[Atlàntida Film Fest 2020] Las joyas imprescindibles para inaugurar el festival

Recomendamos cuatro películas para empezar a degustar la programación del mayor festival online, evitando que las sirenas os arrastren al fondo de Filmin.

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27 de julio de 2020

Un festival de cine es un espacio para la experimentación. Aunque, ante la magnitud de la oferta de esta 10ª edición del Atlántida Film Fest, que puede disfrutarse a través de Filmin hasta el 27 de agosto (y presencialmente en Palma de Mallorca la primera semana, con hidrogel y mascarilla), es mejor empezar sobre seguro, y luego ya desmelenarse y arriesgar.

Así que, por lo pronto, ahí van tres películas ya consagradas y un pequeño gran descubrimiento.

The Souvenir, la obra maestra de Joanna Hogg

Me acuerdo de cuando conocí a Joanna Hogg. Fue en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Puso cara de susto. Le acababa de decir que The Souvenir podía verse como un cruce de El hilo invisible con el cine de Terence Davies. Y esto fue lo que me dijo:

“Me encantan las primeras películas de Terence Davies, que además estudió en la misma escuela que la mía, la que aparece evocada en la película. Su primera trilogía en blanco y negro es algo que seguramente se quedó grabado en mi subconsciente cinematográfico. En cuanto a la película de Paul Thomas Anderson sólo la he visto una vez, porque no veo demasiadas películas cuando estoy inmersa en el proceso creativo, y lo sigo estando, de hecho, porque la segunda parte de The Souvenir todavía no está acabada. Es verdad que El hilo invisible está conectada con The Souvenir, aunque las dos películas se rodaron al mismo tiempo. Pero desde mi punto de vista, solo veo las diferencias. El personaje que interpretaba Daniel Day-Lewis lleva la película a otro territorio, el mundo de la alta costura, que por otro lado siempre me ha interesado mucho”.

Podríamos precisar que, cuando estudiaba cine, Hogg estuvo a punto de llevar a cabo varios proyectos sobre el mundo de la moda, incluyendo uno sobre el modista autodestructivo Charles James. Pero dejemos eso, porque The Souvenir es un mundo en sí mismo. Solo añadir que, cuando cité a Davies, posiblemente tenía en mente a la Agyness Deyn de la infravalorada Sunset Song, que no sé por qué me recuerda un poco a Honor Swinton Byrne (ya saben, la hija de Tilda Swinton, que también aparece, interpretando, claro, a su madre en el filme), el conmovedor alter ego de la Hogg en esta suntuosa película sobre sus años mozos.

Producida por Martin Scorsese, The Souvenir es una inmersión en los años 80 cuyos recuerdos nos llegan despertados por los sonidos de montones de canciones de los Specials, de Psychedellic Furs o de Bauhaus –The Passion of Lovers, nada menos–, que suenan, como de fondo en fiestas oscuras en pisos, acariciando el amanecer, que es cuando los vampiros volvían a casa.

The Souvenir es una película en efecto sobre la pasión de los amantes atrapados en una relación asimétrica, tortuosa y con doble fondo. Es el despertar a la vida de una joven que quiere ser directora de cine, y es, en definitiva, una absoluta maravilla de tacto, inteligencia y buen gusto. No hay mucho más que añadir, o más bien sí, hay muchísimo más que añadir. Pero mejor véanla, y punto. El adjetivo imprescindible nunca fue tan imprescindible.

 

Thalasso, el nuevo secuestro de Michel Houellebecq

Me acuerdo de cuando conocí a Guillaume Nicloux. Fue en un hotel de París. Puso cara de misterio. Le acababa de preguntar por el paradero de Michel Houellebecq, y me contestó algo así como “sé dónde está, pero no te lo puedo decir”.

El polémico escritor acababa de publicar Sumisión –una novela estupenda, dicho sea de paso, que me permitió un titular del que, en su momento, me sentí orgulloso (La posibilidad de una isla-mofobia)–, y acababa de producirse el traumático atentado de Charlie Hebdo. Así que la policía lo escondió.

Se suponía que teníamos que haber hablado de La religiosa, pero como yo no le veía demasiado sentido a esa nueva versión de la obra Diderot, que no podía borrar el recuerdo ni superar en forma alguna a la de Karina y Rivette, y a él le daba todo igual, me contó que había conocido a Houellebecq en la editorial, porque Nicloux empezó escribiendo polars, y que desde entonces eran buenos amigos.

Estábamos ahí los dos fumando en una habitación en la que no se podía fumar cuando caí en la cuenta de que Nicloux, de hecho, podría ser un personaje houellebecquiano, fumando todo el rato, con tics de paranoico nihilista. Pero fue Houellebecq quien, interpretándose a sí mismo, acabó protagonizando El secuestro de Michel Houellebecq a las órdenes de Nicloux, un cineasta extraño al que no conviene perder nunca de vista, porque siempre te sorprende con algo.

Thalasso vendría a ser la secuela de El secuestro de Michel Houellebecq. El escritor no solo vuelve a interpretarse a sí mismo, sino que además también vuelven a aparecer los que supuestamente le secuestraron en la anterior. Aquella familia como de entrañables chatarreros, que arrastran sus propios problemas, y que acabaron también siendo amigos de Houellebecq, un tipo con más amistadades de lo que aparenta.

La principal novedad es que también aparece el orondo Gérard Depardieu, el otro gigante de la polémica francesa, con el que Houellebecq forma un curioso dueto cómico, como una versión contemporánea de Laurel y Hardy vestidos con la esponjosa bata blanca de millonarios incorrectos, sometidos a toda clase de absurdos tratamientos en un lugar en el que, por supuesto, no se puede beber, ni fumar, posiblemente las dos cosas que más les importan en el mundo.

La película no es mucho más, incluso puede parecer un chiste tan alargado como la correspondencia entre Houellebecq y Bernard Henry-Levy, donde también se trataba de dos egos tamaño Montgolfier haciéndose mutuamente. Aquí al menos los dos son graciosos, no como el de la camisa blanca, mosquetero de las causas perdidas.

 

No creas que voy a gritar, el más melancólico homenaje al cine

Me acuerdo de cuando conocí a Frank Beauvais. Fue en el Festival de Gijón. Puso cara de tristón, pero es que este enfermo de cine irradia melancolía hasta cuando sonríe. Nos cayó muy bien, pero no es la clase de persona que te saca las ideas negras de la cabeza. Su primera película también es profundamente melancólica, para más inri porque básicamente nos cuenta su vida. Una vida muy triste, que no se ha arreglado desde entonces, según nos confirmó en persona.

Y nos cuenta su vida de dos maneras. Por un lado está el monólogo incesante, con su propia voz en off, que en Francia se ha publicado en libro con un éxito considerable. Y por el otro están las imágenes, y eso ya es espectacular. Porque este, como decíamos, “enfermo de cine” ha ilustrado su texto con planos robados a casi medio millar de películas –ahora mismo sigue mirando varias películas al día, no tiene solución–, que acompañan las palabras con gestos.

Hay momentos en que la coincidencia entre la imagen y lo que cuenta oralmente puede resultar algo redundante, pero en general la película se recibe como una concatenación apabullante de imágenes recortadas de otras películas para componer un vocabulario, un diccionario básico de emociones, acciones, pensamientos, que ha ido articulando hasta conseguir un hito del llamado found footage. Ya saben, coger películas prestadas, y darle un sentido nuevo.

Luego está la decisión de omitir cualquier rasgo reconocible de todas esas imágenes que también habrán desfilado en algún momento ante nuestros ojos enfermos. No aparecen actores famosos, o si aparecen no se les ve la cara. Es una decisión artística, porque de otra forma nuestra atención se desviaría del relato, una triste historia en la que se acumulan toda clase de pérdidas (amorosas, económicas, familiares), pero también es una decisión política, que defiende el derecho a apropiarse de las imágenes y se las arranca a la hegemonía de Hollywood.

Cuando era pequeño, siempre me preguntaba por qué los actores tenían que ser famosos, ya que pensaba que solo con rostros que no pudieras identificar podías suspender la incredulidad. La historia demuestra lo contrario, pero esta película verdaderamente imprescindible devuelve el cine a un origen distinto en el que el autor es el de las imágenes de los otros, el coleccionista tristón.

 

Those Who Remained (Akik maradtak), una lección de decencia

No me acuerdo del húngaro Barnabás Tóth, director de esta fina cinta sobre los supervivientes del holocausto húngaro, ni mucho menos de Abigél Szõke, su fascinante protagonista femenina, porque nunca los he conocido en persona. Me acordaría, sobre todo de ella, de habérmela cruzado por las calles de Budapest, donde se desarrolla esta adaptación de una novela de Zsuzsa F. Várkonyi, desconocida por estos lares editoriales. En cualquier caso, es la sorpresa más agradable de lo que llevo visto de la laberíntica programación del Atlántida Film Festival. Habrá más, eso seguro.

Este drama histórico son muchas cosas al mismo tiempo y todas están bien llevadas. Para empezar no hay flashbacks ominosos del infierno en los campos, ni melodramatismos teatralizados. Hay algún flashback de los ausentes en tiempos felices, que quizás hubiesen quedado mejor reducidos a las páginas de ese álbum de fotos hojeado con creciente angustia por la protagonistas, pero tampoco molestan.

La película muestra el encuentro entre dos soledades que se complementan en una zona turbia, por donde cruza una frontera que puede que ninguno de los dos acabe por cruzar. Huérfana y problemática, según sus profesores, a ella le viene la regla en 1948, y él, cuarentón de cándida semisonrisa que ha perdido a toda su familia, es su ginecólogo. Así se conocen, en el frío hospital, con la sangre de por medio, como un símbolo del pasado.

Ante la recelosa mirada de los demás, él se hará cargo de ella, que no quiere seguir viviendo con su tía. A todo esto, se suma el marco de la sociedad al otro lado del telón de acero en la que, como todas las dictaduras, abundan los chivatos (véase Francia, véase España). Pero la película, lo suficientemente académica para ser enviada a los Oscar, tampoco se recrea en estos clichés mil veces vistos de una sociedad en la que todo el mundo está bajo escucha.

El protagonista no es ningún Humbert Humbert, más bien recuerda al Stoner de la homónima obra maestra de John Williams (el escritor, no el compositor), un apacible perdedor que acepta su destino con resignación existencial. En su caso, incluso se las apaña para salir más o menos airoso de los necesitados abrazos de esta pequeña mujer que sólo puede ser vista como una tentación.

La película es eso, el amor puro que se dispensan en unas circunstancias que les empujarían a traspasar los límites de lo permisible. En un mundo de provocación facilona, hasta resulta transgresora.

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