[Cannes 2019] Por qué Almodóvar debería ganar la Palma de Oro con ‘Dolor y gloria’

Las críticas recibidas a su paso por Cannes confirman que el director podría conseguir pronto uno de los máximos honores de su carrera

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18 de mayo de 2019

Entre los principales privilegios con los que podemos contar en España (aunque haya quien no lo valore lo suficiente o no quiera hacer uso de él), se encuentra la posibilidad de poder ver la nueva película de Pedro Almodóvar antes que la crítica europea del Festival de Cannes si a este le ha dado tiempo a terminarla. En ocasiones no es posible y el nuevo film de nuestro director más internacional llega amparado por reseñas muy elogiosas ajenas al prejuicio o al rencor, pero esta vez las cosas han cambiado. Este año hemos aprovechado nuestro privilegio y entre todos hemos alzado a Dolor y gloria, último trabajo del manchego, como una de las películas más taquilleras en lo que va de año.

En los días posteriores a su estreno, hubo un tremendo respaldo crítico que afirmaba hallarse ante la mejor producción de Almodóvar en lustros, y ya entonces se habló de las enormes posibilidades que había de que pudiera optar a la Palma de Oro en el posterior festival de Cannes. Un premio que el director siempre ha asegurado que no le quita el sueño, pero que ahora que este ya ha llegado a la Croisette y se han revelado las nuevas (y entusiastas) críticas de los demás medios, debería alzarse como el máximo colofón a un consenso como pocas veces este cineasta ha obtenido a lo largo de su carrera. Y todo pese a que Dolor y gloria es un film muy personal que sólo podrían entender los espectadores más avezados en la vida y milagros del director… ¿no es así?

Su historia con el festival

Un poco del mismo modo en que se nos convenció de que Leonardo DiCaprio buscaba desesperadamente el Oscar (y pese a que, por ejemplo, Amy Adams ya tenía por entonces más nominaciones que él), se ha ido afianzando en los últimos días una narrativa que asegura que Pedro Almodóvar persigue sin descanso la Palma de Oro. Se debe sobre todo al gran recibimiento crítico, pero la prensa no es ajena a la larga y complicada relación que el director manchego tiene con el certamen, y amparándose en ella ha creado una de las subtramas más potentes de esta edición del Festival de Cannes.

Más allá de todas las veces que Almodóvar pueda insistir en lo mucho que le da igual ganar el máximo galardón, una historia de más de veinte años defiende que nunca se lo ha merecido más que ahora: una que, por cierto, ya fue paulatinamente introducida en los primeros compases de la década de los 90, cuando él y su hermano Agustín (habiendo fundado su productora El Deseo algunos años antes) trataban de mandar sus films a competir en el festival, pero las autoridades no se mostraban seguras del tono que albergaban estas obras y al final no se acababan de decidir. En estos años fueron rechazadas obras mayores como Mujeres al borde de un ataque de nervios (su consagración en los circuitos académicos españoles) o ¡Átame!, pero a partir de 1999, con el estreno de Todo sobre mi madre, las cosas empezaron a cambiar.

Esta formidable película le valió a Almodóvar el premio a Mejor Director, y a partir de entonces inició una relación muy provechosa con el festival, estuviera compitiendo en la Sección Oficial u ocupándose de otros menesteres. En 2005, sin ir más lejos, inauguró Cannes fuera de concurso con La mala educación, para sólo un año después causar un gran revuelo con Volver. La película protagonizada por Penélope Cruz, antes de darle el segundo Goya a Mejor Director, consiguió en Cannes el Premio a Mejor Guión, sintiéndose a partir de entonces siempre bienvenido en la Croisette.

Con films como Los abrazos rotos, La piel que habito o, sobre todo, Julieta (que fue especialmente bien recibida), Almodóvar no volvió a ganar ningún premio en este certamen, pero en 2017 le fue ofrecida la presidencia del Jurado que acabó premiando con la Palma de Oro a The Square, de Ruben Östlund. Pese a que nuestro Pedro sintiera entonces una mayor afinidad por otros films como 120 revoluciones por minuto o El sacrificio del ciervo sagrado de Yorgos Lanthimos, la experiencia le sirvió para coger fuerzas de cara a la siguiente vez que compitiera. Y ahora Almodóvar está de vuelta en la Sección Oficial, y todo apunta (o debería apuntar) a que no se va a volver a marchar con las manos vacías.

Pedro Almodóvar, Penélope Cruz y Antonio Banderas

Las posibilidades

No obstante, antes de ampararnos en los numerosos méritos que atesora Dolor y gloria para ganar el premio (que se reducen en su forma esencial a que es rotundamente buena), quizá lo más prudente sea examinar cuáles son las probabilidades reales de que el film de Almodóvar pueda llegar a alzarse victorioso. Más allá de lo que dicen las críticas, el argumento de Dolor y gloria presenta una serie de desafíos que quizá no sean tan razonables para quien no sea un seguidor avezado de su obra, y opte por considerar al film como un ejercicio onanista de nula trascendencia cinematográfica.

Dolor y gloria se centra en los avatares de Salvador Mallo (Antonio Banderas) aunque sabe en lo más profundo, sin preocuparse por disimularlo, que en realidad se centra en el propio Almodóvar. El póster diseñado para Cannes ni se ha molestado en negarlo (siendo además mucho más estimulante que el collage despersonalizado que tuvimos en España), y efectivamente las coincidencias entre la biografía del personaje y la del director que la cuenta son múltiples y de variado pelaje.

Así, ciertos sucesos de la vida de Mallo tienen una clara relación con hitos almodovarianos sobradamente conocidos (como en lo que se refiere a unos años 80 llenos de heroína y punk paródico, o a un oportuno ciclo en la Filmoteca que sirve para reconciliarse con un actor al que le fastidió demasiado la vida, sea Carmen Maura o Asier Etxeandia), pero también se da la existencia de otros guiños sólo perceptibles para los expertos en la materia, como la aparición de Cómo acabar con la contracultura de Jordi Costa o el protagonismo de la asistenta de Mallo, interpretada por Nora Navas inspirándose en Lola García, confidente de Pedro.

Acompañado todo esto de referencias a Chavela Vargas y escenas ambientadas en el propio piso del director, Dolor y gloria hace gala de una concreción extrema y un gran desinterés por entenderse más allá del influjo de su creador. Pero ahí realmente acabaría todo, porque Dolor y gloria es una de las mejores películas de Almodóvar, y eso debería bastar por sí solo para allanar su camino.

La última entrega de una ¿tetralogía?

Cuando Julieta debutó en Cannes en 2016 (y, poco después, se saldó como el mayor fracaso financiero de la carrera del manchego), gran parte de las críticas insistieron en la absoluta perfección formal alcanzada por el cine almodovariano, entendida esta como una furiosa contención que escapaba de lo excesos y la frivolidad que durante años habían sido propios de su imaginario… y que tantos fans había terminado por conseguir. Dolor y gloria es, en ese sentido, una continuación orgánica de lo logrado en el anterior film, pero recuperando la emoción a flor de piel y la sensualidad desatada que, hace unas semanas, el propio Almodóvar aseguraba echar tanto de menos en las películas de superhéroes.

Escenas como la que encuentra a Mallo de niño conociendo el primer amor (o, más bien, el primer deseo) en la figura desnuda de un apuesto joven que se baña frente a él poseen tal potencia que no es de extrañar que el mismo chaval acabe desmayándose fruto del calor, mientras que el Pedro director, por otra parte, aprovecha esta madurez convencionalmente aceptada para hacer cosas que nunca había hecho antes. Como cuando, durante varios minutos, y a través de varias infografías acompañadas de la voz en off de Banderas, describe parsimoniosamente todas las dolencias que afectan al protagonista.

No es difícil percibir a Dolor y gloria, por tanto, como la cumbre de un estilo que debería ser premiado cuanto antes, pero es que ahí no terminan los méritos del film para enriquecer y conducir  a nuevos horizontes la obra almodovariana. Al fin y al cabo, la película es un bellísimo ejercicio de cine dentro el cine, y dentro del corpus del autor se constituye como la cuarta ocasión en la que trata de hacer algo así (y, claro está, la ocasión en la que le sale más redonda la jugada).

Antes de narrar las desventuras de Salvador Mallo, Almodóvar se desdobló en los protagonistas de La ley del deseo, La mala educación y Los abrazos rotos, sirviendo Dolor y gloria como la insospechada conclusión de una tetralogía y la vez en que, de una forma más efectiva y transparente, hace llegar al público una tesis que no podrá hacer otra cosa sino emocionarle. Y con él al jurado de Cannes.

El cine como respuesta

Lo cierto es que, por muy desafiante que se ofrezca para los que tienen un conocimiento tangencial del cine (y el personaje) almodovariano, Dolor y gloria no es un film en absoluto difícil. De hecho, su nutrida experiencia en los melodramas alcanza a permitir a Pedro darle a su film una de las narraciones más límpidas y asequibles que se han podido ver en una trayectoria demasiado seducida muchas veces por el barroquismo o el exceso. Lo cual no quiere decir, claro, que la película no contenga en su interior numerosos juegos metafílmicos que confundan constantemente realidad y ficción, y hagan crecer en complejidad la historia de Salvador Mallo.

A este tipo de dinámicas obedece, por ejemplo, la decisión de que tanto Penélope Cruz como Julieta Serrano interpreten a la madre del protagonista en diversos momentos de su vida, homenajeando el rol que ambas actrices han jugado con asiduidad en la filmografía almodovariana, pero también a la propia madre del director, que junto con el pueblo manchego y la amenaza de un clero deshumanizador siempre fue parte troncal de su imaginario.

Pero también, y lo que es más importante, estas dinámicas sirven para apuntalar la temática (o, más bien, la desesperada inquietud) que vertebra Dolor y gloria. Esta se reduce a darle la responsabilidad al cine de insuflar orden, lógica y sentido a una vida atormentada como puede ser la de Mallo, la de Almodóvar, o la de cualquier persona que se relacione con él del modo que prefiera, ya sea como creador o espectador. El personaje de Antonio Banderas es incapaz de rememorar su pasado sin que el cine se entrometa de un modo u otro en él (siendo capaz de finalizar una crisis personal convirtiendo los recuerdos en imagen fílmica), por lo que se acaba abandonando a éste con una vulnerabilidad y honestidad absolutas que son las del propio Almodóvar.

Como Ocho y medio, los Recuerdos de Woody Allen o, de una forma más autocompasiva, la reciente Casa de Jack de Lars von Trier, Dolor y gloria se yergue como la máxima exaltación de lo mucho que los seres humanos podemos llegar a necesitar algo como el cine. Y, si hay alguien que pueda comprender esto en toda su amplitud, sin duda se encuentra dentro del jurado del Festival de Cannes.

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