[Crónica FICXixón 2011] El cielo y el infierno del cine francés

Día de extremos. La película de Bruno Dumont nos horroriza tanto como la de Mia Hansen-Løve consigue enamorarnos. Por DANIEL DE PARTEARROYO

24 de noviembre de 2011

¿A partir de qué momento empezó el cine de Bruno Dumont a convertirse en una caricatura de sí mismo? Creo que podríamos fijar en 2003, con Twentynine Palms, el punto de entrada en barrena de una filmografía que en cierto momento parecía prometedora con lo mostrado en La vie de Jésus y, sobre todo, la brutal L’humanité. Pero el último Dumont parece empeñado en concebir sus nuevos filmes según el estereotipo de enfant terrible bressoniano que un día debió colgarle algún crítico dipsómano en Cannes y la cosa ha seguido así hasta llegar a Hors Satan, su última película. Me atrevo a prever que los seguidores de su propuesta quederán satisfechos, pues encontrarán íntegra su colección de señas de estilo (yo las llamaría tics) habituales: planos paisajísticos inmensos, acción reposada, personajes lobotomizados y explícitas píldoras de violencia y sexo desagradable.

Una vez más, Dumont recurre a las regiones campesinas del norte de Francia para situar su distópica visión del presente. Un futuro apocalipsis que, aunque no lo sepas, ha empezado ayer mismo. Allí, en un desierto pleno de vegetación, actúa un llanero solitario que podría hacer buenas migas con el anónimo Eastwood de Leone, si no fuera porque él, en vez de con el revólver, con lo que es rápido es con el manejo de fuerzas sobrenaturales que le permiten decidir a quién dar muerte y a quién devolver a la vida. Lástima que las costuras de solemnidad formulaica sean tan evidentes en el cineasta y eso no le permita llevar esta revisión perversa de Ordet hacia terrenos más interesantes.

Un amour de jeunesse

En el otro lado de la balanza de la Sección Oficial, el celestial, hoy también nos hemos encontrado con Un amour de jeunesse. El tercer largometraje de Mia Hansen-Løve nos la ratifica como una de las mejores noticias para la cinematografía gala actual. No es que sus anteriores Tout est pardonné y El padre de mis hijos tuvieran pocas capas de autobiográfía, pero es con esta emocionante y universalizable historia de amor juvenil con la que la cineasta ha abierto del todo, casi en canal, una parte muy importante de su biografía sentimental. Camille (resulta imposible explicar en toda su dimensión lo que hace Lola Créton con el personaje, alter ego evidente de la directora) es una chica de 15 años perdidamente enamorada de Sullivan, su novio de 19. Cuando la insalvable distancia geográfica de los kilómetros se interpone entre ellos, la relación se rompe y los años comienzan a pasar impasibles.

Pero el amor no se olvida. “Nunca dejé de quererte. Ni un minuto. Ni un segundo. Te llevo dentro de mí como una enfermedad”, dice una veinteañera Camille/Lola/Mia cuando ambos vuelven a (des)encontrarse ocho años después. El retrato de las emociones más íntimas es posible si se sabe bien cómo hacerlo; Rohmer y Garrel son constantemente invocados y actualizados. Ahí se manifiesta ese gran amor adolescente hacia la Nouvelle Vague al que el cine francés busca sobreponerse, nueva generación tras nueva generación, sin conseguir olvidarlo del todo. Pero qué pocos abrazan el melancólico recuerdo tan bien como Hansen-Løve. Quede reflejado o no en el palmarés, una de las mejores películas del festival.

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