[BCN Film Fest 2020]: Así es un día en el primer festival post-confinamiento

Distancia de seguridad y mascarilla en las salas conviven con algunos brotes verdes que permiten soñar en el regreso de la vieja normalidad

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30 de junio de 2020

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  • La claustrofobia del cronista no lleva muy bien esta nueva normalidad que obliga a estar dos horas en un espacio cerrado con una mascarilla tapándole media cara. Nada que decir, el cronista conoce las medidas de prevención ante la pandemia coronavírica, se frota las manos con el gel hidroalcohólico de dispensador automático presente junto a la entrada a la sala, y no es imbécil (o no demasiado), a diferencia de algún que otro colega de oficio que se pasa por el forro cualquier precaución.

    Pero el cronista, sin alma de policía de balcón, tiene algo de claustrofobia y no lo lleva bien. Hay un runrún entre la prensa acreditada al BCN Film Fest que viaja de las ganas de cine, de las ganas de sala oscura, de las ganas de comunión peliculera, al respeto, incluso miedo, a una desescalada que, veloz como el Correcaminos, podría acabar estrellándose como el Coyote. Al cronista solamente le molesta las dos horas de mascarilla y el sudor del bigote. ¿Por qué nadie habla de las gotas de sudor en el bigote?

    El BCN Film Fest no es Cannes, ni Berlín ni San Sebastián. Aunque la respuesta del público esté resultando satisfactoria, tiempo habrá de hacer valoraciones al respecto, la expectación que levanta es limitada, más sin la alfombra roja que en pasadas ediciones despertaba la curiosidad y aumentaba el bullicio de un barrio ya suficientemente bullicioso como es Gràcia.

    Las presencias internacionales (en el barrio aún se recuerda la visita de Jeremy Irons, el pasado año) quedan reducidas a presentaciones virtuales en pantalla grande, gracias a esas mismas videoconferencias que han salvado mucha vida social durante los meses de confinamiento más duro.

    La tecnología al servicio del glamour permite que Kristin Scott Thomas salude a los espectadores de la deliciosa ¡Que suene la música!, con la que el director Peter Cattaneo recupera parte del toque de su anterior Full Monty. O que el pujante George MacKay, el soldado de 1917, dedique unas palabras a quienes se acercan a disfrutar del provocador y apabullante neowestern La verdadera historia de la banda de Kelly.

    Pero el cine español sí luce como siempre, en carne y hueso (y mascarilla), y sus premieres se acercan pese a todo a la añorada vida pre-coronavirus, con invitados presenciales como David Verdaguer, Emma Suárez o el ruidoso equipo de El sitio de Otto, uno de los filmes más interesantes de lo que llevamos de certamen.

    Autodefinida como una ópera prima colectiva, El sitio de Otto surge del entusiasmo de un grupo de graduados en esa inagotable cantera llamada ESCAC, que al terminar su formación decidieron llevar adelante, y a su manera, un proyecto que huye de cualquier injerencia industrial: filmada en 15 días con apenas 15.000 euros de presupuesto, con una estructura de rodaje tradicional pero siguiendo un proceso creativo en el que no caben las etiquetas (algunos de los protagonistas son también guionistas, y ejercen otras tareas, así funciona lo colectivo), la película narra la peripecia de un joven que, tras la muerte de su padre y ahogado por un entorno viciado y que se le queda pequeño, empieza a pensar que hay más vida fuera del pueblo en el que vive.

    Una historia sencilla pero de profundo alcance, formalmente austera, con alma, y con un grupo de actores jóvenes y talentosos, con trayectoria seriéfila: Iñaki Mur (Merlí), Joana Vilapuig (Polseres vermelles) o Artur Busquets (Drama, Estoy vivo) encabezan el reparto de un film que dirige Oriol Puig.

    Ese mismo entusiasmo que llevó a este grupo de jóvenes a levantar un largometraje se trasladaba a la sala 1 de los cines Verdi de Barcelona, en su presentación oficial en el BCN Film Fest. En la nueva normalidad, y por aquello de mantener las distancias recomendadas, el numeroso equipo presente se reparte: unos se plantan ante los espectadores para dirigir unas palabras antes de la proyección, otros aparecen tras los créditos para contestar a las preguntas del público. Sí, hay coloquio, y muy animado.

    La juventud del equipo rompe cualquier silencio, que la mayoría de sus miembros sea de Barcelona ayuda a que amigos y gente querida acuda a una sala que no está llena porque no puede estar llena, pero que sin estar llena parece llena. Y ayuda a contagiar entre el resto del respetable el jaleo y las ganas de ser lo que somos. La premiere es un éxito rotundo, reconfortante y esperanzador cuando venimos de donde venimos. A la salida, bajo el bochorno del verano barcelonés, el protocolo se relaja, la alegría de quienes han hecho El sitio de Otto es difícilmente controlable, hay abrazos enmascarados, hay cigarrillos y charla post-proyección, ganas de cervecita.

    Brotes verdes que nos permiten soñar en una vieja normalidad después de la nueva normalidad, en un festival con Kristin Scott Thomas o George MacKay pasando por una alfombra roja, en una sala sin mascarillas, en un bigote sin sudor.

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