Cómo ‘El Camino: Una película de Breaking Bad’ ha hecho del fanservice un arte

El film que dirige Vince Gilligan no sólo conserva la excelencia de la serie que expande, sino que tambén desafía a quienes digan que es 'innecesario'.

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15 de octubre de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE EL CAMINO]

En Felina, último episodio de Breaking Bad, a Jesse Pinkman no le dejaban hacer mucho. Era natural. Al fin y al cabo, la serie desarrollada por Vince Gilligan entre 2008 y 2013 tenía a Walter White como protagonista, y dentro de su caída en los infiernos Jesse no era más que una víctima colateral, de status semejante a una Skyler o un Hank. No obstante, los guionistas eran conscientes de cómo el personaje de Aaron Paul había conectado con la audiencia, y le concedieron una despedida.

La primera escena que la componía encontraba a Jesse de joven, antes de que todo se fuera al carajo. Totalmente concentrado, terminaba de construir un baúl mostrando una sorprendente habilidad como carpintero, y una mirada en el semblante que desconocíamos. Serena, entusiasta. Incluso profesional. Este flashback estaba fotografiado con un tono cálido, casi onírico, en furioso contraste con lo sucedido en el presente. Contraste que enseguida nos devolvía a la situación actual de Jesse, encerrado en una jaula y obligado a cocinar meta para una banda de neonazis que lo tenían esclavizado.

Este encadenado nos explicaba de forma contundente (y ejemplificando lo cuidada visualmente que siempre estuvo Breaking Bad) que Heisenberg había asesinado el futuro de Jesse. Por ello, cuando minutos después el protagonista interpretado por Bryan Cranston irrumpía en la guarida y lo dejaba libre antes de sucumbir a los disparos, el grito que lanzaba Pinkman estaba lleno de preguntas. Esa mezcla de rabia, terror y euforia nos inquietaba profundamente, pues sabíamos que nuestro querido personaje seguiría traumatizado durante el resto de su vida.

Las preguntas que lanzaba ese grito quedaban sin respuesta una vez sonaba Baby Blue, pero eso no importaba demasiado porque cada espectador iba a vivir en adelante con su propia respuesta.

¿Alguien necesitaba esta película?

El Camino: Una película de Breaking Bad parte de una tesitura realmente ingrata. Breaking Bad posee uno de los finales más cerrados de los que nunca ha podido beneficiarse una serie de tanto éxito, y aunque desde luego que este dejara incógnitas, ninguna de ellas era urgente. Por supuesto, Gilligan y los suyos habían disfrutado tanto en su universo que tardaron muy poco en ponerse con el spin-off; apenas pasaron dos años entre el final de Walter White y el inicio de Better Call Saul, también emitida por AMC.

Actualmente, pese a todo, a Better Call Saul no le queda nada que demostrar. La serie protagonizada por Bob Odenkirk proclamó desde sus primeros episodios que era radicalmente distinta al título precedente, sin querer limitarse a hacer un Breaking Bad con quien hasta entonces había sido algo parecido al alivio cómico. Su propuesta era mucho más sofisticada, más apegada a la complejidad e intensa lentitud de las últimas temporada de BB que a sus primeros capítulos, cuyo humor negro y coeniano parecían conectar mejor, de primeras, con el carácter de Saul Goodman.

Better Call Saul, durante sus cuatro temporadas, ha enriquecido el universo de Walter White de forma libre y maravillosamente delicada, pero la concepción de El Camino de secuela pura es mucho más limitadora. No puede aspirar a resignificar lo ya visto, tampoco profundizar en el pasado de Alburquerque y desde luego, por asumir su voluntad de epílogo, tampoco puede lidiar con grandes acontecimientos que empujen la trama en direcciones inesperadas.

El Camino, en resumidas cuentas, sólo puede aspirar al fanservice. Es, de hecho, lo que le han afeado gran parte de las críticas. Como si no hubiera sido posible hacerlo ya desde el mismo anuncio de la película. Como si el propio Vince Gilligan y los suyos no lo supieran. La película que ha dirigido para Netflix es consciente de su irrelevancia y de que varios espectadores que se han despegado de la etiqueta fan van a considerarla innecesaria. Una prolongación vacía.

Ahí es donde El Camino te da la primera sorpresa. Al abrazar (porque sabe que no le queda otra) el fanservice sin complejo alguno, y a partir de ahí construir una narrativa perfectamente delimitada: el camino de Jesse Pinkman. Responder al “ahora qué” que muchos se preguntaron hace seis años pensando que jamás escucharían (ni tendrían por qué exigir) una contestación, y responder de la mejor forma posible.

La historia de Jesse

Pensemos brevemente en el concepto fanservice. Vinculado inicialmente al anime o al manga aunque carezca de una definición oficial, suele emplearse para desdeñar un elemento aparentemente superfluo dentro del andamiaje de una obra de ficción. Algo que sólo está allí para contentar al público pero que no se siente orgánico ni, desde luego (y esperemos que sea la última vez que tengamos que utilizar este adjetivo), necesario.

Dado que Breaking Bad concluyó de forma ejemplar, la existencia de El Camino parece ajustarse punto por punto a esta definición. Nadie la ha pedido, la trama original puede sobrevivir sin ella, y cualquier expansión ha de notarse artificiosa. En el caso de El Camino era fácil imaginarse que reciclaría gran parte de los elementos de la serie de Gilligan para ir apuntalando el festín nostálgico. Traer de vuelta a los personajes más queridos, derrochar espectaculares escenas de acción, y si acaso volver a practicar ese humor despiadado que tanto enganchó a los fans.

¿Cuál es el problema? Que aquí el humor brilla por su ausencia, apenas hay un par de escenas de acción durante las dos horas largas que dura la película, y los citados personajes se dejan caer muy brevemente en flashbacks rápidos y secos. Todo debido a que, por mucha complacencia que rodee la propuesta, El Camino tiene muy claro que esta es la historia de Jesse, y lo único que ha de importarnos es lo que le ocurre a él. Sin distracciones. Sin concesiones.

Cada flashback, más que darnos el gusto de reencontrarnos con tal personaje, obedece a la historia. Apenas puede haber escenas de acción porque apenas quedan enemigos que matar; Walt se encargó de ello. Y, desde luego, la actual situación de Jesse no favorece el humor, vinculándose más con el tono fúnebre de los últimos episodios. Luego de su cautiverio, el protagonista es un hombre roto, sin más aspiraciones que sobrevivir, que no malgasta las palabras ni tiene ganas de tonterías. Ni siquiera le oiremos pronunciar “bitch”.

El Camino sabe que ha sido el amor del fandom lo que le ha traído hasta aquí, pero también está comprometido con las vivencias de Jesse; ya no es la historia de Walt. Quiere contar otra cosa, y tomarse su tiempo para hacerlo. De este modo, y a través de un ritmo narrativo más similar a Better Call Saul que a Breaking Bad, nos introducimos en la cabeza de Pinkman y no nos despegamos de ella. Gracias a esta inmersión, lo conocemos como nunca, y como nunca comprendemos su tragedia.

La película de Gilligan es tan amarga que ni siquiera hace mención alguna a la carpintería, que en Felina parecía habernos dado la pista de un futuro posible para Pinkman. El guión no permite que olvidemos la destrucción del personaje, el hecho de que cualquier perspectiva optimista se borró en el momento que se compinchó con el señor White, y diagnostica de forma transparente que parte de la culpa también fue suya.

Jesse siempre fue un personaje pasivo, que se dejaba llevar por las circunstancias y nunca tuvo un plan de futuro. El Camino, así las cosas, no es la historia de su redención, sino de su toma de conciencia.

El sufrimiento del caminante

La película trasciende su etiqueta de fanservice (siempre proclive a generar indolencia entre la crítica) gracias a saber exactamente qué es lo que quiere contar. No todo le sale perfecto en este empeño. La concatenación de flashbacks con sucesos del presente traza un juego de ecos de lo más previsible, repitiéndose constantemente la estructura de Jesse topándose con algo que le despierta un recuerdo, para que enseguida procedamos a descubrir qué es ese algo.

Dado que el Jesse de la película es alguien asediado por los recuerdos de su estancia en la jaula, y estos mismos son los que le empujan a seguir con su huida, son numerosos los flashbacks dedicados a describir cómo fue su cautiverio. Durante parte de estos, El Camino cae reiteradamente en la pornografía del sufrimiento, alcanzando un punto realmente desagradable en la escena que junta a Aaron Paul con Kenny y una cadena de la que debe probar su eficacia.

Instantes como estos sitúan a El Camino muy por debajo de la sobriedad que percibimos como habitual en las series de Gilligan, pero de vez en cuando dejan espacio a la excelencia. Todo lo referido a la relación entre Jesse y Todd es verdaderamente soberbio, y no sólo por el inmenso actor que ha sido siempre Jesse Plemons: el subrayado de su personaje como un psicópata cuyo aspecto más terrorífico no es la maldad sino la carencia absoluta de empatía deja verdaderamente sin aliento.

Y, además, ayuda a definir la historia. Hay una secuencia que tiene que ver con ambos personajes y su intención de deshacerse de un cadáver que resume mejor el estado mental de Jesse que ochenta escenas de tortura, y que alardea de una inteligencia en lo que se refiere a la escritura extrapolable a muchos otros momentos de El Camino. Gilligan aquí vuelve a jugar con los silencios y las réplicas equívocas, haciéndose uno con el ánimo de Jesse (casi catatónico) para echar el resto en escenas impecables.

No sólo por lo buenas en sí mismas que son, sino por cómo en muchas ocasiones sirven de síntesis para los motivos narrativos de la serie. El Camino dista de engañar a nadie: es absolutamente impensable que alguien ajeno a Breaking Bad se entere de algo, y por eso aprovecha esa tesitura para cargar de emoción y simbolismo varias de sus escenas. Muchas de ellas, sí, flashbacks.

¿Sólo para fans?

Se da el caso de que, durante el publicitado cameo de Bryan Cranston como Walter White, Gilligan es capaz de marcarse uno de los mejores diálogos de su carrera. Dicho flashback tiene lugar en una cafetería, en una fase temprana de la historia, y a lo largo de las frases cortantes de ambos protagonistas el guionista y director es capaz de hacer que confluyan muchas de las temáticas de la serie.

Lejos de parecer atiborrado, el diálogo se desarrolla con total sutileza, y pasa revista tanto de la relación paternofilial (dolorosamente fallida) entre Walt y Jesse, como del retorcido existencialismo de quien ya está a punto de transformarse en Heisenberg. “No has tenido que esperar toda una vida para hacer algo especial”, le dice Walt tras intentar infructuosamente que Jesse piense en apuntarse a una universidad, y mientras su discípulo se muestra convencido de que tras concluir con este negocio podrán recuperar sus vidas.

Es una escena no sólo hermosa sino terriblemente triste, y da cuenta de la tragedia de Walt (consciente de que ya nunca querrá dejar esta vida, porque es lo más especial que le ha pasado nunca), pero también, por supuesto, de la tragedia de Jesse. Aunque por suerte esta última esté a punto de ser corregida, y el flashback con el que acaba El Camino, poco antes de que el protagonista llegue a Alaska, sirva como ilustración de ello.

Jane, interpretada de nuevo por Krysten Ritter, le exhorta a abandonar su filosofía de vida. Ese dejarse llevar por todo. Se revela entonces como un impulso que latía en la memoria de Jesse desde el principio, y que más aún que el instinto de supervivencia, ha conseguido que salga a flote de su terrible situación. Gracias a este impulso y a la ayuda de gente como Ed (el tristemente fallecido Robert Forster) o Skinny Pete, que en uno de los momentos más entrañables de la película le dice que siempre ha sido su héroe.

Jesse quiere estar a la altura de esa frase. Quiere, por fin, hacer algo con su vida. Esta historia tan superficial, tan supuestamente prescindible, es la que le ha enseñado a verlo.

Al final resulta que el único fanservice puro y duro que tiene El Camino no es el que le dispensa a los espectadores (de hecho la película está dejando frío a todo el mundo), sino el que el propio Vince Gilligan se dedica a sí mismo como realizador en el culmen de sus habilidades. A su entusiasmo por el mundo de Breaking Bad y, en concreto, por el westerposmoderno que siempre quiso que fuera esta serie. Por eso la única escena de violencia de la película corresponde a un duelo entre Jesse y quien se interpone entre él y la fortuna que necesita para huir. Por eso, nadie piensa que es una sobrada.

Breaking Bad siempre ha seguido sus propias y exclusivas reglas. Y, ni siquiera cuando se trataba de entregar un producto exclusivamente diseñado para el placer del fan, ha dejado de hacerlo.

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