‘Circus of Books’: cómo un pequeño negocio familiar se convirtió en un imperio del porno gay

Hablamos con Rachel Mason, autora del documental de Netflix sobre sus padres: el matrimonio religioso que regentó la mayor librería pornográfica de Los Ángeles.

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22 de abril de 2020

El título del último documental de Netflix podría llevar al espectador a equívoco. O tal vez no. El caso es que Circus of Books, donde no hay espectáculos circenses pero sí podría encontrarse uno con alguna acrobacia anal, narra la (a ratos divertida y a ratos conmovedora) historia de Karen y Barry Mason, propietarios durante décadas de uno de los negocios familiares más inusuales de EE UU.

Lo primero que uno descubre al ponerse a ver el documental es que Circus of Books fue algo fortuito. Corría el año 1982 cuando Karen y Barry, dos graduados universitarios judíos, atravesaban una mala racha financiera y decidieron contestar a un anuncio de Los Angeles Times, donde un tal Larry Flynt buscaba distribuidores independientes para su revista Hustler, publicación pornográfica mensual dirigida al público masculino.

Poco después, la pareja se puso al frente de una antigua librería de West Hollywood al borde de la quiebra. Rápidamente, le cambiaron ligeramente el nombre para aprovechar el cartel original –de Book Circus pasaron a llamarla Circus of Books– y comenzaron a vender allí todo tipo de libros, revistas y material pornográfico. “En los ochenta el material para adultos era caro y en algunos lugares era ilegal; si conseguías venderlo podías ganar mucho dinero”, señala Karen.

Rachel Mason, hija de la pareja y guionista y directora del documental, creció convencida de que sus padres regentaban una librería convencional. “De niña, yo siempre asumí que cada tienda tenía una sección para mayores de 18 años”, cuenta Mason a CINEMANIA. “Además, no se nos permitía comer dulces muy a menudo, así que cuando íbamos a la tienda nuestra atención solo se centraba en el estante de chuches que había cerca de la puerta. Estábamos demasiado obsesionados con tratar de obtener un chicle como para darnos cuenta de la gigante pared de consoladores”.

La cineasta recuerda que, en ocasiones, sus hermanos y ella tenían que acompañar a su madre a la tienda y recibían instrucciones estrictas de mirar al suelo mientras pasaban por ciertas zonas de la tienda: “Creo que el mayor problema era que mi madre, como mínimo, sentía cierta sensación de nerviosismo por el hecho de que pudiéramos convertirnos en parias y se nos excluyera de las actividades escolares y las citas de juegos con amigos”.

Aquel negocio fue creciendo poco a poco y, oliendo dinero, los Mason decidieron empezar a producir películas de porno duro gay protagonizadas por estrellas de ese tipo de cine como Jeff Stryker. “Cuando empezamos, estrenamos de media una película cada seis semanas. Y ya más tarde empezamos a estrenar dos a la semana”, comenta en el documental Freddie Bercovitz, que ejerció en esa época de representante del matrimonio.

“Nunca me pareció que nos estuviéramos metiendo en pornografía. Solo accedíamos a un negocio distinto que estaba relacionado con el negocio en el que ya estábamos. Nunca vimos ninguna de esas películas”, añade Karen, mujer de fuertes convicciones religiosas que con los años aprendería a cambiar su percepción del colectivo gay al descubrir las dificultades a las que todos ellos se enfrentaban; llegó incluso a unirse a la asociación PFLAG (Parents, Families, and Friends of Lesbians and Gays) después de descubrir que su hijo pequeño era gay.

 

La tienda del callejón de la vaselina

La tienda del matrimonio Mason era frecuentada por celebridades como Elton John o David Hockney pero, sobre todo, se convirtió en el centro del universo gay en la ciudad de Los Ángeles. “Creo que la comunidad [gay] estaba anclada a la tienda, ya que era el lugar donde los hombres homosexuales se encontraban y donde podían obtener libros, revistas y videos en un momento en que era difícil encontrar este material en cualquier lugar”, apunta Rachel Mason, que también recuerda que al otro lado de la vía había una calle estrecha llamada ‘el callejón de la vaselina’, que era “una zona de cruising notoria para que los hombres se conocieran y tuvieran sexo casual”.

Durante bastante tiempo, la tienda serviría de refugio a muchos homosexuales en una época –los ochenta– en la que el colectivo LGTBI lidió con los años más duros del sida y la indiferencia del presidente Ronald Reagan, cuya administración llegó a instruir cargos federales contra el matrimonio Mason por ‘enviar material obsceno’.

“Cuando la tienda estaba cerrando, entró un día un veterano militar de la guerra de Vietnam”, recuerda la directora del documental. “Era anciano y sostenía un bastón, y simplemente se detuvo al entrar y dijo que venía ‘a presentar sus respetos’, como si estuviera llorando por un amigo muerto. Se paró junto a mi madre y le dijo que, cuando escapó de la guerra, este era el único lugar donde sabía que podía venir, y que pasó algunos de los momentos más felices de su vida en el establecimiento”.

Aunque internet obligó a cerrar a Circus of Books a comienzos del pasado año, pasará mucho tiempo antes de que la gente que la pisó o escuchó hablar de ella olvide a la que durante años fue considerada la proveedora de material sexual gourmet para todos los aficionados de EE UU.

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