[Crónica Sitges 2012] Pequeño manual de mutilación casera

Ahora que Cronenberg va en limusina, llega el momento de fijarse en otros apologetas de la pérdida voluntaria o forzosa de extremidades corporales. Por DANIEL DE PARTEARROYO

09 de octubre de 2012

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  • Resaltar de forma gráfica la fragilidad del cuerpo humano es una de las labores características del cine de terror, donde reinan los apuñalamientos, decapitaciones y, en general, distintas violaciones de la integridad de nuestras capas de protección ante el frío mundo exterior. En un ámbito más extremo aparecen los filmes consagrados a la nueva carne, la materialización orgánica de los bajos instintos y pulsiones sexuales. Ese es el campo de exploración de David Cronenberg, que con la magnífica Cosmópolis sigue ofreciendo nuevas mutaciones mientras niega la explicitud francotiradora que una vez lo caracterizó y apuesta por una apariencia más lavada pero igual de corrosiva. La adaptación de la novela de Don DeLillo pilla con el paso torcido tanto a los seguidores del Cronenberg carnal y viscoso (que, sin embargo, ha firmado su película más radical del último decenio) como a las hormonas adolescentes que puedan acudir al llamado de su protagonista, Robert Pattinson. No se engañen: es una obra maestra y de las más importantes del canadiense, cuya filmografía entra a partir de ahora en un espacio abierto y libre donde todo, todavía más, es posible.

    Como en su día ocurriera con El almuerzo desnudo, Crash o Spider,  Cosmópolis es una adaptación modélica de un material muy literario que encuentra un gran complemento en la pureza del dispositivo cinematográfico. Cronenberg dijo en Cannes que para él la esencia del cine era “un rostro hablando”, y eso es, tal cual, lo que encuentra Pattinson en el desfile de colaboradores que entran en su limusina mientras él busca un corte de pelo en pleno fin del mundo financiero. Los punzantes y peculiares diálogos de DeLillo están trasladados con efectividad quirúrgica (atención sobre todo a la declamación de Samantha Morton) en medio de una puesta en escena rígida y enrarecida. El maestro de la nueva carne sigue fiel a sí mismo infiltrándose en nuestro torrente sanguíneo sigiloso, como esa cámara que recorre todas las esquinas de la limusina-acuario donde transcurre el 80% del metraje, y vírico, pues algunas imágenes de Cosmópolis se replicarán en nuestra mente hasta el final del festival.

    En cambio, si la escasa mutilación física de Cosmópolis te sabe a poco, toma nota de un buen número de películas que, en días anteriores, nos han regalado las mejores vulneraciones de la integridad del cuerpo humano. Antes de que llegue Brandon con su Antiviral, hemos encontrado otros posibles retoños cronenbergianos en las también canadienses Jen y Sylvia Soska. En American Mary las dos hermanas gemelas ofrecen una visión fascinada e inquietante del mundo de la manipulación corporal a través de operaciones quirúrgicas con la historia de Mary Mason (Katharine Isabelle, con quien me encantaría emborracharme a base de chupitos de tequila en la cafetería de un tanatorio), una estudiante de cirugía que decide solventar sus problemas financieros accediendo a practicar operaciones ilegales. Pronto, las modificaciones y mutilaciones voluntarias coincidirán con las que no lo son tanto. Las Soska, aparte de tener un cameo fantástico, miman mucho a su personaje desde el guión y, aunque la película pierde fuerza cuando cae en convenciones policiales en vez de centrarse en su particular rape and revenge de quirófano, es una de esas que piden a gritos haber tenido protagonismo en la Sección Oficial en vez de quedar relegada a una paralela. Queremos más como esta en Sitges.   




    Lo mismo sucede con Girls Against Boys, de Austin Chick, que si no llega a ser por el inevitable reclamo de su título nos habríamos perdido. Estableciendo paralelismos, podemos decir que si Adam Wingard hizo un torture porn con textura indie (a lo Sofia Coppola, vamos) en A Horrible Way to Die, la operación de Chick en Girls Against Boys es como si las protagonistas de Girls dirigieran una película rape and revenge. Las fantásticas Danielle Panabaker y Nicole LaLibertie protagonizan un exploit de diseño (demasiado elegante para los fans del desbarre, claro) como dos camareras en una cruzada por aniquilar al género masculino. Algunas propuestas visuales, sus planos secuencia y la contundencia de una violencia no siempre fuera de plano la elevan muy por encima de otros filmes con más renombre y promoción que sí consiguen salas llenas en el certamen. Una pena que muy poca gente viera las que seguramente sean las mejores escenas de discoteca del año.

    A Girls Against Boys no le falta su dosis de mutilación, aunque, para eso, la referencia debería ser la divertidísima Excision, de Richard Bates Jr., que además de competir con The Lords of Salem por la mejor colección de cameos del festival (John Waters, Malcolm McDowell, Traci Lords, Ray Wise) tiene un genial talento para cambiar de registro en un microsegundo (de teen movie cómica con ensoñaciones gore a una heladora otra-cosa) para conseguir un efecto brutal. Igual que Mary Mason, la joven Pauline de Excision quiere ser cirujana, por lo que su único interés en el instituto, aparte de perder la virginidad, pasa por entrar en contacto con los aspectos más sórdidos y grotescos de la biología humana. Combinando el camino de aprendizaje de su protagonista con secuencias de atrocidades deudoras del vídeo-arte de gente como Matthew Barney, lo mejor es cómo el director y la actriz AnnaLynne McCord le dan humanidad y cercanía a todo el conjunto. ¿Que están haciendo el remake de Carrie? Yo me quedo con Excision.

    CINEMANÍA en el Festival de Sitges 2012

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    Día 3: La hermandad natural de Bayona y Spielberg

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