Ava Gardner: la diva que quemó Madrid en la rancia España franquista

Así fue la dolce vita madrileña de la estrella de Hollywood que se propuso beberse la capital de España sin mirar atrás.

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24 de diciembre de 2018

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  • El animal más bello del mundo —como Hollywood apodó a la actriz Ava Gardner— fue también una de las criaturas más salvajes y libres que pisó España. La estadounidense tenía 29 años cuando aterrizó por primera vez en un país gris y sometido por las fuerzas franquistas —fuerzas que con ella, sin embargo, harían la vista gorda, para tratar de transmitir una imagen de apertura—. Corría el año 1950 y la artista venía a rodar en Cataluña varias escenas del drama romántico Pandora y el holandés errante (1951).

    Dicen los que la conocieron que tardó poco en enamorarse del país. Lo encontraba tan atrasado como apasionado y divertido. Y, sobre todo, admiraba su capacidad para reírse de sí mismo —algo que, según decía, también le ocurría a ella—. Adoraba la cultura española —hablaba bien el idioma— y, de hecho, no tardó en acabar viviendo durante alrededor de catorce años en Madrid —huyendo de su rutinaria y vigilada vida en la meca del cine y el fin de una tormentosa relación de pareja—. Esa etapa es, precisamente, el eje principal de Arde Madrid, la serie creada por Paco León para Movistar+, que está revolucionando la plataforma de televisión de pago desde su estreno.

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    La fotogénica actriz, que vino al mundo un 24 de diciembre de hace casi un siglo, era ya una gran estrella cuando decidió venirse a vivir a España. Su infancia había estado marcada por la pobreza y, a los dieciocho años, su vida dio un vuelco después de que su cuñado, Larry Tarr —un fotógrafo comercial— decidiera hacerle una serie de fotos y las enviase a los estudios Metro Goldwyn Mayer. Allí le hicieron una prueba de casting y aquello le acabó valiendo un contrato de siete años de duración con el estudio. Eso sí, para trabajar con ella tuvieron primero que pulir el diamante, dándole clases intensivas de interpretación, moda, maquillaje y dicción —debido a su gran acento sureño—. En poco tiempo, Gardner se hizo muy popular gracias a sus papeles de mujer fatal en el cine.

    Nunca quiso tener hijos pero sí se casó en varias ocasiones —aunque todos esos matrimonios duraron poco y terminaron más bien mal—. Por eso, y de alguna forma, la actriz buscaba romper con el pasado cuando se instaló en Madrid.

    En sus primeras visitas, se alojaba en los mejores hoteles de la ciudad. Sin embargo, en 1954 optó por comprarse un lujoso chalet de La Moraleja (La Bruja). Después, se mudó a un apartamento de la calle de Oquendo y, allá por 1961, alquiló un dúplex en el número 11 de la calle Doctor Arce. Allí tuvo como vecino al general Juan Domingo Perón —cuentan que este solía llamar a su puerta molesto por el ruido de las juergas que organizaba la actriz y que le impedían dormir—.

    A Gardner nunca le gustaron las drogas, pero estaba enganchada a la comida y, sobre todo, al alcohol. Se bebía hasta el agua de los floreros y su alcoholismo fue, precisamente, una de las cosas que acabarían haciendo perder la vida.

    Divertida y con una gran personalidad, Gardner tenía fama de animal sexual. Son muchos los hombres que bebieron los vientos por ella. Y lo cierto es que ella se dejó querer por unos cuantos —entre ellos, el torero Luis Miguel Dominguín, con quien vivió un tórrido y efímero romance—. Es más, la leyenda afirma que era una devorahombres y que compartió alcoba con todo el que quiso en su etapa madrileña.

    Gardner se lo pasaba en grande en Madrid, Villa y Corte. Acudía a saraos, corridas de toros y espectáculos de flamenco. Y también bebía con amigos y conocidos en locales como El Chicote —uno de sus preferidos— o en las fiestas que organizaba en su propia casa. Algunos de los que acudieron a esas fiestas ‘caseras’, envueltas siempre en un halo de misterio y leyenda, dicen que a ellas acudían personas de toda clase social. Esto es, que lo mismo entraban mendigos que militares, artistas o aristócratas. Y la actriz era una estupenda anfitriona. De hecho, y para no cortar el rollo a sus invitados, cuentan que ella solía retirarse a su habitación si en algún momento de la noche se cansaba o aburría demasiado.

    Uno de sus amigos españoles fue el crítico y periodista cinematográfico Jorge Fiestas —organizador de saraos y dueño en ese momento del Pub Oliver, al que la actriz acudía mucho—. Una riña entre ambos acabó con un proyecto de biografía de la actriz que Fiestas llegó a empezar a escribir —aunque varias páginas de ese borrador, así como varias cartas y otros documentos que se intercambiaron en esa época, siguen conservándose hoy día en la Filmoteca Española—.

    En esas páginas, Fiestas cuenta que “la vida sentimental de Ava fluctuaba entre Porfirio Ruborosa y Luis Miguel Dominguín que, como antaño Sinatra, la acompañaba en sus desplazamientos por todo el orbe”.

    El crítico aseguraba también que Dominguín le presentó en 1954 a la actriz al escritor Ernest Hemingway, “mientras ella convalecía en una clínica madrileña tras una operación de riñón”.  Precisamente, Gardner regaló al escritor la piedra del riñón que le sacaron, y este decidió usarla como amuleto colgada al cuello.

    Y hablaba de lo celoso que era Frank Sinatra —de quien Gardner se divorció poco antes de instalarse en Madrid—, y del viaje que el cantante hizo a España tras enterarse por la prensa internacional del romance de la actriz con un torero. “La prensa internacional se había hecho eco del romance que al parecer existía entre la Gardner y su torero en el filme, Mario Cabé, y Frankie no estaba dispuesto a consentir que las cosas llegaran a mayores. Inesperadamente, se presentó en Tossa de Mar portando con él una pulsera que debió costarle algo así como 10.000 dólares. Hubo sucesivos encuentros de tipo borrascosos entre la pareja, que finalmente contrajo matrimonio el 7 de noviembre de 1951”.

    Con el tiempo —y debido a los problemas fiscales que tuvo con la Hacienda española—, Gardner empezó a pasar cada vez menos tiempo en Madrid y, en 1967, terminó instalándose en Londres —donde vivió apartada del cine hasta el final de sus días—. Murió en enero de 1990 a consecuencia de una neumonía, pero lo cierto es que el recuerdo de la actriz quemando la capital española sigue ahora más vivo que nunca.

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