con Ballantine’s como leit-motiv y casi actitud vital, Mi loco Erasmus ofrece una incesante aportación de ideas, humor esquinado, disloques entre realidad y ficción y, en definitiva, una actitud ante el lenguaje audiovisual que mira al futuro desde el rincón oscuro de un garaje polvoriento. Si al final el cine termina por irse al carajo, el gran consuelo es que podemos confiar en que gente como Padial, Alcaraz o Carlos Vermut (director de Diamond Flash que aquí hace una breve intervención) podrán seguir pariendo sus fantásticas creaciones sin problema, da igual lo poco que terminen pareciéndose a aquello que alguna vez se entendió por película. Como Monsieur Oscar, ellos también está en esto por la belleza del gesto.

CINEMANÍA en el Festival de Sitges 2012

Día 1: Otro susto de muerte para Belén Rueda

Este año nadie pudo decir que le extrañara la elección temática de la 45ª edición del Festival de Sitges. Hoy podemos palpar el fin del mundo como lo hemos conocido hasta ahora más cerca que nunca, sin necesidad de excusas mayas ni prensa económica. Sólo con echar un rápido vistazo al ecosistema cultural basta y sobra. El tono apocalíptico domina en la imagen del festival y en la temática de multitud de las películas programadas, pero es muy difícil que ninguna supere a Holy Motors a la hora de hablar de un mundo que desaparece y, entre estertores, nos deja admirar sus ruinas.

 

Este año nadie pudo decir que le extrañara la elección temática de la 45ª edición del Festival de Sitges. Hoy podemos palpar el fin del mundo como lo hemos conocido hasta ahora más cerca que nunca, sin necesidad de excusas mayas ni prensa económica. Sólo con echar un rápido vistazo al ecosistema cultural basta y sobra. El tono apocalíptico domina en la imagen del festival y en la temática de multitud de las películas programadas, pero es muy difícil que ninguna supere a Holy Motors a la hora de hablar de un mundo que desaparece y, entre estertores, nos deja admirar sus ruinas.