[Goya 2016] Borja Cobeaga: “Me fascina la mezquindad”

Con motivo de los Premios Goya 2016 recuperamos del archivo CINEMANÍA las entrevistas que realizamos a los nominados a Mejor Guión Original.

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09 de marzo de 2015

JESÚS EGUIGUREN MIRABA AL INFINITO solapando respuestas vagas a las preguntas de Jordi Évole. Al otro lado de la televisión, Borja Cobeaga observaba intrigado. El presidente del Partido Socialista de Euskadi, figura fundamental en el llamado “Proceso de la paz” con la banda terrorista ETA, parecía tocado. Acababa de torcerse el alto al fuego y al director de No controles y Pagafantas, que por aquel entonces escribía a tirones un guión titulado Ocho apellidos vascos, le entró la curiosidad. “Eguiguren siempre había sido un tipo peculiar –recuerda Cobeaga cuando le entrevistamos en una cafetería de la baja Malasaña–, pero en Salvados vi que la experiencia le había cambiado”. Por eso, empezó a leer sobre el tema. Se compró ETA, las claves de la paz y aprovechó un viaje al sur de Francia, cerca del lugar donde se habían celebrado las negociaciones, para reflexionar. Aquel material que fue recopilando sería el punto de partida de su nueva película, Negociador. Pero sólo eso, un punto de partida.

¿Cuándo decidiste que no te ibas a ceñir a ese material?
Enseguida. Fue la decisión más radical, cuando pensé que no me iba a limitar a los hechos que habían sucedido sino que me iba a inventar unos personajes que tuvieran como referentes los reales y que iba a hacer el ejercicio del “¿y si?” en la película. Para que te hagas una idea, el camarero que sale en la película es de Logroño, pero el de la realidad era valenciano y no reconoció a Eguiguren ni al etarra Xabier López Peña, alias Thierry. Yo lo que hacía mientras escribía el guión era preguntarme “¿Qué pasa si los reconoce?” y “¿Sería más lógico que los reconociese si fuese de un sitio en el que se ve ETB?”. Así surgió el mecanismo de tomar algunos hechos narrados por Eguiguren o los documentales tal cual y otros que fueran un paso más allá, una especulación.

 

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Por ejemplo, la traductora que no se presenta a trabajar porque es domingo…
Es que eso fue una especulación de algo que sucedió realmente. No pudieron seguir negociando en un momento bastante crucial porque la traductora no apareció. Entonces, claro, empecé a pensar: “¿Por qué no habrá aparecido?”. Pues igual porque es domingo y le pagan una mierda y no está dispuesta a trabajar ese día. Así que me inventé que tenía un novio español que la había convencido de que no fuese.

Mantuviste distancia con Eguiguren…
Sí. No quería empatizar por miedo a ensalzarlo. Y ésta no era una comedia de héroes. Es verdad que valoro mucho lo que la gente hizo en ese proceso pero esta película está alejada de la solemnidad y la épica. Hay secuencias en las que mi especulación fue más atrevida, como la de la prostituta, que no sucedió en la vida real. Si llego a tener intimidad con Eguiguren me hubiese costado mucho escribir la secuencia en la que el personaje de Ramón Barea llama a una prostituta. Pero para mí era fundamental esa  secuencia para que se viese la pequeñez, para que se entendiese que el hecho de que Euskadi quiera ser independiente o no a ciertas personas les da igual.

Negociador me recuerda mucho a los libros de Emmanuel Carrère o incluso al más reciente El impostor, de Cercas…
Me gusta mucho Carrère. Negociador no está inspirada directamente en él sino en El empleo del tiempo, la película de Cantet, que también trata el caso de El adversario. A mí esos juegos de base de realidad y especular con la ficción siempre me han gustado mucho.

Y, sin embargo, no me recordaba a ninguna película.
Sí, es que yo veía que en otros países se hacían crónicas de acontecimientos muy cercanos. Y cada vez que se hacían aquí eran en un tono más ensalzador. Por ejemplo, aquellas sobre el Rey o el 23-F. Sin embargo, me acuerdo de una sobre el recuento de votos en Florida, otra sobre Sarah Palin, o incluso El desafío: Frost contra Nixon, que sí que tenían un tono mucho más crudo. No tienes que irte a algo del siglo pasado para contar algo histórico.

¿Te costó encontrar el tono de la película?
No, yo tenía claro que quería hacer una historia que tuviese elementos de thriller y algo de película de espías, con un tono muy melancólico pero con algo de comedia. Y de pronto, encajó la historia. Lo que quería hacer por encima de todo era una comedia seca.

Y entremedias apareció Nebraska, de Alexander Payne…
Sí, bueno, en realidad yo cuando vi A propósito de Schmidt pensé: “Ésta es la comedia que quiero hacer”. Igual que cuando vi Aterriza como puedas o Un pez llamado Wanda. Cuando salió Nebraska me acuerdo de que verla en el cine fue una experiencia muy extraña porque había risas por un lado y gente deprimida por el otro. Pero aquello se parecía bastante a lo que yo quería hacer. Incluso algo que no estaba en el guión pero que aportó Ramón Barea fue la ternura y la humanidad del personaje. En realidad eso no estaba, era todo más cínico, menos humano. Aportando esa humanidad se compensa algo que era difícil de retratar, la voluntad del tipo porque aquello saliese bien, que creo que en la realidad fue así.

 

“Hay tres cosas que he hecho recientemente sobre política y pasillo apolillado –trilogía de la transición, lo podemos llamar–: Democracia, Aupa Josu y Negociador”.

 

¿Escribiste el guión a la par que el de Ocho apellidos vascos?
Escribiendo el guión de Ocho apellidos vascos había muchos impases. No como el de ahora, la secuela. Diego estaba trabajando con David Serrano en el musical sobre Sabina. En esos tiempos muertos me puse a escribir esto, sin saber muy bien cómo se iba a hacer. Luego ocurrió lo que ocurrió con Ocho apellidos vascos cuando estaba rodando Negociador. Después del estreno hicimos mucha más prensa que antes, porque era noticia. Mi ayudante de dirección estaba negro porque no dejaban de llamarme para entrevistas. Yo hasta entonces había pensado: “Bueno, se estrena Ocho apellidos vascos y es muy poco probable que se haga una secuela porque tiene que superar los 8 millones y no los va a hacer ni de coña”, estaba rodando y habíamos entregado un tratamiento de Superlópez, la vida seguía su curso… Pero, de pronto, pasó lo que pasó.

¿Negociador fue una película pequeña desde su escritura?
Sí. De hecho, la idea de que era posible hacer una peli así surgió al ver que Nacho estaba haciendo Extraterrestre. Pensé que Nacho había escrito una película para poder rodarla mientras levantaba Open Windows.

¿Cuánto costó?
La pelí costó… es difícil de decir pero… poco más de medio millón. A mí me parecía fundamental que aunque el rodaje fuese breve la gente del equipo cobrase lo que le correspondía. Sobre todo, porque conocía la experiencia de otros directores como Dani Castro [Ilusión] o Juan Cavestany [Gente en sitios] que habían hecho películas a su bola y habían acabado convencidos de que era inviable llamar a gente sin cobrar.

Entonces… ¿creaste un modelo híbrido entre las pelis low cost y las grandes?
Sí, además me informé bastante. Me acuerdo de una comida en la que estábamos Juan Cavestany, Carlos Vermut, Jonás Trueba y yo. Y yo estaba tomando apuntes, porque Jonás Trueba acababa de rodar Los ilusos, Juan estaba rodando Gente en sitios y Vermut empezaba en cuatro meses Magical Girl. Al final fue un modelo híbrido de esos francotiradores y una película más convencional.

Es curioso que ahora los directores funcionéis también como productores, buscando maneras nuevas de hacer cine.
Sí, yo trabajo bien por encargo y en desarrollo, pero si pudiese combinar películas como Ocho apellidos vascos con películas como Negociador y un año hiciese una y al otro, otra, sería la persona más feliz del mundo.

 

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¿Qué crees que tendrá más tirón a la hora de vender Negociador: “Del guionista de Ocho apellidos vascos” o el tema en sí de la película?
“Del guionista de Ocho apellidos vascos” puede resultar muy decepcionante y creo que hay gente que esperará otra cosa cuando vea mi nombre y se encuentre con lo que se va a encontrar. Me preocupan las expectativas de la gente. No creo en la equivalencia entre lo que fue Ocho apellidos vascos y lo que será Negociador. Si ya hay gente comentando en las noticias que han publicado el tráiler: “¿Pero esto es una comedia?”. Cuando, en realidad, ése es el tono. También es cierto que me sorprendió lo mucho que se rió la gente en el pase de Donosti. Yo no llamé a cómicos porque quisiese que Negociador fuese cómica. Eran actores, o bien, con los que ya había trabajado y había confianza para hacer un proyecto de estas características, o con los que había querido trabajar y no había podido, como el caso de Raúl Arévalo o Josean Bengoetxea. Antes del rodaje hice una última revisión del guión y bajé el tono de comedia, porque sabía que allí nos íbamos a levantar todos. No quería que fuese una comedia de chistes, pero por otro lado a quien le hace gracia le hace mucha gracia.

Es un humor que está agazapado, recorre la película como la tensión recorre el thriller. Pero sí que tiene un par de puntos cómicos claros. Por ejemplo, la secuencia de la frase de la película en el ascensor.
Sí, ese gag es idea de Diego San José.

¿Tenías claros a los actores?
Sí, clarísimo. Con Ramón ya había trabajado y me apetecía darle un protagonista. A parte de que sea un actor estupendo, que le pega el personaje y que cuando hace comedia no se le nota demasiado que hace comedia, es un actor de oficio. Sabiendo el rodaje que íbamos a tener era consciente de que necesitábamos a un actor profesional de carrera y de técnica. En ese sentido estaba claro. Josean Bengoetxea iba a tener un papel en No controles y lo cortamos en el guión. No es que me hubiese quedado en deuda con él sino que me apetecía que trabajásemos juntos.

¿Y Carlos Areces? Es el único actor español que puede hacer de Franco y de etarra.
¡Sí! ¡De Franco ha hecho como cuatro o cinco veces! Un actor cómico siempre tiene algo de retranca. A mí cuando los actores cómicos hacen de malos me encantan. Antes habíamos hecho Aupa Josu juntos, así que no tuve duda de que quería volver a trabajar con él.

La verdad es que Aupa Josu tiene un aire a Negociador.
Sí, hay tres cosas que he hecho recientemente sobre política y pasillo apolillado –trilogía de la transición, lo podemos llamar–: Democracia, Aupa Josu y Negociador. Y es verdad que las tres tenían mucho de práctica. Te he dicho antes que había estudiado bien el híbrido de producción, pero también me sirvió mucho hacer Aupa Josu con el mismo equipo para ver si se podía hacer Negociador.

 

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¿Y ese interés por mirar a la política, hacia fuera, cuando tus pelis anteriores miraban hacia dentro?
Si lo pienso… Pafagantas habla de la mediocridad en lo sentimental y Negociador habla de la mediocridad en otros ámbitos. Justamente el tema en común que tienen mis películas es la mediocridad. Lo mezquino, lo torpe, lo cutre. Así veo yo la política. Yo no me imagino grandes malvados en la sombra con dientes afilados, sino que me imagino más bien a un consejero de Bankia gastándose 400 euros en una farmacia o en ropa interior. Eso es lo que nos dicta la realidad. Todo es mucho más mezquino. Sí, la mezquindad es algo que me fascina. Y en el territorio político, también.

¿Y ese giro hacia el final de la película en la que se vuelve tan sombría cuando se rompe el alto al fuego?
Sí, en la realidad, tras esa ruptura murieron algunos amigos de Eguiguren. Para mí hubiese sido muy superficial presentar ese giro de otra manera… Negociador no pretende hacer burla del tema, sino hacer ver que aquello que pensabas que era muy serio tuvo su lado cómico. Aquel giro no nació de ningún ansia de trascendencia, quizás en el tono de la película juega incluso en contra, pero me parecía que no debía escamotear esa parte de la historia. Creía que además debía jugar con las imágenes reales de la detención de Thierry. Fue muy intuitivo, no está reflexionado.

¿Crees que Negociador hubiese sido posible sin el éxito de Ocho apellidos vascos?
Yo creo que sí. De hecho, no creo que el éxito de Ocho apellidos vascos sea algo que juegue a favor. Sobre todo por las expectativas. Ese juego es brutal. A Vigalondo le costó mucho levantar Los cronocrímenes porque todos esperaban que hiciese una comedia musical. El encasillamiento no es sólo una cosa de actores.

Bueno, es lo que dice Woody Allen, “el éxito es hacer la siguiente película”…
Yo añadiría que para corregir los errores de la anterior. Me parece el principal motor. Van pasando los meses, ves la película de nuevo y cazas los errores enseguida.

¿Te pasa con Pagafantas y No controles?
Sí. Diego [San José] y yo estábamos obsesionados con Pagafantas, con lo que pasaba desde el minuto 60 al 70, pensábamos que ahí decaía muchísimo. No controles la hicimos para eso, para que el minuto 60 al 70 mejorase. Y lo conseguimos pero otras cosas eran peores. A mí siempre me pasa lo mismo, lo que me gusta de mis películas me gusta mucho y lo que no me gusta no me gusta nada.

¿Te hacen reír?
Supongo que cuando veo mis películas me río y sufro. Este fin de semana he estado en Nantes, donde organizan unas jornadas de cine unos profesores de español de instituto. El año pasado les pusieron Vivir es fácil con los ojos cerrados y éste han puesto Ocho apellidos vascos. Yo no la había visto desde el estreno y me reí. Lo que más me sorprendió es que los alumnos se reían bastante. Los profesores habían preparado un glosario en el que la primera palabra era “Calimocho” y también estaba “Bertín Osborne”.

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