[Crónica FICXixón 2012] Naturaleza muerta

Juraj Jakubisko y James Marsh, nombres propios en una jornada con espacio para la memoria histórica, el drama humano y las dos caras del cine de animación. Por PABLO GONZÁLEZ TABOADA

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19 de noviembre de 2012

Nueva jornada en Gijón, ya en un punto en el que todas las secciones han sido inauguradas y se retroalimentan para dar lugar a una programación que contempla todas las posibilidades, abarcando tantos géneros como gustos puede haber entre el público. Este último por cierto llenó las salas el domingo incluso para las propuestas más inesperadas, como el primer film proyectado del checo Juraj Jakubisko que cuenta con una retrospectiva en esta 50 edición del Festival de Gijón.

Considerada una de las películas checoslovacas más importantes de los años 60 y pieza clave del movimiento de renovación de fórmulas al estilo de la nouvelle vague francesa que vivió el país en esa década, en Vtackovia, siroty a blazni (que se traduciría más o menos como Pájaros, huérfanos y locos) encontramos una dura película-ensayo en la que cuesta entrar pero que en sus mejores momentos recuerda a la lucidez del Godard de Al final de la escapada. En los peores, eso sí, no pasa de la bufonada con cierta pretensión autoral, donde la cámara registra la vida de tres huérfanos de guerra sin seguir ningún orden cronológico ni ahondar en sus dramas, más bien todo lo contrario, algo de lo que la película ya avisa al inicio “esto es una tragedia, pero puedes reírte si lo necesitas”. Dicho y hecho. Su contundente segunda mitad la convierte en una película visionado obligado paa los interesados en los ejercicios de vanguardia.

Dentro de Animaficx pudieron verse dos películas mas. La primera fue Alois Nebel, también checa, un film de Tomáš Lunák que utiliza como base las novelas gráficas de Jaroslav Rudiš para capturar un contexto histórico (la Guerra Fría) más que para narrar una historia, que aquí tiene unas líneas muy finas y es puramente contextual. Cinco años de trabajo para facturar una película que técnicamente es más que competente, con un ritmo muy reposado y alejado del espectáculo primario. Es la película de animación que haría Béla Tarr, comprometida con la historia del país al tiempo que reveladora. Por otra parte, totalmente contraria a la anterior fue Le jour des corneilles de Jean Christophe Dessaint, cine de menos fuerza que cuenta con un trabajo técnico envidiable en lo que respecta a fondos, pintados a óleo, y que pese a su factura correcta es incapaz de alzar el vuelo a nivel narrativo. Historia demasiado ingenua sobre un niño que vive con su padre en el bosque y que llegado cierto punto verá roto su microcosmos al descubrir la ciudad. La película erra al intentar replicar la poesía naturalista de Hayao Miyazaki y Studio Ghibli, convirtiéndola en una fórmula que no termina de cristalizar y que termina cayendo de lleno en la cursilería.

De la sección oficial a concurso pudieron verse tres películas más. Para empezar el día Epílogue de Amir Manor, film israelí sobre la dura realidad de una pareja de ancianos que se encuentran ya desplazados y lejos de ser útiles para los demás. Con su hijo viviendo fuera del país nada les ataca a un mundo en constante cambio en el que ni siquiera los servicios sociales ser suficientes para ser tenidos en cuenta. Dramón con denominación de origen que fuerza tanto la sobriedad que termina por ser frío, pese a contar con una realización muy competente y un par de interpretaciones principales de altura, algo en lo que están coincidiendo bastantes películas del certámen. El mayor problema de Epilogue es que Manor no confía en el espectador, reincidiendo una y otra vez en los mismos temas hasta el punto de ser molesto y, en algún caso, casi insultar a la inteligencia de quien está viendo su película. Por la tarde pudo verse Gimme the Loot de Adam Leon, un drama criminal estadounidense que gira en torno al mundo del arte urbano y que, como la anterior, parecer haberse quedado en tierra de nadie.

Por último, una de las cintas más esperadas de esta 50 edición: Shadow Dancer de James Marsh, un thriller sobre el IRA que sigue la historia de una simpatizante de la organización que se ve obligada a colaborar con el MI5 británico tras ser cazada en pleno intento de atentado en Londres. Producida por la BBC, es un trabajo destacable que es capaz de lo mejor y de lo peor a nivel formal, donde se puede destacar la labor del fotógrafo Rob Hardy. Muy convincente Andrea Riseborough, aportando matices a un personaje con el que de otra forma sería difícil empatizar, siendo lo mejor de una película que decepciona un poco viniendo de quien viene, pero que se ve y se disfruta en global y alcanza su punto álgido en los momentos íntimos y el retrato familiar. Eso sí, cuando busca ser trepidante queda lejos de los méritos del propio Marsh en su documental Man on Wire, que funcionaba mejor que ésta como thriller pese a que en aquella conocíamos el desenlace de antemano. Con todo merece la pena y eleva el nivel de una sección oficial en la que de momento se están echando en falta películas un poco más libres y pasionales, menos ancladas en el formalismo y en la captura (involuntaria) de la naturaleza muerta.