Obsesión continua: Así se hizo ‘La rosa púrpura del Cairo’

Cambios de actores, celos entre divas y un sonoro fracaso de taquilla… Esta es la historia de cómo Woody Allen rodó un romance más allá de la pantalla

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01 de diciembre de 2015

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  • A Allan Königsberg, de niño, el sol le hacía daño. Cuando los demás compañeros del colegio jugaban en el parque de Midwood, en Brooklyn, y bateaban pelotas en el campo de béisbol, él protegía su blanquísima piel del sol abrasador en sótanos donde practicaba trucos de prestidigitador y, sobre todo, en los cines, en muchos cines: el aristocrático Midwood, el Vogue, el Elm, el Triangle, Avalon, Kingsway, Patio… Su preferido era el Kent, un edificio decadente por cuya moqueta paseaban indiferentes las ratas y donde los diálogos eran sepultados por el ruido del cercano ferrocarril. El Kent era el último escalón de la distribución: después de aquella sala, las películas desaparecían, se desvanecían, entraban en el particular limbo habitado por los recuerdos de los que un día las vieron.

    Años más tarde a aquel chico de Brooklyn ya nadie le conocía por Allan: todo el mundo le llamaba Woody, de apellido Allen. Era 1985. Se había convertido en el rey de la comedia intelectual, en el príncipe de Manhattan, pero todavía recordaba aquellos días de magia y cine (si es que acaso no son lo mismo), máxime ahora que se encontraban ante un enemigo más feroz que el tiempo: el VHS. Así se lo contaba a Roger Ebert: “¿Sabes qué es lo que realmente me preocupa? […] La revolución del videocasete. La gente alquila películas y se las lleva a casa y no sale a verlas a los cines. Es muy triste. Siempre añoraré las moquetas rojas de felpa, y el vestirte para la ocasión y ese sentimiento de no poder esperar para ver un estreno. ¿Recuerdas cuando hacía 40 grados en el exterior y te escapabas de un sol de justicia y pagabas 20 céntimos por entrar a un cine fresquito donde estaba Louis Hayward en la pantalla, y mirabas a esos dioses y, así, pasabas de un mundo a otro?”. La nostalgia es terriblemente caprichosa: algunos se suicidan; otros se alcoholizan. Woody fue capaz de canalizar toda su tristeza en una película: La rosa púrpura del Cairo, su filme más querido. Ante su incapacidad para entender por qué el público rechazaba ese placer celestial de ir al cine, de confundir fantasía y realidad, surgió un argumento. “Me dije: ‘oye, pues sería divertido que un personaje saliera de la pantalla para entrar en la vida de una espectadora que no tiene nada. Y sería muy romántico que la hiciera entrar en la película”. Un truco de magia, como los que practicaba Allan de niño, como los que atraviesan muchos de sus filmes: las hierbas de la invisibilidad de Alice, el viaje en el tiempo de Gil en Midnight in Paris, los muertos tan vivos de Scoop o Match Point

    El galán sólo podía serlo de un tipo de película: “Una de esas películas que yo veía de niño, que yo denomino ‘comedias de champán’, ésas de los años 30 y 40 en las que todo el mundo lleva smoking y baila en grandes clubs nocturnos, vive en áticos y bebe champán sin parar”. El tipo de películas por las que se deslizaba con simpar elegancia Fred Astaire y su sombrero de copa, mientras cantaba el Cheek to Cheek que abre y cierra el filme. Porque para Woody, el melómano, no ha habido un tiempo mejor: una y otra vez ha vuelto a él, en Días de Radio, en Balas sobre Broadway, en Acordes y desacuerdos, en La maldición del escorpión de jade… Un género que, además, acentuaba la ilusión de la ficción de sus personajes con la miseria de Cecilia en la vida real. Escribió la mitad de la película del tirón antes de que le llegara el bloqueo creativo. Cuatro meses sin añadir una línea. De repente, se le abrieron los cielos: “Solo regresé al guión cuando comprendí que el actor real también tenía que aparecer en escena”. Cecilia se encuentra así atrapada entre dos amores, el del celuloico Tom Baxter (“Poeta, aventurero, explorador, de los Baxter de Chicago”), que no sabe hacer el amor, pues “eso ocurre durante el fundido a negro” y el del carnal Gil Sheperd (“yo también creo que haría un gran Lindbergh”). Cecilia no sabe qué hacer: “Todo es tan confuso. Estoy casada y acabo de conocer a un hombre maravilloso… Claro, no es real… Todo no se puede tener”.

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    Se queda con el segundo, claro, que tarda menos en abandonarla que en zamparse un bol de palomitas. Aunque uno de sus personajes diga en la película eso de “en New Jersey todo es posible”, más allá de esa ciudad todo es mucho más duro: “Tienes que elegir entre realidad y fantasía. […] La verdad es que la realidad es un lugar muy lúgubre… pero es el único sitio en el que puedes pedir comida china”.

    Woody contrató a Michael Keaton como protagonista, pero a los 10 días se dio cuenta de que aquello no acababa de funcionar. “Era un actor de los años 80, no de la década de los 30 […] Era demasiado moderno”. Esa fue la excusa oficial, aunque más de uno dice que a Allen le decepcionó como actor. Probó con Kevin Kline y, finalmente, optó por Jeff Daniels quien, hasta la fecha, no había sido el protagonista de ninguna película pero había destacado en La fuerza del cariño. También utilizó a la hermana de Mia Farrow, Stephanie, como hermana de Cecilia en la vida ficticia (“ya había hecho de doble de Mia en muchas películas, y lleva la interpretación en las venas”). Sin embargo, su gran descubrimiento y que, probablemente, cambiaría el rumbo de su cine, fue Dianne Wiest, una de las secundarias (si es que acaso eso existe), más importantes de la historia de Hollywood. Ella interpreta a la prostituta Emma. Según Peter J. Bailey, “los flirteos entre Woody y Dianne durante el rodaje hicieron sospechar a Mia de que había algo más entre ellos”. Lo cierto es que Woody, ayer y hoy, sólo tiene palabras de alabanza para Wiest, que ha obtenido sendos Oscar por sus papeles en dos películas de Allen (Hannah y sus hermanas y Balas sobre Broadway). Como guiño final rescató a Van Johnson, un héroe de su niñez y de las matinées, en el que sería el último papel de su carrera.

    El New Jersey de los años 30 se recreó en una manzana de Nueva York. Se levantaron marquesinas y la luz la puso Gordon Willis, el maestro detrás de El Padrino: “la producción fue muy complicada. Sin Gordon, no sé cómo lo hubiéramos hecho”. Para el interior de The Jewel, ese cine en el que sucede el milagro y los sueños se vuelven realidad, Allen recurrió al Kent, su viejo y amado Kent, días antes de que fuera demolido. Los restos del naufragio, los despojos de su infancia. Allí donde, literalmente, desaparecían las películas: “Cuando dejaban de proyectarse en el Kent eran archivadas, entraban a formar parte de una cápsula del tiempo”.

    Las críticas fueron entusiastas. Sin embargo, el filme fue un fracaso, otro más, en taquilla. La productora Orion culpó al descorazonador final. De hecho, intentaron sin éxito que Cecilia no acabara abandonada por sus dos amores, pero Woody se negó. “El sentido de la película estaba en ese final. Habría sido una película trivial con otra conclusión. Es un filme sobre el hecho de que la fantasía es muy bella y atractiva, pero al final tienes que elegir entre ella y la realidad. Si eliges la realidad, ya sabes que va a doler. Pero eso es lo que te hace humano. Como bien dice Van Johnson en el filme, elegir es el atributo más humano que existe”. El fiasco no disminuyó el amor de Woody por el filme, al que, todavía hoy, considera uno de los mejores de su carrera: “Nunca he conseguido llevar a cabo tan bien un proyecto, materializar fielmente una idea, como en La rosa púrpura del Cairo. Lo que se ve en la pantalla es exactamente lo que tenía en la cabeza”.

    Como Cecilia, nosotros también volveremos una y otra vez a The Jewel, a sentarnos a su lado, aferrada como está a sus palomitas mientras escucha embelesada, de nuevo, a Fred Astaire deslizarse por la pista de baile como Jesucristo por las aguas en Sombrero de copa, mientras le susurra al oído a Ginger Rogers las palabras que escribiera Irving Berlin:

    Cielo, estoy en el cielo
    Y mi corazón late tan fuerte que
    casi no puedo hablar
    Y parece que he encontrado
    la felicidad que buscaba
    Cuando bailamos juntos,
    mejilla con mejilla.

     

    Este reportaje fue publicado originalmente en el número 240 de CINEMANÍA (septiembre 240).

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