¿Cómo afronta el cine el populismo?

Donald Trump se ha convertido en el nuevo presidente de EE UU, pero el cine ya nos había alertado de que el populismo acechaba entre las sombras.

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17 de noviembre de 2016

Los discursos y las performances han superado todas las barreras en la campaña presidencial estadounidense 2016. Y ha llegado la sorpresa, otra más en este año, para muchos, fatídicamente democrático. Donald Trump ha sacudido los cimientos de la política tradicional y es el nuevo presidente de Estados Unidos. El populismo ya está haciendo las maletas para mudarse a la Casa Blanca, aunque, el cine, como (casi) siempre, ya nos lo había avisado.

“Un hombre que dice lo que piensa por el bien de América”. Podría ser una frase de un seguidor de Trump, pero no lo es. Es una sentencia de Ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins, 1992), película narrada en formato de falso documental sobre un polémico cantante de country reconvertido en político, aspirante a senador por el estado de Pensilvania, cuya figura recuerda tanto a Trump que convierte a Robbins en profeta de su tiempo. Contrario a lo que él define como “anarquía de estos tiempos”, el protagonista es un excéntrico millonario convencido de que la protesta social es incompatible con las instituciones, y defensor de una América que acate las decisiones de sus presidentes, aunque sean ilegales.

La paradójica figura del rebelde conservador que encarna Bob Roberts le viene como un guante a Trump. Y determinadas líneas de guión parecen clarividentes respecto de lo que se podía venir encima en la política nacional, como ésta de su oponente al senado, que bien podría definir al presidente electo de EE UU: “Ha demostrado ser un maestro en manejar opiniones racistas y machistas entremezcladas, y se le da bien la política emocional, pero, ¿alguien ha adivinado qué hay detrás?”. Para la película de Robbins, parafraseando la mítica figura de la película de Frank Capra, no hay ningún caballero sin espada en Washington.

Al caballero lo han comprado y han sido los empresarios. El estado se ha convertido en un cúmulo de transacciones fuera de control, incluyendo el envío de soldados americanos a la guerra para proteger sus sucios intereses. Así, todo tiene un pestilente tufo a lo que ojalá no esté por llegar, pero, al fin y al cabo, tanto uno como otro parecían haber avisado con tiempo, y la ciudadanía no les escuchó. O quizá sí. “Yo siempre quise ser… rico”. Es una frase de Roberts, pero bien podría haberla dicho Trump.

El populismo americano retratado por el cine había alcanzado incluso al honrado Will Stark de El político (Robert Rossen, 1949), un tipo a medio camino entre el mesías y el dictador, capaz de mangonear a la judicatura, a la policía y a la prensa. Pero no sólo del americano vive el populismo cinematográfico. Glauber Rocha, fundador del Cinema Novo brasileño, lo trató en Tierra en trance (1967) y, en menor medida, en El león de siete cabezas (1971). En la primera, ambientada en un país inexistente llamado Eldorado porque Rocha no quería hablar sólo de Brasil sino de toda Latinoamérica, donde el populismo, de izquierda y derecha, ha tenido en el siglo XX y en su reciente historia numerosos ejemplos de los que hablar, el conflicto, la miseria y la podredumbre del subdesarrollo son su eje central. Y, claro, el populismo que se aprovecha de ellas para vender su humo particular.

Incluso en el cine español hemos tenido nuestro ejemplar populista. En Atilano, presidente (La Cuadrilla, 1998), Santiago Aguilar y Luis Guridi dibujaron la sempiterna figura de la marioneta en manos de los poderes financieros y sociales. Éste, además, con fachada de izquierdas: “Un tipo limpio en tiempos en los que nadie lo está”. Empleado de pompas fúnebres, Atilano, en principio acogotado por un discurso prescrito por las manos que lo manejan, comienza a subir en las encuestas cuando, como tantos otros, empieza a decir lo que la gente quiere oír: “Hay dos tipos de personas: los que piden las cosas, y los que las cogen. ¡Y nosotros las vamos a coger!”.

Los que manejan los hilos están dispuestos a cualquier cosa con tal de seguir al frente. Como los de De incompetente a presidente (Chris Rock, 2003), aparente comedia chorra con más de un paralelismo con la figura de Trump, a pesar de que su protagonista, Mays Gilliam, interpretado por el propio Rock, sea negro y provenga de los estratos sociales de abajo y no de los de arriba. Hasta Osama Bin Laden hace campaña en favor de Gilliam, como Vladímir Putin con Trump. Atascado en un pírrico 10% en las encuestas, con su contrincante en el 84%, el candidato presidencial sólo empieza a subir, como nuestro Atilano, cuando le da por decir realmente lo que piensa, sin discursos establecidos: “¿Cuántos de vosotros limpiáis en un hotel en el que nunca podréis dormir?”.

Que se hayan encontrado ecos reales de la figura de Trump en una comedia como De incompetente a presidente da una idea de hasta dónde se ha llegado en la política estadounidense. A que un candidato en un debate presidencial televisado pueda soltar esta frase: “Si América fuera una mujer, sería una mujer de grandes tetas, y a todo el mundo le gustas las mujeres con las tetas grandes”.

Lo dice Rock en su película, pero, ¿a que podría haberlo dicho Trump?

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