‘Bamboozled’ y el blackface: cómo Spike Lee vio venir la polémica hace 20 años

Décadas antes de que la industria se pusiera a eliminar pintura negra desesperadamente, el director ya hablaba de ello en su film más infravalorado.

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28 de junio de 2020

Bien al comienzo de Bamboozled, la película con la que Spike Lee quería despedir un siglo de cine (o darle la bienvenida al venidero) en el año 2000, el guion ponía en boca del personaje interpretado por Damon Wayans una definición muy pertinente, la de la palabra “sátira”. Entendida como aquella “obra literaria que expone las flaquezas humanas al ridículo y al desprecio”, era una buena carta de presentación. Ayudaba a saber qué terreno pisábamos.

En entrevistas posteriores, Lee llamó a Bamboozled una “sátira sobre una sátira fallida”, dando a entender (al igual que defendía su película número 14) que una sátira solo puede ser tal si funciona. Si increpa al público, si le hace partícipe de la denuncia o la sanción. Más de una década después de estas declaraciones, el mismo cineasta se vería obligado a defender la naturaleza satírica de Chi-Raq, acusada de frivolizar sobre la violencia sufrida en las calles de Chicago.

El debate en torno a las limitaciones de la sátira tiene mucha  historia detrás, pero hoy asistimos a una suerte de revitalización, con el extra de ruido que ofrecen las redes sociales, al hilo de las medidas que están tomando varias plataformas de streaming en EE.UU. para significarse políticamente ante la muerte de George Floyd y el fortalecido movimiento Black Lives Matter. Little Britain, Scrubs Rockefeller Plaza son algunas ficciones afectadas.

El elemento que une las supresiones o modificaciones de episodios que han sufrido estas series es siempre el mismo, el blackface, y las críticas a estas medidas han hecho hincapié, con razón, en lo absurdo de suprimir contenidos que cuestionaban este mismo blackface. Ya fuera criticándolo abiertamente, o negando su directa existencia como en el caso de Ken Jeong en Community, que ni siquiera buscaba emular a una persona negra, sino a un elfo oscuro.

La historia del blackface es lo bastante compleja como para aconsejar prudencia en estas valoraciones, pero por suerte Spike Lee era perfectamente consciente de su dolorosa relevancia cuando dirigió Bamboozled hace 20 años. Una película que con el paso del tiempo solo ha ganado vigencia, y que conviene recuperar a la hora de intentar entender la ansiedad del sector audiovisual en EE.UU. con respecto a un pasado incomodísimo… por su cercanía al presente.

Del teatro isabelino al minstrel

El término blackface hace referencia al maquillaje empleado para representar una persona negra, normalmente consistente en oscurecer exageradamente la piel y pintarse los labios de rojo. Pese a que su popularidad (y a la acotación del fenómeno en su vertiente más traumática) se diera en EE.UU., ya hay nociones de prácticas primigenias dentro de Europa en el siglo XV, y concretamente en Inglaterra durante la época del teatro isabelino (1578-1642).

Ya en la representación de obras de William Shakespeare (como Otelo, el moro de Venecia) aparecían actores blancos caracterizados de esta forma, y fueron los británicos quienes llevaron esa práctica a Norteamérica. En concreto, el éxito de The Padlock (donde encontrábamos a un criado negro llamado Mungo) pasó de Londres a EE.UU. en 1769, y a partir de entonces este maquillaje fue empleado con asiduidad en espectáculos humorísticos.

Se atribuye a Thomas Dartmouth Rice, no obstante, la institucionalización del blackface gracias a su elaboración de un influyente número de vodevil llamado Jump Jim CrowDicho acto, aparte de estimular las posibilidades ofensivas del nombre “Jim Crow” (hasta el punto de servir para nombrar las leyes de segregación racial que se prolongaron hasta mediados del siglo XX), condujo a la popularidad definitiva de la práctica, y a la creación de los minstrels.

Estos espectáculos aunaban la ópera inglesa con la música negra (o lo que los blancos entendían que era música negra) e, impulsados por los Virginia Minstrels de Nueva York, consolidaron la caricatura de la población afroamericana durante décadas; mediando tanto la Guerra de Secesión como, incluso, los black minstrel shows. En busca del más difícil todavía, estos últimos estaban protagonizados por actores negros que además tenían la cara pintada de negro.

La progresiva apertura del minstrel al jazz, así como la cada vez mayor presencia de afroamericanos en el reparto, condujo a las primeras tentativas de que estos espectáculos desafiaran el orden establecido, e ironizaran sobre las desigualdades raciales. Dado lo rudimentario de sus producciones y el inmenso fervor cosechado entre el público blanco (cuya comodidad nunca llegó a verse desafiada), esta tímida denuncia no tuvo trascendencia alguna.

De hecho, la llegada del cine no hizo sino dar continuidad a los estereotipos que décadas y décadas de minstrels habían forjado en el imaginario popular, dándose un año después de su invención en 1895 las llamadas watermelon pictures. En estos cortometrajes, actores negros o blancos con blackface suscribían alegremente supuestas costumbres de la población afroamericana en base a su apetito por las sandías, su empeño en robar gallinas o su deseo sexual.

Tanto El nacimiento de la nación (1915) como El cantor de jazz (1927), ambas películas totémicas para entender la historia del cine, están emparentadas con dichos cortos. La película de D.W. Griffith incluía actores blancos con blackface interpretando a hombres negros en calidad de depredadores sexuales, y El cantor de jazz (primer film con sonido sincronizado) mostraba a su estrella Al Jolson con este mismo maquillaje.

Como veíamos a la hora de asomarnos al contexto histórico de Lo que el viento se llevó (1939), la sociedad ya había evolucionado lo suficiente como para surgieran críticas, que en años siguientes encontrarían en la citada adaptación de Margaret Mitchell y en Canción del sur (1946) de Disney nuevas fuentes de descontento. Y no obstante, la ignominia del blackface no mostró signos de querer erradicarse seriamente hasta llegados los años 60. Paralelamente, por cierto, a las leyes Jim Crow.

Desde entonces se ha convenido en dar el blackface por superado, con la excepción de atolondradas manifestaciones de la época como The Black and White Mistrel Show, emitida ininterrumpidamente por la BBC entre 1958 y 1978. Pero en general, sí, parecía que el blackface era cosa del pasado. El hecho de que no desapareciera sin más, sino que encontrara otras manifestaciones más elaboradas, cabe achacarlo a aquello de que “la comedia es tragedia + tiempo”.

A la hora de idear Bamboozled, es posible que Spike Lee se preguntara si había pasado suficiente tiempo. Y que la respuesta no le dejara muy satisfecho.

“¿Quién quiere ver a Judy Garland, Bing Crosby o Mickey Rooney con blackface?”

El director de Haz lo que debas planteó la historia de Bamboozled en función a dos referentes muy claros. Por un lado, Los productores de Mel Brooks, estrenada en 1967, donde un par de tipejos planean hacerse ricos produciendo el mayor fracaso de la historia de Broadway con tan mala suerte que el espectáculo resultante (lleno de homofobia, racismo y alabanzas filonazis) es visto como un sátira brillante y demoledora.

El segundo era Network, un mundo implacable (1976), otra sátira que a golpe de tremendismo y eslóganes proclives a la malinterpretación arremetía contra el circuito televisivo y sus integrantes. A partir de estos, Lee tejió una historia atendiendo sus bien conocidas preocupaciones, de forma que su sempiterno discurso contra el odio y el poder se introducía en el mercado de la imagen, y fijaba como objetivo concreto la historia de la representación afroamericana en los medios.

Bamboozled cuenta la historia de Pierre Delacroix (Damon Wayans), graduado en Harvard y empleado de la cadena CNS regentada por Thomas Dunwitty (Michael Rapaport). Dela no está cómodo en esta empresa. Dunwitty, blanco, le acusa de que sus propuestas nunca son “lo suficientemente negras” y utiliza la N-Word en su presencia, en una referencia directa al conflicto entre Lee y Quentin Tarantino que ya había alcanzado entonces la esfera pública.

Queriendo forzar su salida de la CNS, Dela fragua en compañía de su asistente Sloan Hopkins (Jada Pinkett Smith) un plan descabellado: realizar un programa tan, pero tan racista, que este precipite el despido de Dela ante las previsibles críticas. Así surge la idea de Mantan: The New Millennium Minstrel Show, y el protagonista elige como anfitriones a Manray (Savion Glover) y Womack (Tommy Davidson), artistas que hasta ahora malvivían en la calle.

Como reza su título, Mantan oficia de resurrección de los minstrels del siglo XIX, llevando Manray y Womack un flamante blackface y protagonizando números humorísticos que abrazan el racismo iconográfico de sus referentes: roban gallinas, comen sandías, y Manray baila de forma similar a como lo hacía Thomas Dartmouth Rice cuando encarnaba a Daddy Jim Crow.

Al igual que les pasaba a los protagonistas de Los productores, el show resulta ser un éxito, y la CNS decide defender ante los medios la naturaleza de Mantan como sátira racial. El propio Dela, al encontrarse en el momento más dulce de su trayectoria y contar con el precedente de su padre (cómico stand-up empeñado en bromear sobre las diferencias entre negros y blancos), acaba autoconvenciéndose que es cierto. Que Mantan es una sátira, que no están haciendo nada racista.

Por supuesto, esto es una película de Spike Lee, y la progresiva transformación de Dela en un “tío Tom” agasajado por el mundillo (paralelamente al derrumbe psicológico de Womack, representado de forma muy potente por ese maquillaje negro que cubre sus lágrimas) conducirá a una espiral de violencia. Que Lee rematará, también muy a su estilo, con un montaje final donde subraye las tesis planteadas.

Bamboozled maneja múltiples temáticas a lo largo de sus más de dos horas de metraje (también, por ejemplo, critica la falta de diversidad racial en los equipos creativos del sector audiovisual antes de que esto fuera una denuncia común), y todas ellas encuentran una réplica muy contundente en dicho montaje. Este se compone de fragmentos de cortos, películas y piezas animadas que abanderaban ese racismo del cual Dela había caído en la trampa (capitalista) de satirizar.

Este montaje, además, encuentra eco en posteriores jugadas como Infiltrado en el KKKlan (contraponiendo la historia con los disturbios de Charlottesville) o la reciente Da 5 Bloods (con su vinculación al Black Lives Matter), y cuando Lee presentó la película en el año 2000 se mostraba orgullosísimo de él. Consciente de que esas imágenes “eran muy incómodas”, y confesando haber querido utilizar un clip de Bugs Bunny, pero que Warner no se lo había permitido.

El orgullo de Lee, sin embargo, se topó con una enorme frialdad crítica en primer lugar, y en segundo con un fracaso absoluto en taquilla. Hasta quince años después, de hecho, Bamboozled no empezó a ser percibida como lo clarividente que era.

Viejas heridas sin cerrar

Las razones a este rechazo crítico pueden ser entendibles. El look de Bamboozled, para empezar, es muy antipático. Rodado con una cámara Mini DV (utilizada por directores como Lars von Trier o Harmony Korine, y en películas como 28 días después), el acabado propuesto es eminentemente digital y fuerza una distancia frente al espectador. Quizá orgánica a efectos discursivos por cómo el film invita a cuestionar el mismo consumo de las imágenes, pero muy ingrata de sentir.

El empleo de esta cámara sirvió para ahorrar costes y limitar el presupuesto de Bamboozled a 10 millones de dólares, algo que tampoco iba a mitigar el gusto de Spike Lee por el exceso. El cineasta siempre ha visto difícil limitar la duración de sus trabajos a menos de dos horas, y en el caso de Bamboozled esta costumbre conducía a un incremento paulatino del melodramatismo y los giros pasionales (muy similar a lo que Sidney Lumet hizo en Network, por otra parte).

Son errores evidentes, pero la crítica no facilitó la conversión de Bamboozled en un film de culto por dichos errores. Bien al contrario, la costumbre de desmerecer los trabajos de Lee a partir de su gusto por el aleccionamiento hubo de consolidarse en el año 2000, gracias a una película cuya preocupación por el blackface fue catalogado de intento inoportuno por reabrir viejas heridas.

¿Por qué, si ya se había superado esta práctica tan nociva, Lee se empeñaba en devolverla a la esfera pública?

La revalorización vivida por Bamboozled en los últimos años (pasando por su edición en Criterion y la publicación de todo un ensayo analizándola: Facing Blackness: Media and Minstrelsy in Spike Lee’s Bamboozled, de Ashley Clark) se debe obviamente a los cambios sociales que han ido sacudiendo la industria, y ha permitido que Lee vuelva a reflexionar sobre ella, sin demasiado interés en entonar un “os lo dije”. Quizá, porque toda su carrera puede ser entendida en retrospectiva como un “os lo dije”.

“Podría haber hecho la misma película en torno al tratamiento de los nativos americanos en cine o televisión. O al de los hispanos, las mujeres, los gays o la población asiática. Quería explorar cómo esta forma de arte nos despoja de humanidad”, contaba en una entrevista reciente con la BBC. “Muchos años después se está redescubriendo la película, y es algo que me hace muy feliz”.

Veinte años después de Bamboozled, el empeño en utilizar la sátira como coartada sigue a la orden del día, así como el cinismo con el que las grandes empresas tratan de administrar cada tensión sociopolítica para posicionarse frente al público y perder el menor número de clientes. Las fuertes reacciones despertadas a partir de capítulos o series eliminadas por culpa del dichoso blackface demuestran por lo demás la torpeza de estas empresas, pero también que la historia está lejos de terminar.

Vista hoy, Bamboozled no sirve para saber cuál será este desenlace. Sí lo hace, en cambio, para contextualizar dentro y fuera de los EE.UU. a qué viene tanto revuelo, y confirmar la lucidez de un cineasta que ha hecho de la inoportunidad un arte invulnerable al tiempo.

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