Cómo las expectativas nos arruinan la existencia y cómo el cine nos ayuda a superarlo

Uno de las grandes crisis de nuestra vida tiene que ver con las expectativas, tanto laborales como románticas, pero afortunadamente el cine siempre está ahí como guía espiritual

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10 de mayo de 2020

La mayoría de nosotros tenemos un plan. A todos nos ponen un nombre cuando nacemos, quizá nos agregan a una religión, ponen sobre nosotros un montón de expectativas, de cómo seremos y de qué haremos.. Después crecemos, puede que sigamos el camino que ya nos han dejado marcado o que elijamos el nuestro propio. Pero cuando salimos del instituto y comenzamos a vivir la edad adulta la mayoría de nosotros tenemos un plan. 

Puede que el plan que tengamos sea muy ambicioso o no, que tenga mucho que ver con quiénes queremos ser o con qué queremos hacer con nuestro tiempo. El caso es que cuando cruzamos por fin la puerta hacia la madurez comienza a crecer en nosotros una sensación abrumadora que en muchos casos se convierte en una herida abierta y que duele como un golpe en el estómago, un golpe de insatisfacción que, por supuesto, tiene que ver con nuestras propias expectativas vitales. 

El mundo no es como nos contaron. La vida no nos ha dado las oportunidades que esperábamos. ¿No hemos luchado lo suficiente? ¿No somos lo suficientemente buenos? Comienza una crisis vital que rompe para siempre nuestra idea del mundo y de lo que hacemos en él. Las consecuencias pueden desembocar en una ruptura con tu pareja, con tu familia o lo que es peor, una grave pérdida de identidad. 

Y esto es lo que le ocurre a Brady Jandreau, un jinete de rodeo, probablemente el mejor del oeste americano, cuando sufre una herida grave en la cabeza tras caerse de un caballo. En la reserva de Pine Ridge, en Dakota del Sur, hay un aire indomable en la vida de las personas, el gobierno o la policía casi no intervienen y los caballos son el medio de transporte, son los animales de trabajo, la forma de vida, el alma de la economía y, por supuesto, la pasión de Brady. 

Brady es el nombre real de este actor no profesional que se interpreta a sí mismo y revive su propia historia en la película The Rider (disponible actualmente en Filmin). La directora, Chloé Zhao le conoció y quiso contar su historia utilizando también a otros no actores como el padre de Brady, Tim, y su hermana con discapacidad, Lilly. 

The Rider es un western que subvierte el género porque cuenta una historia absolutamente real en la que los personajes no son vaqueros tradicionales, primero porque son Lakota (parte de la tribu india sioux e históricamente un pueblo nómada) que viven en caravanas, y segundo porque ninguno de los personajes es un arquetipo ni se enfatiza la masculinidad, no existe ningún John Wayne ni ningún Clint Eastwood en esta historia… Bradley llora. 

The Rider puede definirse como una película sobre  la masculinidad plagada de dudas, de tensión y de desafíos con uno mismo o con los seres a los que amas. Pero sobre todo The Rider es una película sobre la dificultad de cumplir un sueño, sobre las terribles expectativas que ponemos en nuestra propia vida y el vacío al que uno se asoma cuando estas son imposible de cumplir. Brady es el mejor jinete de su localidad, los niños le adoran, sus vídeos de rodeo en YouTube son visitados por miles de personas todos los días… Pero Brady no puede volver a montar, las escenas en las que su mano tiembla impidiéndole realizar su trabajo y domar a esos preciosos caballos salvajes son desgarradoras. Brady no se graduó en la escuela secundaria, no tiene ni las más remota idea de cómo hacer un currículum, pero consigue un trabajo en un supermercado como reponedor y cajero. ¿Es eso lo que quería Brady en su vida? 

Esta es la verdadera heroicidad de Brady, levantarse cada día y avanzar en un acto de inmenso coraje personificando a un silencioso trabajador que cumple para salir adelante. Hay una gran pérdida, el mundo no volverá a ver a Brady salir al rodeo, pero también hay destellos de esperanza, vaya que si los hay. 

Porque conseguir un sueño tampoco es garantía de nada.

En el fantástico documental Jim y Andy, sobre el rodaje de Man on the moon y la sorprendente interpretación que Jim Carrey hizo de Andy Kaufman, hay un momento en el que Carrey reflexiona sobre la necesidad de su propia ausencia, de desaparecer… Alguien comenta que en sus comienzos, cuando intentaba triunfar, sin duda tenía una actitud diferente… ¿Cuándo se produjo ese cambio? Y Carrey contesta:

“En algún momento en pleno estado de absoluta confusión, absoluta decepción… Al cumplir todos mis sueños, de tener todo lo que alguien pueda soñar tener y ser infeliz”.

Jim y Andy es un mantra, es una película perfecta sobre la historia de un rodaje que resulta más estimulante y abrumadora en un sentido filosófico y existencial que la propia película. Durante todo el documental Carrey reflexiona sobre el límite del humor que estableció Kaufman y que le llevó a él a transformarse en el cómico de una manera grotesca y literal. También habla sobre la vida, la realidad, la identidad y el trabajo de actor o cómico. 

Pero es en los últimos 20 minutos del documental cuando realmente la cosa se pone seria. Sus reflexiones se vuelven más profundas y complejas, como cuando explica cómo El Show de Thruman se convirtió en una profecía para él y para su carrera. Como una enseñanza de lo que experimenta la gente cuando se crea a sí misma para tener éxito:

“Vas a la oficina, te pones un disfraz, te comportas de cierto modo, dices cierta cosas, mientes y haces lo que tengas que hacer para ser un triunfador”

Carrey se desnuda y habla del destino y del universo, se abre por completo para reconocer que incluso después de superar todas las expectativas que tú mismo has puesto sobre tu vida, de ser incluso mejor de lo que imaginabas, de llegar aún más alto te enfrentas al vacío. A un abismo existencial que puede que te engulla y te lleve a un rincón de ti que ni siquiera sabías que existía. 

¿Qué hay después del éxito? ¿Qué hay después de llegar a lo más alto? En The Last Dance, Michael Jordan relata cómo su vida fuera de la cancha se reduce a fumar puros y ver la tele. 

Estos dos ejemplos, el de Jordan o el de Carrey, son solo eso, ejemplos. Pero son dos buenos casos para comprobar que la preocupación por cumplir las altas expectativas que nos hemos puesto son una inmensa tontería ya que el éxito no garantiza nada de lo importante. Lo importante es la felicidad, claro. 

Porque en el fondo es bastante más sencillo, se trata de ajustar las piezas de tu propia vida. O sea, lo que hace Frances en Frances Ha, la película de Noah Baumbach que se convirtió en un símbolo millenial para retratar la crisis existencial que llega después de graduarse en la universidad, la terrible incertidumbre que se genera con el fin de una etapa vital y la obligación de comenzar una nueva. 

Frances, mucho menos pragmática que sus amigos, no quiere renunciar al proyecto personal al que aspiraba en primer lugar, formar parte de una compañía de danza contemporánea. Pero para eso ya es tarde. Así que finalmente tras varios intentos de construir su propio destino sin renunciar a su vocación toma la decisión de hacer tareas administrativas vinculadas a la compañía de danza y con gran esfuerzo pasa de soñar ser bailarina a ser coreógrafa. Y de esta forma, un ligero ajuste vital que pasa por renunciar a ciertas expectativas, Frances consigue arreglar el resto de aspectos de su vida que también eran un desastre, consigue mudarse sola no dependiendo de ningún hombre lo que la libera a la hora de afrontar las historias románticas que aún están por llegar. 

Otra película que transmite también a la perfección esta idea de ajustar las piezas después de la frustrante ruptura con las expectativas es Wild Rose. Una película entre Ken Loach y Ha nacido una estrella dirigida por Tom Harper que cuenta la historia de una madre soltera de 23 años en Glasgow que al salir de la cárcel sigue empeñada en viajar a Nashville para convertirse en cantante de country profesional. Una terrible ingenuidad a la que da alas la dueña del casoplón donde la protagonista trabaja como limpiadora. 

Esta película, donde destaca la interpretación de Jessie Buckley, está repleta de personajes fuertes, heridos y con vidas repletas de sacrificios. Y sin embargo encoge el corazón cada escena de Buckley con sus hijos. Porque como ella misma debe asumir en un momento clave de la película, no es cantante pero sí que es expresidiaria y madre de dos hijos y ajustar las piezas se convierte en una heroicidad mayor en este caso que la neoyorquina Francis, porque esto es Glasgow.

También al contrario que Frances Ha, la protagonista de Wild Rose, Rose-Lynn Harlan, necesita de la ayuda de sus seres queridos para superar esas expectativas, coger las riendas de su destino y buscar la felicidad sin renunciar a lo que ella esperaba de sí misma. Una transformación dolorosa pero también inspiradora y muy positiva. Porque al final todo esto se reduce a algo mucho más sencillo, en palabras de Jim Carrey:

“Estás en un viaje espiritual y punto, y todos vamos a acabar en el mismo sitio, si es que hay uno. Y puede que no lo haya. Quizá sólo exista esta vida y ya. Estamos esta taza y yo, y punto. Solo nosotros. Nosotros somos el universo. Me gusta eso. Está bien”

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