Así era el primer remake en acción real de la historia de Disney

Antes de que reversionara 'La bella y la bestia', 'Dumbo' o 'Aladdin', el estudio empezó desde lo más humilde en 'De vuelta a casa: Un viaje increíble'

Por - 26 de mayo de 2019

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  • En su vertiente más mainstream, 2019 no sólo está siendo el año de Vengadores: Endgame y las recogidas de firmas, sino que Disney se ha esforzado en encauzar a través de él toda una avalancha de remakes en imagen real. Hace poco tuvimos Dumbo, Aladdin se estrenó este mismo viernes con grandes expectativas de taquilla, y dentro de nada tendremos El rey león y Maléfica: Maestra del mal (que no es un remake, pero su deuda estética con el clásico animado de La bella y durmiente es demasiado notoria).

    Debido a esta sucesión de revisiones pasadas por CGI, es un momento ideal para que se alcen voces criticando el déficit creativo de la Casa del Ratón y cómo se está aprovechando de la nostalgia del público para dejarle los bolsillo del revés. Aladdin, dirigida presuntamente por Guy Ritchie, es un apoyo perfecto a estas críticas por resumir las dinámicas empleadas por Disney a la hora de manufacturar estos productos; si te gusta es que te apasiona lo indecible el clásico de 1992, y si te repugna es porque llevas en contra de este plan empresarial desde el principio.

    Pero la cosa es, ¿cuál es el principio? Siendo Aladdin tan paradigmática, es interesante rastrear cómo hemos llegado a esta situación y cómo la Casa del Ratón ha aprendido tan habilidosamente a hacerse remakes a sí misma para sacar provecho de los recuerdos y el pasado. Y esta investigación se amplía a casi los mismos años de diferencia que median entre este Aladdin y el original, puesto que la película de John Musker y Ron Clements se estrenó apenas dos meses antes de De vuelta a casa: Un viaje increíble.

    Quizá conozcáis este film de Duwayne Dunham pero no se os haya ocurrido nunca incluirlo dentro de los derivados live action de Disney, y esto es debido a que su historia trascendió sobradamente la condición de remake para convertirse en todo un éxito y, a diferencia de la mayoría de los otros derivados, constituirse realmente como una muy buena película.

    Y sí, por si os lo preguntabais, este es un artículo nostálgico.

    ¿Entonces era un remake?

    De vuelta a casa: Un viaje increíble no es una película original, sino que recrea un film no demasiado conocido producido por Disney en 1963. Su título era El viaje increíble y adaptaba una novela del mismo título publicada por Sheila Burnford tres años antes. Su argumento era sumamente sencillo, pero difícil de adaptar dentro de un film de imagen real como por entonces quería hacer Walt Disney, y esta es la razón por la que en puridad hablar de Homeward Bound, como se llamó en EE.UU., no sea lo mismo que hablar del primer remake live action, sino del primer remake a secas.

    La historia se ocupaba de tres animales, dos perros y un gato, que parten en busca de sus dueños perdidos atravesando millas y millas de territorio inexplorado y, desde luego, poco aconsejable para las criaturas domésticas. Se trataba de un argumento muy susceptible de dar pie a un film animado, pero Walt Disney Productions ya se había encontrado otras veces en aprietos similares y salido de ellos gracias a su holgada experiencia en… documentales de la naturaleza.

    Se conocen como True-Life Adventures a una serie de documentales de duración variable que Disney produjo entre 1948 y 1960, y que tuvieron un enorme éxito crítico capaz de propulsarles a ganar una gran cantidad de Oscars dentro de las categorías de Mejor Cortometraje o Mejor Documental. Dichas piezas se dedicaban a explorar la vida animal en los más hermosos parajes del mundo, pero por supuesto estamos hablando de Disney, y el interés de sus ejecutivos no podía ser solo divulgativo: también debían crear espectáculo.

    Es por ello que, en la realización de estos documentales, muchas veces se recurrió a la manipulación directa de los parajes observados para lograr un mayor impacto, siendo tristemente célebre el caso de los Lemmings en Infierno blanco, dirigido por James Algar en 1958. Cuando el público vio este largometraje, muchos fueron los traumas provocados por la visión de un grupo de roedores despeñándose por un barranco sin ninguna amenaza visible y cometiendo, por tanto, un suicidio en masa.

    Desde el momento de su estreno surgieron críticas y suspicacias pensando que los animales habían sido acorralados por el equipo de rodaje para provocar su espectacular caída, y en 1983 una investigación acometida por el canadiense Brian Vallee condujo al descubrimiento de que, en efecto, había sido así. El asunto de los lemmings pasó a formar parte de la leyenda negra de Disney mientras su arraigo en la cultura popular conducía al desarrollo de videojuegos inspirados en el suceso, pero su influencia ya había podido rastrearse a principios de los 60.

    La manipulación del entorno y la utilización de animales amaestrados condujo a que Disney quisiera construir historias valiéndose de sus imágenes, lo que a la larga acabó conduciendo a la realización de films como Perri, Nómadas del Norte, The Legend of Lobo o, finalmente, El viaje increíble, donde el equipo lidió con animales algo más manejables tras enfrentarse a pumas, ardillas o jaguares. Esta vez, la historia la proveía el libro de Burnford, pero el mecanismo era el mismo.

    Esto es, una voz en off (generalmente la de Rex Allen) ocupándose de narrar y dar sentido a las andanzas de los animales, que en el film son mudos y no hacen gran cosa salvo desplazarse o ladrar/maullar. Ni que decir tiene, Disney no tenía grandes expectativas comerciales con películas así, y es por ello que El viaje increíble se estrenó como coproducción canadiense en muy pocos cines, lo cual no evitó que tuviera muy buenos comentarios críticos y el público pareciera disfrutarla.

    La aventura de los perros Load y Bolger, y del gato siamés Tao, se convirtió en un film de escasa proyección pero capaz de contener una suerte de cumbre para los híbridos True-Life. El intento de inyectar narrativa en las correrías de animalicos adiestrados nunca lució mejor que aquí, y acabó dando pie a una continuación directa exactamente 30 años después.

    Shadow, Chance y Sassy

    Antes de De vuelta a casa: Un viaje increíble, lo más parecido a un remake que había hecho Disney era El comebollos (1972), una revisión de la Biscuit Eater estrenada por Paramount en 1940. Como en este caso readaptaba una película ajena a su propiedad, la nueva versión de El viaje increíble suponía un movimiento inédito para la compañía, y probablemente achacable al éxito que las películas de perretes (con Beethoven, uno más de la familia a la cabeza) estaban obteniendo a principios de los noventa.

    Teniendo en perspectiva otros intentos previos de saquear el pasado, como suponían las Disney Sunday Movies que vía TV habían albergado todo tipo de secuelas baratísimas de éxitos antiguos en imagen real, De vuelta a casa partía con la ambición de estrenarse en cines y suponer un éxito que no palideciera demasiado ante los logros de mastodontes como La sirenita, La bella y la bestia o, sí, Aladdin. Y es por ello que todos los implicados se esforzaron en que el remake tuviera sentido por sí mismo, y no por el hipotético recuerdo del espectador.

    La primera decisión, y acaso la más celebrada, fue la de cambiar totalmente el sentido de la narración al prescindir de una voz en off y dejar que hablaran los animales. Por supuesto, en 1993 los efectos CGI no habían avanzado tanto como para que las bocas de los protagonistas se movieran al compás sin que el resultado fuera abominable, pero aun con los rostros impasibles de los animales el resultado no desmerecía en absoluto. Es más, como los perros y el gato elegidos tenían una presencia magnética en pantalla, sólo era cuestión de encontrar los actores indicados, y que el guión hiciera un buen trabajo a la hora de definir sus personalidades.

    Y todo salió de maravilla. Chance, el perro más joven, fue doblado en la versión original por Michael J. Fox mientras Sassy (el felino, que cambiaba de sexo tras la película de 1963) se beneficiaba de la voz de Sally Field, y el líder de la manada, por nombre Shadow, era interpretado por Don Ameche. El libreto realizaba un excelente trabajo a la hora de describir las relaciones entre estos animales, y pequeñas ocurrencias como hacer que Chance fuera el encargado de narrar la historia le daban un enorme empaque al conjunto.

    Ayudado de una banda sonora sorprendentemente inspirada (a cargo de Bruce Broughton), y de cierta inteligencia a la hora de plantear los pasajes más emocionales, De vuelta a casa se alzaba como un film muy sólido capaz de mover las lágrimas del espectador, fuera cual fuera su edad. Todo gracias, claro, a los rostros de los entrañables animalillos, pero también a la conveniente dilatación de la escena del final reencuentro con sus amos, y a auténticos golpes de brillantez como el monólogo de Shadow sobre la misión de los perros como mejores amigos del hombre.

    La historia, por tanto, había ganado en atractivo y pregnancia, y ni siquiera los aspectos más problemáticos del rodaje (con escenas donde es mejor no pensar cómo consiguieron esas reacciones en los animales) ensombrecieron el exitoso estreno de De vuelta a casa: Un viaje increíble hace 26 años. El remake había logrado justificar su existencia de sobra, y hasta el punto que muchos de los espectadores que entonces decidieron erigirla como uno de sus films de referencia no tenían ni idea de que se trataba de una segunda versión de algo.

    Todo lo que vino después

    Un año después se estrenó El libro de la selva: La aventura continúa, que sí podría ser entendida como el primer remake live action de Disney al pasar a imagen real la película animada de 1967. Curiosamente, este film también se preocupaba de que el traspaso tuviera sentido más allá de las necesidades financieras, y Stephen Sommers (experto en dignificar blockbusters, como demuestra La momia) planteó la película como una adaptación directa de la novela de Rudyard Kipling, dejando los guiños al mínimo.

    Coincidía con la afloración de remakes destinados a la televisión de antiguas películas de Disney como El extraño caso de Wilby o Internauta por accidente (protagonizada por Kirk Cameron basándose en Mi cerebro es electrónico), pero la consecuencia más directa del éxito de De vuelta a casa fue, naturalmente, su continuación. De vuelta a casa: Perdidos en San Francisco se estrenó en 1994 con los mismos protagonistas y un argumento sospechosamente similar a Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, e igualmente funcionó de maravilla en taquilla.

    Las críticas no fueron tan entusiastas, por su parte, e iniciaron una tendencia con respecto a los derivados de Disney que se extiende hasta nuestros días. Flubber y el profesor chiflado, 101 dálmatas o Tú a Londres y yo a California supusieron films muy queridos por el público (en ocasiones, como en el caso de Flubber, capaces de superar al material original), pero la maquinaria de remakes se mantuvo intermitente a lo largo de los años siguientes, hasta el estreno de Alicia en el país de las maravillas en 2010.

    La película de Tim Burton, a diferencia de los remakes mencionados, ensayaba por primera vez una traducción directa del lenguaje animado, aprovechándose de las bondades del CGI. 101 dálmatas o, sin ir más lejos, De vuelta a casa, habían tratado hasta ahora de respetar que trabajaban en formatos distintos al tiempo que se plegaban a las necesidades de estos: por eso la aventura de Chance, Shadow y Sassy se apartaban de cualquier influjo True-Life y el film protagonizado por Glenn Close descartaba poner a todos esos perros a hablar como en el original animado.

    Burton, sin embargo, se fue a lo más directo y optó por recrear con la mayor fidelidad posible la estética colorista de la película de 1951, a la que servía supuestamente de secuela. El resultado, si bien podía beneficiarse de parte de la inventiva del realizador, sentó un precedente que el resto de remakes de films animados seguirían religiosamente, ahogando poco a poco cualquier creatividad en función a la familiaridad que el espectador pudiera sentir ante lo ya conocido.

    De vuelta a casa: Un viaje increíble descartaba tajantemente la nostalgia a la hora de moldear su atractivo, y eso es algo impensable para los remakes que Disney ha ido produciendo en los últimos años. Después de Alicia en el país de las maravillas ha venido Maléfica (tampoco un remake al uso, pero con ambiciones parecidas), y luego una serie de producciones que han fundamentado su atractivo en la capacidad de los espectadores para fijarse en lo muchísimo que se parecen a la oferta animada original… pero ahora siendo todo hiperrealista.

    El libro de la selva, La bella y la bestia, Dumbo y, ahora, Aladdin, son exponentes de un cambio en la política de Disney que se aleja diametralmente de lo logrado durante la década de los noventa. Época en la que la Casa del Ratón se atrevió a hacer un remake de El viaje increíble no porque pensara que los espectadores de 1963 se iban a a acordar de ella, sino sólo porque creía que era una historia que merecía la pena contar a las nuevas generaciones.

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