¿Cómo afronta el cine las campañas electorales?

Refúgiate en estos candidatos electorales. Tampoco cumplirán sus promesas después del 26-J, pero al menos te harán pensar, reír y hasta emocionarte.

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10 de junio de 2016

En una frase corta y certera, punzante y sencilla, el escritor y periodista estadounidense Ambrose Bierce definía al elector en su cáustico y clarividente Diccionario del diablo como la “persona que goza del gran privilegio de votar por alguien que ha sido elegido por otro”. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿nos gusta la oferta? En una situación casi cómica si no estuviera cerca de lo trágico, en apenas seis meses los españoles tendremos que votar dos veces por la misma oferta. No han cambiado los nombres, tampoco las campañas. Todo está visto, todo está ya inventado. Por la política, incluso por el cine.

Quizá por ello, y ante la repetición de rostros, hubiéramos tenido que tomar cartas en el asunto, como en el pueblo de Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989), donde ante una tesitura semejante, pero en absurdo, el alcalde dicta elecciones de un día para otro: “Pongo mi cargo a disposición del pueblo soberano. ¡Mañana, elecciones generales!”. “Pero, alcalde, ¿se ha vuelto usted loco? Habrá que hacer campaña, pegar carteles…”, le dicen sus ciudadanos, a lo que el gerifalte responde lo que deberíamos haber hecho en España: “Tampoco somos tantos. El que quiera hacer campaña, que la haga esta tarde. ¡Que ya nos conocemos todos la jeta!”.

Las situaciones creadas por Cuerda en la mítica película sobre el absurdo de nuestro país no tienen parangón. O sí. Porque algunas de las consultas de los partidos a sus afiliados de estos días no distan tanto de aquel diálogo en la asamblea de mujeres en la que la jefa decía: “Vamos con el orden del día. Puta, entonces… ¿Te animas otra vez, Mercedes?”. Una proposición ante la que sólo cabía una respuesta: “A mí me da igual, llevo ya tres ejercicios, pero si nadie quiere el relevo…”.

Las campañas pocas veces ofrecen sorpresas. Dominan los mensajes sin riesgo. Nadar y guardar la ropa, sobre todo en los partidos con posibilidades de ganar. Sin embargo, ante las pocas probabilidades de triunfo, a veces cabe el atrevimiento. Como en El candidato (Michael Ritchie, 1972), por la que Jeremy Larner, que había sido redactor de discursos del político Eugene McCarthy, varias veces en la carrera por la nominación del Partido Demócrata a la presidencia de EE UU, fue galardonado con el Oscar al mejor guión original. Allí, un aspirante al senado con pocas expectativas de triunfo, se arremanga para decir lo que piensa, sin cortapisas de corrección política. El problema es que, ante el sorprendente triunfo final, la última frase es un puñetazo de realidad: “¿Y ahora qué?”, pregunta a su director de campaña el personaje interpretado por Robert Redford, más asustado que responsabilizado, y en absoluto ilusionado.

Se les va la boca y luego no pueden cumplir. Aunque peor aún era en Bulworth (Warren Beatty, 1998), en la que un senador harto de la política, de su familia y de la vida, como una especie de trasunto del Peter Finch de Network, contrata su propio asesinato y dedica la parte final de su campaña al senado a decir únicamente lo que él considera la verdad. “No podemos conceder privilegios por razón de raza. Es hora de reconocer que la discriminación del pasado no justifica la discriminación en el futuro”. Declaración impensable en alguien con una carrera por delante pero que, sorprendentemente, y tras rematarla con otra de la misma especie, “a menudo concedemos subsidios a gente que debería ganarse su salario”, le llevaba a un gran éxito, a aparcar su muerte y a presentarse a las presidenciales.

En Viva la libertad (Roberto Andò, 2013), otra sátira sobre la necesidad de la verdad en un mundo agazapado en el mensaje que a nadie quiere herir, el protagonista también se volvía sincero. Simplemente porque no era él, sino su hermano gemelo, un enfermo bipolar recién salido del psiquiátrico, filósofo e inteligentísimo, que sustituía a su hastiado hermano sin que aparentemente nadie se diera cuenta. “Hoy, la única alianza posible es con la conciencia de la gente”, clamaba, en una frase que a muchos hará pensar estos días. Aunque mucho más dura para todos nosotros era otra sentencia que resumía toda la película: “Si los políticos son mediocres es porque los electores también lo son”.

El mal rollo no vende, como demostraba la chilena No (Pablo Larraín, 2012), inspirada en el plebiscito de Augusto Pinochet, en 1988, y en la campaña de la oposición. Aplíquense el cuento, porque más de un político ha tenido que cambiar su actitud a lo largo de este largo proceso en España. En una campaña de 27 días con 15 minutos en televisión para la opción sí y 15 para el no, frente a las primeras intenciones de poner vídeos del golpe de Estado de Pinochet, de la sangre y de la muerte, un joven publicitario prefirió mostrar algo “más agradable”. “La alegría ya viene” fue el lema. “Como un comercial de Coca-Cola”. Y ganaron, ante el pasmo del dictador.

Porque, como decían en Election (Alexander Payne, 1999), ambientada en unas elecciones a presidente del Consejo Escolar absolutamente extrapolables a muchas situaciones de sus mayores, “una persona segura de su victoria mina la idea de la democracia”. Era la lucha entre un jovenzuelo honesto, sencillo y popular, y una inteligente, arrogante e insoportable niñata.

El eterno dilema. ¿Alguien cercano o alguien preparado? ¿El político como prolongación del pueblo o el político como demostración de continua de brillantez?  En El mejor hombre (Franklin J. Schaffner, 1964), con guión de nada menos que Gore Vidal, se hacían eco de ello en un soberbio diálogo que discurría así. Periodista: “¿Cree que la gente confiará en un intelectual como usted para la política?”. Candidato, interpretado por Henry Fonda: “¿Intelectual? ¿Es porque he escrito un libro? Como dijo Bertrand Russell, ‘las personas creen que tienen menos que temer de un estúpido que de un inteligente’. Pero es todo lo contrario: es al estúpido a quien hay que temer”. Periodista: “¿Bertrand qué?”.

Entre los cercanos al pueblo está el protagonista de El último hurra (John Ford, 1958), quizá la mejor película de siempre sobre una noche electoral, en la que asistimos a la debacle política de un viejo zorro, honrado, con un gran dominio del escenario, alcalde durante muchos años de una ciudad de Nueva Inglaterra. Una película en la que se deja oír el sonido de las esperanzas rotas en el local donde todos sus acólitos deseaban celebrar el triunfo, en la que se huele la cálida atmósfera de la derrota, que culminaba con una declaración a la televisión del viejo mandamás, interpretado por Spencer Tracy, llena de ironía inteligente: “Quiero desde aquí darle la enhorabuena a mi oponente, y también desearle suerte. La enhorabuena no la necesita, pero puede que sí la suerte”.

Ford, que ya se había acercado de soslayo a las campañas políticas en la insigne El hombre que mató a Liberty Valance (1962), dejaba en ésta uno de los insultos políticos a la cara más duros de la historia del cine, con una frase digna del western, que deja en una caricia el “indecente” de Pedro Sánchez a Rajoy de hace unos meses: “¿Es éste vuestro campeón de la ley del orden? Yo os digo que el estigma de Caín está en este hombre, y estará en todos nosotros si le mandamos, con las manos manchadas de sangre, por los sagrados salones de la casa del gobierno”.

Charlatanes o intelectuales, honrados o cuatreros, los candidatos a gobernar(nos), sin embargo, pueden tener un poso de verdadera honestidad, de justo remordimiento. Por ello, mejor quedarse con una reflexión imperecedera, la del veterano senador dispuesto a abandonar en Escalada al poder (Jerry Schatzberg, 1979): “Ya estoy harto, al cabo de un tiempo comenzamos a olvidar para qué estamos aquí. Tener el poder y conservarlo es lo único que importa. Empieza uno a mentir a sus votantes, a sus colegas… Y nos olvidamos de las cosas en las que creíamos”. Palabra de político. Palabra de político a punto de jubilarse.

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