[Crónica Sitges 2011] Todo es raro, muy raro

Sobre todo desde que Val Kilmer se comió a Francis Ford Coppola. 'Twixt' y 'Womb', jornada de películas extrañísimas. Por ANDREA G.BERMEJO.

14 de octubre de 2011

“Un aplauso grandísimo, por favor”, oigo que alguien grita a las puertas del Meliá. Estoy en la terraza de mi habitación, la 127, mirando al infinito después de un día de extrañeza cinéfila y confusión. “En un mundo repleto de fealdad y de horror esto se merece un aplauso” siguen los alaridos eufóricos. Y entonces oigo el aplauso y las interferencias de alguien que dice: “¡Galiardo! ¿Te vas a quedar aquí o qué? Tenemos al taxista esperando por ti”. ¿Galiardo, Galiardo?, me pregunto. ¿Juan Luis Galiardo? ¿El actor? ¿Qué está haciendo en Sitges? ¿Ha venido a entregarle el premio Méliès d’ Or a Álex de la Iglesia por Balada triste de trompeta? ¿Es el mundo un lugar tan horrendo, Galiardo? Y de pronto, cesa el alboroto. Ha sido un día raro raro.

Empezando por Womb, la primera película que he visto hoy tras un café rápido en el jardín del hotel –cerca Raul Cimas se planteaba abandonar la actuación en pro del circo–. Womb, de Benedek Fliegauf, prometía desde su sinopsis. La copio literal, no por vagancia sino porque es difícil de explicar: “Tras quedarse prematuramente viuda, Rebecca decide usar los avances en la clonación para fecundarse con el tejido de ADN de su marido. A medida que crezca el niño se irá convirtiendo en una réplica exacta de su “padre”, despertando en Rebecca una ambigua sensación entre el instinto maternal y el deseo de recuperar a su amor perdido”. Vamos, que al final de la película Rebecca (turbadora Eva Green) se quiere trajinar a su hijo. Raro, ¿no? Ni las madres italianas, ¿eh? Pues hasta el momento Womb está en mi Top 1 de lo visto en Sitges. No sólo es bellísima estéticamente si no que narra sus rarezas clónicas con tan buen hacer que, aunque no comulgues con las decisiones de sus personajes, acabas comprendiéndolas. Empatía, ese sentimiento que no me ha acompañado durante la proyección de Poulet aux Pruns, la segunda película de Marjane Satrapi (Persépolis). “Es como Amélie”, me habían dicho los que la tenían vista, comparación que hecha en Sitges no podía significar nada bueno. Aunque podría defender Amélie y su muerte por éxito –shhh, que no me oigan–, no haré lo mismo con Poulet aux Prunes. Tiene momentos curiosos y la protagoniza el estupendo Mathieu Amalric (La escafandra y la mariposa), pero para fardar tanto de ser un cuento, es un cuento muy mal contado.

A eso de las seis de la tarde he tenido que enfrentarme a un sesudo dilema. El lobby de documentalistas catalanes me había recomendado Road to Nowhere, de Monte Hellman, pero a esa misma hora pasaban Twixt, la última película de Francis Ford Coppola –según los más optimistas–, y la evidencia final de su enterramiento en vida –según todos los demás–. “Tienes que ver la de Coppola, porque es Coppola”, se me ha dicho en ciertos corrillos de Sitges. Así que he ido. Está bien que haya ido, aunque haya sido sólo para corroborar que Val Kilmer se ha comido a Francis Ford Coppola. O por lo menos, se ha merendado su talento, y por eso se ha quedado así de henchido. He salido tan estupefacta del cine que me he llevado las gafas 3D puestas –no las que son negras y de plástico, las otras–, y he decidido pasar el resto del día con ellas, así, como si estuviese en Blade Runner, viendo todo un poco más oscuro y sintiendo sudores fríos al recordar los horterillas momentos multipantalla de Twixt, las secuencias en blanco y negro (ay, La ley de la calle), esas escenas a lo Midnight in Paris con Edgar Allan Poe y ese inmenso –literalmente– Val Kilmer. ¿Por qué, Francis? ¿Por qué? El mundo es un lugar muy raro desde que has decidido inmolarte. Ya lo decía Galiardo. El horror, el horror…