Asesinos a sueldo: glamour en el cine, cutrez en la vida real

Los ejecutores profesionales son hombres mal pagados, bastante chapuceros y sin nada que ver con sus homólogos de la pantalla.

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05 de febrero de 2014

La vida está muy achuchada, la crisis aprieta y, si uno se ve en paro, puede plantearse trabajar en cualquier cosa. Incluso, para qué lo vamos a negar, como asesino a sueldo. Tal vez algún cinemaníaco pueda verle un punto prometedor esa carrera, y no nos extrañaría: el celuloide ha retratado a los profesionales de la muerte a crédito desde perspectivas que van desde lo épico (la saga de Jason Bourne, las obras maestras de John Woo) a lo descacharrante (Equipo mortal, Escondidos en Brujas), pasando por la comedia romántica de Killers (con Ashton Kutcher y Katherine Heigl, nada menos) y, por supuesto, innumerables filmes sobre la Mafia, su mundo y sus cosas. Fuera de la ficción, pero también en la órbita hollywoodiense, encontramos el espeluznante caso de Charles Harrelson: el padre de Woody Harrelson, de profesión hitman, ha pasado a la historia del crimen organizado en EE UU por liquidar (previo encargo de un narcotraficante) a un juez federal en 1979. Claro que la historia de este señor, que alternaba los tiros en la cabeza con atracos y timbas de póker, es mucho menos emocionante que la de cualquier personaje de cine. Y más próxima, también, a la que podemos encontrar en la vida real.

¿Cómo sabemos esto último? Pues gracias a un estudio de la Universidad de Birmingham en el que se estudia el mundo de los asesinos profesionales desde una óptica bastante imparcial. Los resultados del informe nos hablan de un oficio con remuneraciones tirando a flojas, cuyos practicantes se mueven en entornos de lo más cutre y que, en general, no tiene nada de glamouroso, sino que evoca más bien a los inefables Vincent y Jules de Pulp Fiction. A continuación te ofrecemos una selección de sus datos, contrapuestos con ejemplos de cine, para que te lo plantees dos veces a la hora de aceptar según qué ofertas de empleo.

Un trabajo mal pagado

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Parece que ni siquiera los trabajos como ejecutor al margen de la ley se hallan a salvo de la precariedad laboral: el estudio de la Universidad de Birmingham comenta que los sueldos de los asesinos “resultan inferiores a lo que uno podría esperar dados el valor económico de la vida humana y los riesgos que encara el profesional”. El texto sitúa el coste medio de mandar a alguien al otro barrio en los 18.000 euros, mientras que la máxima cifra de la que se tiene constancia es de 120.000 euros. Por lo tanto, aquí tenemos el primero de nuestros mitos cinéfilos en venirse abajo: las tarifas vigentes se alejan mucho de los dos millones de euros (ajustados) que se embolsaba el protagonista de Chacal (1973) por cada contrato. Así las cosas, para comprarse un casoplón como el de Angelina Jolie y Brad Pitt en Señor y señora Smith, un hipotético matrimonio de asesinos profesionales debería hacer muchas horas extra, aun a pesar de los dobles ingresos. Y eso sin contar con los gastos en material.

Ofertas para todas las edades

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Cuando pensamos en un asesino a sueldo de cine, la primera imagen que nos viene a la cabeza es la de un señor de mediana edad. Ahí, según el estudio, el celuloide hace diana, pero sólo en parte. Según los investigadores, aunque la media de edad para un profesional del asesinato en el Reino Unido es de 38 años, también los hay mucho mayores (el más viejo fue a la cárcel por un crimen cometido a los 63 años) y tan jóvenes como un chaval londinense de 15 años que cobró 240 euros (invertidos en la compra de una gorra marca Dolce & Gabbana) por cargarse a una mujer siguiendo las órdenes del ex marido de ella. Sin embargo, insistimos que se trata de excepciones, y que el John Cusack de Un asesino algo especial (enfrentado a ese terrorífico rito de madurez llamado “reunión de antiguos alumnos”) parece marcar la pauta.

Las víctimas: sin reparos ni escrúpulos

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Tras hablar de la edad de los asesinos, pasemos ahora a ocuparnos de esas personas que, aun sin verse obligadas al desembolso económico (sólo faltaría) acaban siendo despachadas por los profesionales del asesinato. Aquí, nos tememos, los datos son bastante deprimentes: aunque la media de edad de las víctimas de crímenes contratados en el Reino Unido es de 36 años, también nos encontramos con un arco de posibilidades en el que caben desde sexagenarios a un niño de 10 años. Según se explica en el informe, los críos eliminados en asesinatos a sueldo suelen ser testigos del hecho (a veces, los hijos del blanco) eliminados por el asesino a fin de que no puedan delatarle. Por ello, y aun suponiendo que alguna excepción habrá, los hitmen caballerosos como el Jean Reno de El profesional  o Tom Hanks en Camino a la perdición (esos que mantienen la norma de “ni mujeres ni niños” contra viento y marea) pertenecen al reino de lo ficticio.

Un club para hombres

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Ya lo avisó en su día el doctor Freud: la conjunción entre el sexo y la muerte tiene atractivos muy poderosos. Y también, añadimos nosotros, da píngües beneficios en taquilla: por existe el subtropo de la asesina sexy, en el cual caben desde Nikita (bien con el rostro de Peta Wilson, bien con el de Bridget Fonda) Elektra (Jennifer Garner) a la inmarcesible Uma Thurman de Kill Bill, pasando por innumerables enemigas (o amantes, o ambas cosas) de James Bond. Sin embargo, la Universidad de Birmingham viene una vez más a quitarnos las ilusiones, porque su estudio sólo tiene constancia de una asesina profesional: se trata de Te Rangimaria Ngarimu, mujer neozelandesa de etnia maorí encarcelada por matar a un contratista de obras en 1992. Por cierto, Ngarimu se embolsó 13.600 euros por su trabajo, casi 5.000 menos que la media. Lo cual podría indicar que la disparidad salarial según sexos se extiende también al crimen organizado.

Métodos poco imaginativos

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Estrangulamiento, envenenamiento, descuartizamiento… Los métodos de trabajo de los asesinos de cine son de lo más variado, con la bombona de aire de Javier Bardem en No es país para viejos como summum de la originalidad. Nada que ver, por lo que parece, con sus homólogos en nuestro mundo, ni tampoco con la clásica expresión “que parezca un accidente”: según el informe que manejamos, los crímenes bajo contrato suelen llevarse a cabo en su mayoría usando armas de fuego. Ahora bien, hablamos del tradicional tiro de pistola a bocajarro , y no de rifles de precisión disparados desde una azotea tras horas de paciente espera. El segundo método favorito de los asesinos profesionales es matar a sus víctimas a golpes, algo tan trabajoso como antiestético por lo demás, que en todo caso puede recordarnos a Marv (Mickey Rourke) en Sin City. Está claro que si el Charles Bronson de Friamente… sin motivos personales (sin duda el asesino profesional más mañoso de la historia del celuloide) tuviera ocasión de ver este panorama, acabaría muy deprimido.

El currículum importa

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Decir que el asesinato profesional es, ante todo, una profesión, resulta una clamorosa perogrullada, pero también una verdad como un templo según nuestro análisis. Así, el estudio distingue hasta seis tipos posibles de killers según su reputación y competencia, empezando por los jóvenes y chapuceros “novatos” (delincuentes de poca monta o desempleados en busca de un ingreso extra) y acabando por los “maestros”, categoría formada (siempre según el informe) por ex militares y criminales encallecidos. Los “maestros” emplean armas muy sofisticadas, atienden encargos de altos vuelos, viajan mucho y tienen el suficiente conocimiento de su oficio como para no dejar pruebas ni rastros de sus actividades. Irónicamente, y pese a afirmar su existencia, el estudio no puede aportar ningún nombre de este último sector, ya que sólo se basa en casos de asesinos convictos. A nosotros, por nuestra parte, la categoría nos recuerda muy mucho al Tom Cruise de Collateral.

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