[Berlín 2017] El sol llegó con el verano

'Verano 1993' se convierte en una de las pequeñas revelaciones de esta edición de la Berlinale

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11 de febrero de 2017

¿De qué se habla hoy en Berlín?

¿La verdad? De lo mala que es la Sección Oficial.

¿Qué películas has visto?

T2 Trainspotting, de Danny Boyle. A vueltas con la nostalgia. A vueltas con la serialidad. Con la necesidad de retomar un relato y pretender, además, darle un final. Pero… ¿por qué cerrar algo que ya estaba bien así, inacabado, tan imperfecto y arrebatado como la juventud? En el fondo, T2 Trainspotting trata de esto, de recuperar la juventud perdida. Con una trama deshilvanada, lo mejor de la última película de Danny Boyle son sus pasajes más pausados, son las imágenes rescatadas del pasado de los personajes. Es decir, son todos los recuerdos de Trainspotting, que a finales de los noventa supo retratar las barriadas tan retratadas por el cine británico con herramientas más propias del fin de siglo. Aquella era una película ágil, musical, rabiosa, sucia. T2 Trainspotting es como un local antiguo, sobre el que han construido un bloque de pisos, de prisa, sin ton ni son. Da la sensación que no sabe qué quiere ser de mayor. O quizá sólo quiere mostrar las diferencias entre el Ewan McGregor de entonces y el de ahora, cuando han pasado 20 años, y el actor de rostro aniñado ha dejado de ser, precisamente, un niño. Sin embargo, para revelar esto, me conformo con estos retratos que hizo el fotógrafo Chris Porsz, en las que las historias se sugieren, sin necesidad de buscar un final.

Verano 1993, de Carla Simón. Es curioso, las última película de J. A. Bayona y el filme de debut de Carla Simón parten de una misma premisa: la de revelar cómo el niño lidia con la muerte de la madre. Sin embargo, son radicalmente opuestas: si en Un monstruo viene a verme este proceso se evidencia a través de la fantasía, en Verano 1993 se plasma mediante el realismo. Al final de Verano 1993, la pantalla queda en negro, y se puede leer una dedicatoria: “A la meva mare Neus”. Simón explicita así y de otras maneras (su hermana aparece en la película) el carácter autobiográfico de su película, que cuenta cómo en el verano de 1993, Frida, una niña de seis años, se ve obligada a trasladarse de Barcelona al campo tras la muerte de su madre. Este poso de verdad se filtra por todos los poros de la película.

Verano 1993 parte de la experiencia individual y personal de la autora y, a la vez, logra algo profundamente universal, el retrato de una infancia que se construye sobre conversaciones escuchadas de refilón. Da la sensación de que detrás hay una directora con las ideas claras, que intenta que la cámara se instale en el rostro de su pequeña protagonista, mientras escucha cómo hablan de ella, mientras juega, mientras trama una maldad, mientras se encomienda a la figura de una virgen para poder sentirse aún cerca de su madre. Verano 1993 es un elogio al fuera de campo. La enfermedad del sida, por ejemplo, planea sin ser nombrada. En un momento de la película, la cámara se posa sobre Frida, con la cara casi aplastada contra el mostrador de una charcutería. Mientras tanto, oímos cómo los adultos hablan de ella. Cómo ella escucha esa conversación cubierta por el velo de un secreto, pero en la que aun se puede entrever la verdad. La escena termina con un momento delicioso: con la niña comiendo un pedazo de jamón dulce, mientras su nueva hermana la observa con envidia. Los goces y las heridas de la infancia quedan así perfectamente dibujadas.

La imagen del día La presentación de Verano 1993, con el equipo sentado en el suelo, respondiendo a los comentarios y cuestiones de los espectadores, con las dos niñas protagonistas en medio, ramo de flores en mano. Las preguntas, por cierto, eran también de algunos chicos y chicas presentes en la sala. Y la frase del día sería la de la actriz Bruna Cusí (que en Estiu 1993 interpreta a la madre de la niña, y a la que en breve veremos también en Incierta gloria): “se trataba de estar a la altura de la verdad de la interpretación de las niñas”.

¿Qué esperas de mañana?

Pieles, primer largometraje como director de Eduardo Casanova.

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