Crónica: ‘El árbol de la vida’, subtítulos en francés

Cruzamos la frontera para ver en el cine Le Royal de Biarrtiz la última Palma de Oro de Cannes. Por ANDREA G. BERMEJO

06 de junio de 2011

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  • Nos enteramos de que en Francia han estrenado El árbol de la vida. ¿Nos lo cuenta alguien? ¿Lo leemos en la cartelera del Gara? No lo recuerdo. Sé que, casi al instante, estamos saliendo de San Sebastián por la A-8 dispuestos a cruzar la frontera para ver la última Palma de Oro de Cannes. En los mapas hemos visto que Biarritz es el destino más cercano con cine en versión original. El viaje nos resulta muy corto. En seguida nuevas compañías telefónicas nos dan la bienvenida en formato sms y los carteles nos hablan en francés. Dicen: “Bon Route” y “Gare du peage di Biarritz a 200 m”, con cestas donde pagar los peajes que nos recuerdan la aventura de ir al cine a otro país. Por el camino hablamos de Perpignan, de la censura franquista y de Último tango en París.

    Sorprendentemente el centro de Biarritz no se parece en nada a mi idea del sur de Francia si no a mi idea del sur inglés. Mientras aparcamos el coche y buscamos el cine Royal, en la avenue Foch número 8, paseo despistada pensando que estoy en Brighton y que tengo que decir “Excuse me Sir” o “Good evening, Miss” si quiero preguntar cómo se va al Pier para comer fish and chips. Una sensación que la taquillera de los Royal afianza cuando, movida seguramente por la pinta de españoles que tenemos, me dice asomada a la ventanilla: “¿Two tickets?”.  He confiado en los resquicios de mi francés aprendido en colegio de pago y en las estadísticas del “español que va a ver pelis a Francia: jubilado, estudiante de arte o familia con niños” y he errado. Cantamos bastante. A pesar de los escasos 50 kilómetros que nos separan de Francia, la taquillera no vacila: “Twelve euros, please”. El cine está flanqueado por una lavandería y un banco. Su fachada es austera y encima de la cartelera (también echan Le gamin au vélo, de los hermanos Dardenne;  se ve que en Biarritz son muy cumplidores con el palmarés de Cannes) un rótulo de letras rojas muy burlesque anuncia, por fin, que estamos en Francia: “Cinéma Le Royal”.


                                    Cinema Royal

     

    Antes de entrar al cine nos descalzamos y paseamos por la playa, a pocos metros de la avenue Foch. Hay una luz bonita y caen haces de luz sobre el mar. El cielo podría tener altavoces y Dios podría pinchar Alexandre Desplat y Terrence Malick observaría la escena y asentiría conforme. Qué buen preludio para ver su película con subtítulos en francés.

     

                                   

     

    Empieza a llover y emprendemos el camino de vuelta al cine. No corremos. Caminamos bajo la lluvia, porque Woody Allen dice que es lo que hay que hacer. Biarritz cada vez me parece menos inglesa, con ese aspecto de señora pija que tienen los pueblos costeros del sur francés. Al llegar a los Royal, entramos en la sala, grande y abovedada y con Nina Simone en el hilo musical.

    Somos unas veinte personas cuando apagan las luces. Cuando las encienden seguimos los mismos. Nadie se ha marchado durante la película, pero ahora parecen huir en estampida. Salen corriendo del cine. La sala queda desierta. Cuando acaban los créditos nos levantamos en silencio, caminamos hasta el coche callados, hacemos el viaje de vuelta sin música, no nos hablamos en todo el trayecto. Yo voy pensando en la crónica que hizo Boyero en Cannes y pienso que me ha sucedido lo mismo que a él y que acabo de ver muchas cosas que no he entendido pero que he disfrutado mucho con ellas.

    Durante el trayecto a San Sebastián pienso en la infancia vista por Malick: esa sucesión de imágenes aleatorias y casi sin continuidad narrativa en las que el director desordena la memoria: los primeros pasos, un susurro (“you’ll be grown before this tree is tall”), un pie diminuto, la palma firme de un padre sobre una nuca, las carreras con otros niños, la muerte, hermanos jugando con la espuma de la bañera, una mariposa en la mano de la madre, el cuento antes de dormir (“from before we can remember”)… La infancia de Malick se parece a todas las infancias, porque así las recordamos todos. Son imágenes fragmentarias, sin diálogos, muy bellas y sensoriales. Y por eso emocionan tanto. Mientras tanto, Sean Penn perdido en un presente de rascacielos recuerda y sufre. Malick nos cuenta por qué sufre su personaje pero lo hace sin juicios, entremezclando el relato con el resto de las imágenes, dándole la misma importancia, contándolo justo al comienzo y olvidándose de ello hasta el final.

     

                                    

     

    Estoy tan conmovida por el retrato familiar de El árbol de la vida que hasta que llegamos a Donosti me olvido de los dinosaurios. Al entrar a casa hablamos de ellos y del final de la película, entre lo hortera y lo new age, un prólogo y un epílogo que por su tonito trascendental y metafísico, se ganaron unos cuantos detractores en Cannes.

    -Hubiese sido una obra maestra sin esas dos partes.

    A mí los dinosaurios me importan tan poco que ni siquiera me indignan. Los observo pensando en otras cosas, creo. Atiendo a los momentos National Geographic con los que Malick explica el comienzo de la vida y del universo esperando a que aparezcan en escena Brad Pitt y Jessica Chastain y representen el otro comienzo, el de la creación del hombre, el del nacimiento y la infancia. Cuando la película llega a su fin y entra la famosa secuencia de la playa (no entiendo porque nadie aún la ha comparado con el decepcionante final de Perdidos), estoy tan ensimismada (la hora y media de infancia según Malick te embelesa y te hace mirar hacia dentro) que tampoco me preocupa especialmente, no me importa si hubo o no hubo dinosauros, esa noche me dormiré pensando en aquella frase, “cuéntanos un cuento de cuando todavía no recordábamos”, y en el viaje francés, en la lluvia en la playa y en la extraña sintaxis de los recuerdos.

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