Blumhouse debería resucitar el ‘Dark Universe’ después de ‘El hombre invisible’

En 'El hombre invisible', Jason Blum y el director Leigh Whannell han conseguido lo que no lograron ni los millones, ni el CGI, ni Tom Cruise.

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02 de marzo de 2020

El caso de Jason Blum es fascinante, y lleva siéndolo desde hace ya muchos años. A través de su productora Blumhouse, este señor de 51 años produce películas como churros y las financia (o eso parece) con el dinero que lleva suelto en la billetera… pero no para de triunfar, tanto dentro como fuera del género de terror, tanto en lo que se refiere a las recaudaciones como a la estima crítica.

Más allá de ejemplos pretéritos como Whiplash, Paranormal Activity, Múltiple Déjame salirla última prueba de que el ‘método Bloom’ funciona acaba de llegar a los titulares. Si bien el remake de El hombre invisible dirigido y escrito por Leigh Whannell cuenta (como mándan los cánones) con un psicópata transparente como villano, sus cifras de recaudación se ven venir desde lejos: con 7 millones de dólares de presupuesto, la cinta ha recaudado 49,2 millones de dólares, 29 de ellos en EE UU. Algo que confirma la alta rentabilidad del cine de terror y que, además, le ha venido a Whannell como maná del cielo.

El cineasta neozelandés, conocido por haber ideado las sagas Saw Insidious junto a James Wan, no había tenido hasta ahora una carrera estelar como director. Antes de El hombre invisible, sus dos únicos largometrajes habían sido la secuela Insidious: Capítulo 3 Upgrade, una cinta de ciencia-ficción cuyo estreno en 2018 pasó sin pena ni gloria. Sin embargo, Whannell acaba de firmar un acuerdo con Blumhouse para producir, escribir y dirigir películas y series durante dos años. Un trato que resultará, seguramente, muy beneficioso para ambas partes, y, si especulamos un poco, no solo para ellas.

Los restos de un naufragio monstruoso

No es ningún secreto que El hombre invisible supone más cosas que una versión (libérrima) de la novela de H. G. Wells y de la película rodada en 1933 por James Whale. La película también fue un intento, por parte de Universal, de recoger los pedazos del ‘Dark Universe’. Si ese nombre ha desaparecido de tu memoria, no te culpamos, pero debemos recordarte de qué se trataba: aquel intento de crear un universo compartido al estilo Marvel, solo que con monstruos del cine clásico.

La primera tentativa de resurrección, El hombre lobo (2010) fue un batacazo de aúpa: ni el carisma de Benicio Del Toro la libró de ganarse un lugar entre los mayores desastres financieros de Hollywood. Después, Drácula: La leyenda jamás contada (2014) tuvo una buena taquilla, pero ni el director Gary Shore ni Luke Evans como el conde transilvano estuvieron a la altura del mito.

Pero la caída definitiva del ‘Dark Universe’ llegó con La momia (2017). Aquel batacazo faraónico, con Tom Cruise de protagonista, causó reacciones tan encendidas (entre carcajadas y muecas de horror) que mandó con el proyecto al traste. Hoy en día, el cameo de Russell Crowe como el doctor Jeckyll evoca lo que pudo haber sido y no fue, para nuestra lástima… o para nuestro alivio.

De este modo, Universal convocó a Leigh Whanell y Jason Blum para salvar del naufragio ese remake de El hombre invisible que debería haber protagonizado Johnny Depp. Y, fieles a su estilo, el director y el productor le dieron al proyecto un makeover que lo transformó en una cinta de bajo presupuesto, sin apenas CGI y con Elizabeth Moss (El cuento de la criada) como única estrella de su reparto. ¿Valdría este sistema para revivir el ‘Dark Universe’, poniendo de nuevo a los monstruos clásicos en la pantalla? 

Nosotros creemos que sí. Y para demostrarlo, más que al concepto, nos remitimos a las cifras. Rodar El hombre lobo costó 150 millones de dólares, con solo 62 millones de recaudación en EE UU. Más modesta, Drácula… costó 70 millones, mientras que el presupuesto de La momia se estima entre 125 y 190 millones. En cambio, como ya hemos señalado, la nueva versión de El hombre invisible ha tenido un presupuesto de siete milloncejos escasos, septuplicados por su recaudación internacional.

Más sustos y menos CGI

Así pues, la cosa parece evidente. Por un lado, la ecuación “Leigh Whannell + Jason Blum + monstruo viejuno” ha arrojado un resultado astronómico. Por otro, el director está vinculado a Blumhouse por un jugoso acuerdo, y ha elogiado a la productora describiéndola como “una locomotora del cine de género” que “no tiene miedo de correr riesgos”. Por otra parte, Whannell ha revelado sus ideas para poner de nuevo sangre en las venas de Drácula: olvidándose de presentarlo como un antihéroe o una figura trágica y devolviéndole su monstruosidad. O, lo que es lo mismo, su capacidad para inspirar miedo.

Siguiendo este hilo, podemos decir que Universal tiene entre manos una manera de revivir a sus criaturas de las tinieblas. Una que prescinde de actores de relumbrón (además de los ya citados, el estudio planeaba contar con Javier Bardem como la Criatura de Frankenstein) y de CGI por toneladas. En lugar de eso, El hombre invisible propone centrarse en dar miedo, sin alharacas presupuestarias, y vincular al mito de turno con temas presentes en nuestra conciencia colectiva.

Si el Drácula de Stoker era un reflejo del miedo a la sífilis en la Inglaterra victoriana, o si el Hombre Invisible de Wells encarnaba el terror ante los abusos en nombre de la ciencia, ¿qué impide al primero convertirse en un multimillonario psicópata, o al segundo –como ya hemos visto en la pantalla– en un marido maltratador?

No sabemos si el acuerdo entre Leigh Whannell y Blumhouse irá por estos derroteros. Pero, si lo hiciese, Universal podría tener entre manos la llave de su ambición. Una ambición que consiste en poner de nuevo en valor su fondo de catálogo, y que entronca con la más reciente y arrolladora obsesión de Hollywood: el control de la propiedad intelectual y su rentabilización mediante franquicias. Un tema este último que está detrás de la mayoría de los titulares ofrecidos cada día por la prensa de cine. Y que, si nos ponemos, también es a su modo una escalofriante historia de terror.

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