[Crónica FICXixón 2012] The End

La sensibilidad de 'Barbie' frente a la brutalidad de 'God Bless America'. Contrastes en la octava jornada del FICX50. Por PABLO GONZÁLEZ TABOADA

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24 de noviembre de 2012

Penúltimo día de la edición 50 del Festival de Gijón. Esto se acaba. Tras despedir en la crónica anterior la sección Animaficx, el gran hallazgo en términos cualitativos de este año en el FICX, toca ahora decirle adiós a la Sección Oficial. Diecisiete películas a competición que han sido sometidas a lo largo de ocho días al criterio de los gijoneses, prensa y de los miembros del jurado. Sin ninguna gran obra proyectada en este bloque y una calidad bastante estándar en todas ellas, las quinielas son innecesarias para lo que respecta al palmarés: en unas horas saldremos de dudas.

La película surcoreana Barbie de Lee Sang-woo habla sobre la llegada al país de un norteamericano con su hija para lo que pareciera ser una adopción formal. Denuncia social y un tema peliagudo abordado con inocencia, como si Sang-woo no fuese consciente de su importancia o se sintiese incapaz de aportarle todo el rigor necesario. El filme, que arranca carcajadas involuntarias por lo mal que emplea ciertos recursos (cámaras lentas) y narrativos (los clichés ahogan cualquier posibilidad de realismo) cuenta con un par de interpretaciones aceptables por parte de las niñas coreanas pero es incapaz de emocionar o estar a la altura de su denuncia, y eso que aborda una temática que debería dejarnos con el corazón encogido en la butaca. Otro tropiezo más, el segundo asiático tras el de la japonesa Above the Pink Sky. Inheritance, film israelí de Hiam Abbass, tampoco ha levantado pasiones entre la prensa.

Mejor le ha ido a Todd Louiso con Hello I Must Be Going, cuyo título está sacado de una canción de los hermanos Marx. El tono va por ahí: cine indie amable con una protagonista que levanta todo el peso de la función, una mujer interpretada por la carismática Melanie Lynskey que pasará de bicho raro a intentar descubrir su lugar y objetivo. Sin grandes logros a ningún nivel, es un filme cuyo mensaje es tan blanco como cabría esperar de otra dramedia (como ocurría con The Sessions, aunque ésta tenga un hambre de premios menos voraz) producida por el instituto Sundance. Teñida de elementos románticos y una realización bastante plana, y pese a un guión de manual (con los consecuentes momentos de reafirmación) se disfruta mientras dura. Pero como ha venido a ser la tónica del festival: en unos días no recordaremos que existe. Mucho menos el año próximo, cuando echemos la vista atrás buscando aquellas películas que teóricamente deberían haber dejado huella.

De las secciones paralelas habría que destacar trabajos como O som ao redor (Neighbouring Sounds) (Kleber Mendonça Filho, 2012), Cut (Amir Naderi, 2011) o God Bless America (Bobcat Goldthwait, 2011). El primero es un drama ambientado en una zona residencial de Brasil que muestra a tres generaciones de una misma familia, haciéndolas girar en torno a una patrulla de seguridad que se ha inaugurado en el barrio. Con una duración más ajustada habría funcionado incluso mejor, pues la primera parte del filme (se divide en tres capítulos) se dilata demasiado para lo que quiere mostrar. Algo irregular, pero merece la pena.

Amir Naderi tiene el mismo problema con su cine: le encanta extenderlo sin necesidad. En Cut, una verbalización del cine que usa el dolor del cuerpo como metáfora del estado actual de este arte, asistimos durante casi dos horas a la degradación de un hombre para saldar sus deudas con la yakuza. Inquietante y magnética, la película tiene cosas -como poco- cuestionables tales como la introducción de finales completos de algunos clásicos de la historia del cine (Ciudadano Kane, Centauros del desierto) mostrando spoilers sin ningún pudor, sin que realmente añadan algo al filme. Cuando llevamos hora y media de golpes y gritos la película se convierte en una filmación en la que Naderi captura, para la posteridad, una lista de sus 100 películas favoritas. Así, sin más.

God Bless America fue una de las revelaciones del pasado año, una sátira tan brutal como incorrecta que sigue la senda que su realizador inició con la injustamente ninguneada World’s Greatest Dad (2009), atacando a diestro y siniestro a cualquier cosa que se le pone por delante. En este último trabajo de Goldthwait, un hombre asqueado con el mundo decide coger un arma y limpiar el vecindario… literalmente. Salvaje y violentísima, con un humor negro tan oscuro como un pozo de petroleo, con el añadido de cierto personaje femenino acaba convirtiéndose en una suerte de revisitación moderna de Bonnie & Clyde que abraza la cultura pop para no dejar a títere con cabeza. Es una salvajada, no apta para todos los estómagos, pero que merecería como poco el beneficio de la duda y ser distribuida en España. Si además se acuerdan de la citada World’s Greatest Dad, que cuenta con el mejor Robin Williams en años y un guión poco menos que perfecto, mejor que mejor.