‘Blaze’: La historia del músico que se convirtió en leyenda sin grabar un solo disco

En su nueva película como director, Ethan Hawke cuenta la historia de Blaze Foley, el talento más autodestructivo de la música country.

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31 de mayo de 2019

“No quiero ser una estrella, quiero ser una leyenda”. Eso es lo que el músico Blaze Foley le respondió entre risas a su entonces pareja cuando esta le preguntó si pensaba convertirse en una gran estrella del country como Roger Miller. Y lo cierto es que, con el paso del tiempo, el trovador country consiguió convertirse en un héroe de culto.

El texano Michael David Fuller a.k.a Blaze Foley —representante del movimiento country ‘outlaw’—perteneció a ese grupo de artistas que, a pesar de su innegable talento, nunca llegaron a saborear las mieles del éxito comercial. Pero sus oscuramente intensas canciones trascendieron el paso del tiempo gracias, sobre todo, a las versiones que de ellas lanzaron artistas como Merle Haggard, Lyle Lovett o su idolatrado John Prine. Y su enigmática vida se ha convertido en el leitmotiv de Blaze, película dirigida y escrita por Ethan Hawke que hace poco llegó a las salas de cine españolas —y de la que ya hablan como el mejor biopic musical del año—.

La cinta —protagonizada por el músico y actor Ben Dickey, y cuya trama explora momentos como la última noche del artista, su historia de amor y una entrevista radiofónica concedida por dos amigos suyos varios años después de su muerte— funciona como retrato certero del hombre detrás del músico. Porque la vida de Foley es digna de reseña.

El malogrado —y cada vez menos desconocido— artista nació en Arkansas y se crio con su madre y hermanas, después de que su alcohólico y violento padre abandonase la casa familiar cuando él apenas era un niño. Actuó durante un tiempo en un trío de música góspel junto a su progenitora y pasó de puntillas por una adolescencia cargada de infelicidad y sobrepeso. Pero logró buscarle algo de sentido a su vida marchándose a Georgia, donde trabajó como encargado del equipo de la banda bluegrass Buzzards Roost. Poco después, dejó de cargar los bártulos del grupo para empezar a tocar la guitarra con sus miembros, que le bautizaron como ‘Deputy Dawg’ —por su parecido físico con el protagonista de la conocida serie de dibujos animados—.

La casa del árbol

Con veinticinco años y con una imagen física bastante cambiada —pasó de hippie entrado en carnes a sofisticado cowboy— Blaze Foley aterrizó en The Banning Mill, una colonia de artistas compuesta por hippies y filósofos con los que el artista hizo buenas migas desde el principio y desfogó. Allí, a principios de 1975, conoció a Sybil Rosen, una aspirante a actriz de origen judío que quedó embelesada con la voz y las originales canciones del texano.

La colonia no tardaría demasiado en echar el cierre y la pareja se fue entonces a vivir a una casa de árbol construida en los pinares de Georgia —en un terreno propiedad de su amigo Joe Bucher, que les dejó vivir allí de forma gratuita—. En ese bucólico entorno rural, Fuller —que entonces adoptó el nombre de Blaze Foley— se dedicó a componer canciones cargadas de amor, melancolía y autorreflexión. Y Rosen, loca por con él, se convirtió en su musa.

Nueve meses después, la pareja abandonó su paraíso particular para trasladarse a Austin, con la esperanza de que Foley se abriese camino en el mundo de la música con el puñado de canciones que había compuesto. Pero Texas demostró no estar preparado para apreciar las profundamente personales y conmovedoras baladas del artista. La primera, en la frente.

Foley, que no quería tirar la toalla, pasó un tiempo cantando sus temas por diferentes clubes de Austin y Houston. Pero la frustración de no poder cumplir con las expectativas autoimpuestas haría que la inseguridad y el miedo escénico se fuesen apoderando poco a poco de él.

“Recibí una oferta para hacer algunos conciertos en Houston, y Blaze se vino conmigo. Lo presenté en los clubes de esa ciudad, y empezó a conseguir actuaciones. Éramos un dúo e íbamos de aquí para allá. Acabé alquilando un apartamento, y Blaze vivió allí conmigo.”, recuerda el cantautor y productor musical Gurf Morlix, uno de los mejores amigos del malogrado artista.

“Austin era un buen lugar para vivir, pero Houston estaba en auge en la década de los setenta, porque el precio del petróleo se disparó y la gente tenía dinero”, comenta el cineasta Kevin Triplett, director del documental Blaze Foley: Duct Tape Messiah. “Blaze logró una continuidad y su banda pasó de estar compuesta por él y Gurf a convertirse en un grupo llamado The Beaver Valley Boys. Si hubiera adoptado el profesionalismo, la ambición y la puntualidad de Gurf, podría haber tenido una mejor oportunidad de tener una carrera exitosa. Pero, en cambio, comenzó a confiar en personas que no sabían nada sobre el negocio de la música o que no eran confiables”.

Triplett hace alusión, principalmente, al también cantautor Townes Van Zandt, al que Foley conoció en Nueva York y con el que empezó a beber como un cosaco. Los dos se convirtieron enseguida en colegas de borrachera y empezaron a pasear juntos por todos los bares de la región, dando la nota en cada lugar que pisaban. “Blaze fue la persona más divertida que he conocido. Y también fue muy infeliz. No temía ir un paso más allá y creo que pudo haber tenido un poco de deseo de morir. La bebida se volvió más importante que descubrir cómo llegar a un concierto. Fue entonces cuando yo decidí apartarme”, señala Morlix.

El alcohol y la escopeta

De ahí en adelante, la vida de Foley fue cuesta abajo y sin frenos. Rosen empezó a percibir los bruscos cambios de humor de su chico y su facilidad para alcoholizarse y autosabotear su carrera. Y entendió que el estilo de vida salvaje e itinerante del músico era incompatible con la idea de matrimonio que tenía ella. Por eso, la pareja se acabó separando algunos años después —con el tiempo, Rosen escribiría un libro de memorias titulado Living in the Woods in a Tree: Remembering Blaze Foley, que sirvió como base para la película de Hakwe—.

Son muchos los episodios que ilustran sus tendencias autodestructivas. En una ocasión, la compañía discográfica Zéphyr Records decidió grabarle un sencillo y le consiguió una actuación en 1980, como telonero de Kinky Friedman, en el neoyorquino Lone Star Café. Pero el texano se presentó borracho sobre el escenario y el sello acabó despidiéndole. Un paso adelante, dos pasos atrás.

Durante años, Foley presumió de no tener un trabajo diario y de estar decidido a vivir de la música, aunque su comportamiento demostrase lo contrario. Defendía a los oprimidos y se rebelaba contra las normas sociales establecidas, pero la ira se apoderaba de él al ver que la consecución de sus sueños no estaba en sus manos —sino en las de un puñado de empresarios y jefes de discográficas—. Y esa fue una de las principales razones por las que la depresión se convirtió en su sombra. “No quería vender su alma a ninguna compañía discográfica o responder ante algún jefe.

Blaze también era tímido y no le gustaba el negocio de venderse a un agente o un cazatalentos. Quería que el éxito lo encontrase, lo cual era difícil porque no tenía hogar. Siempre estaba dispuesto a actuar, ya fuese en un bar, en un estacionamiento o en la casa de un amigo. Y creo que prefería actuar para amigos, antes que en un sitio comercial”, argumenta Triplett.

Para más inri, y según cuentan quienes le conocieron, Foley era algo bipolar. Podía pasar de ser una persona adorable y cariñosa a un tipo mezquino y discutidor, en cuestión de minutos. Y, efectivamente, pasó la mayor parte de su vida adulta sin hogar, gorroneando a sus amigos o durmiendo en basureros o coches abandonados.

Aunque también pasó más de una noche durmiendo debajo de la mesa de billar del Austin Outhouse, su local de cabecera y uno de los pocos bares de la región donde no le tenían vetada la entrada ya. Allí, precisamente, se gestó un disco con un recital en directo grabado el día de su treinta y nueve cumpleaños —producido por John Casner y del que se hicieron cien copias que se vendieron póstumamente en una fiesta celebrada para poder sufragar el sepelio de Foley—.

La mala suerte también le perseguía. En 1984, un amigo de Georgia le propuso grabar un disco de diez temas y un sencillo de 45 RPM —, pero el proyecto se cayó después de que el productor fuese arrestado por la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA) —Blaze, no obstante, llegó a grabar la sesión y recibió varias cajas con copias del disco para regalarlas a amigos y hacer trueques—. Tres años después de aquello, Willie Nelson decidió grabar una versión de su tema If I Could Only Fly —con una letra dedicada a su gran amor y a los tiempos en que ambos vivían en una casa de árbol—.

Foley, que murió sin un centavo, invirtió el primer cheque de royalties que recibió en alquilar una habitación al sur de Austin. Eso sí, fiel a su excentricismo, también invirtió parte del dinero en varios rollos de cinta adhesiva de colores —para dar rienda suelta a su afición por pegar cinta en la punta de sus botas, en imitación burlesca de las puntas plateadas de los zapatos que vestían los vaqueros de pega de la época—.

“Blaze buscaba el éxito, pero lo quería en sus propios términos, y sus términos impidieron que sucediera cualquier tipo de éxito para él”, confiesa Morlix. Porque la rebeldía y la falta de disciplina le llevaron a perder muchas oportunidades laborales. De hecho, y aunque siguió componiendo hasta el final de sus días, no llegó nunca a ver publicadas alguna de las sesiones que grabó. Las cintas maestras de todas sus grabaciones se perdieron, fueron robadas o desaparecieron en extrañas circunstancias. “Eventualmente, el material que sobrevivió fue encontrado, limpiado y lanzado para disfrute de sus fans. Así que Blaze ha tenido una carrera mucho mejor en la ultratumba que la que disfrutó en vida”, apostilla Triplett.

La noche que se produjo su muerte —el 31 de enero de 1989—, Foley había estado bebiendo, para variar, en el Austin Outhouse. Unas horas después, terminó en la casa de su amigo Concho January —un señor mayor, tan aficionado a la bebida como él, al que había conocido meses atrás—. El hijo de este, Carey —con el que Foley ya había protagonizado varias discusiones anteriormente, al considerar el artista que el chico abusaba de su padre—, apareció allí en un momento determinado. Y se lio. En el fragor de la discusión que se desencadenó entre ambas partes, Carey le disparó en el pecho con un rifle del calibre 22. El músico fue encontrado sangrando fuera de la casa y la policía que lo atendió moribundo aseguró que les rogó: “No me dejen morir”.

El trovador llegó vivo al hospital, pero la bala había entrado en su ya de por sí maltrecho hígado, y murió en la mesa de operaciones. Para decepción de los allegados de Foley, Carey January fue absuelto de asesinato en primer grado unos meses después, al considerarse que actuó en defensa propia.

Foley fue enterrado —junto a una copia de la letra de su tema If I Could Only Fly— en el cementerio Live Oak, al sur de Austin. Según su expareja, después de empezar a bajar el ataúd en el hoyo, sus amigos y familiares arrojaron sobre la caja —cubierta con cinta adhesiva plateada— varias Biblias, púas de guitarra y cejillas. Foley se fue a la tumba sin saber lo que uno sentía al convertirse en celebridad, pero acabó erigiéndose en la leyenda que siempre deseó ser.

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