¿Cuánto costó que James Stewart dijera “bragas” en una película?

'Anatomía de un asesinato', uno de los mejores thrillers jurídicos de la historia, puso Hollywood patas arriba con unas cuantas palabras malsonantes.

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29 de septiembre de 2020

¿Te gusta el cine clásico? ¿Te gustan los directores llenos de cinismo helado y cuyo humor tiene el color del asfalto en agosto? Si la respuesta a ambas preguntas es “sí”, entonces seguramente ya hayas descubierto la obra de Otto Preminger. Y, si no es así, estás de suerte: nosotros vamos a descubrirte la obra de este cineasta (del que tal vez hayas oído hablar gracias a su interpretación de Míster Frío en la serie Batman). Concretamente, a través de una de sus mejores películas, una nadería titulada Anatomía de un asesinato (1959). Y, para ser más exactos, a través de la tremolina que se montó cuando James Stewart dijo la palabra “bragas” en una pantalla.

Pongámonos en situación: en 1959, el llamado ‘código Hays’ ya flojea, pero este conjunto de normas censoras aún está vigente en Hollywood y pasará una década hasta su extinción total. Lo cual no quiere decir que Preminger, un judío de Bukovina exiliado a Hollywood para huir de los nazis, no se prive de desafiarlo siempre que puede. Tras conseguir su primer gran éxito en 1944 con una obra maestra del cine negro (Laura), el director se ha convertido en un experto en abordar temas escabrosos, cuando no directamente tabú. Películas como Vorágine (1950), Carmen Jones (un musical de reparto íntegramente negro, estrenado en 1950), El hombre del brazo de oro (1955, con un Frank Sinatra nominado al Oscar) o la incestuosa Buenos días, tristeza (1958) están ahí para probarlo.

Sin embargo, una cosa es tentar al público con morbos diversos y otra ofrecerle una ración de verdadera podredumbre. Algo de lo que Anatomía de un asesinato anda sobrada. Adaptando la novela de Robert Traver (en realidad, un seudónimo del juez John D. Voelker), la película ofrece lo que podría ser un típico y tópico relato judicial, con un abogado graciosete y avispado (Stewart) defendiendo ante el tribunal a un militar (Ben Gazzara) acusado de matar a un hombre por haber violado a su esposa (Lee Remick). Una historia esta que, partiendo de otro original y adaptada por otro cineasta, podría haber resultado muy inofensiva… pero este no es el caso ni de lejos.

No lo es, para empezar, porque Anatomía… supone lo más opuesto a Matar a un ruiseñor que uno pudiera imaginarse. Si bien los prejuicios (no raciales, en este caso, sino sexuales) juegan un importante papel en la trama, la película no se corta un pelo en dejarnos ver que todos los implicados en el proceso son unos bastardos de campeonato. Y eso incluye a Paul Biegler, el leguleyo interpretado por Stewart: lejos de un campeón de la verdad en plan Atticus Finch, nuestro protagonista es un cínico redomado cuyos mayores intereses son cobrar y ganar su caso, por ese orden, sin que cualquier noción abstracta sobre la justicia vaya a impedirle dormir por las noches.

Así pues, una vez que concluyen los créditos de Saul Bass (agraciados, para colmo, con una estupenda BSO firmada por Duke Ellington), Anatomía de un asesinato se muestra pródiga en momentos sórdidos. Tan sórdidos, de hecho, que un espectador de 1959 los encontraría extremadamente desagradables, en las antípodas de una comedia de Doris Day. Y no digamos si, para colmo, el cénit de esta atmósfera malsana no se encuentra en ningún mugriento tugurio, sino en la sala de vistas de un juzgado.

Además de ofrecer momentos de rara tensión, con el amoral Biegler presentando como una violación lo que (sospechamos) ha sido un acto consensual, las escenas del juicio no se cortan un pelo a la hora de usar el vocabulario correspondiente durante los interrogatorios. En concreto, Anatomía de un asesinato causó un terremoto en Hollywood por usar una lista de términos entonces inauditos en el cine de Hollywood, entre ellos “zorra”, “anticonceptivo”, “penetración”, “violación”, “esperma” “bragas”. Muchos de ellos, para colmo, en boca de James Stewart, actor al que la mayor parte del público identificaba con sus westerns, sus comedias y aquellos dramas humanistas que protagonizó para Frank Capra. 

Vale: sabemos que, a estas alturas, Stewart ya había protagonizado varios filmes para Alfred Hitchcock, entre ellas la perversa Vértigo. Pero, por muy sucia que tuviera la mente, el ‘Mago del Suspense’ siempre fue muy bienhablado, y jamás había puesto palabras tan soeces en labios del actor. Menos aún haciéndoselas pronunciar mientras sostiene entre las manos una prenda de ropa íntima femenina.

Como esperaba Otto Preminger, el estreno de Anatomía de un asesinato causó un mediano revuelo, pero dicho escándalo fue más bien una tormenta en un vaso de agua. El mayor enemigo del filme fue Richard J. Daley, alcalde de Chicago, quien ordenó retirarlo de los cines de su ciudad (y se vio obligado a reponerlo después de que Preminger le llevase a juicio). Una leyenda urbana, recogida por IMDB, afirma que otro de los detractores del filme habría sido el padre de James Stewart: según esta historia, el anciano caballero (propietario, para más señas, de una próspera ferretería) habría agarrado tamaño cabreo al ver a su hijo soltando palabrotas que incluso pagó anuncios en la prensa rogando al público que no viese la película.

Más allá de estos dos incidentes, Anatomía de un asesinato obtuvo buenas críticas. Y, aunque no ganó ninguna de sus siete nominaciones a los Oscar (presentarse en el año de Ben-Hur, era lo que tenía) ganó unos estimables 11 millones de dólares en taquilla (aproximadamente 98 millones, ajustados a la inflación) pese a su duración de más de dos horas y media. En el día de hoy se la sigue considerando como una de las mejores películas judiciales de la historia, siendo presencia fija en las listas de obras maestras elaboradas por el American Film Institute y otras instituciones.

Pero la verdadera trascendencia histórica de la película fue mucho más allá. Lanzada en un momento de transición, con el cine compitiendo ya por la TV por el favor del público, Anatomía de un asesinato demostró que una producción más o menos mainstream podía abordar temas a priori inaceptables para la moral y las buenas costumbres sin por ello dejar de contar como una obra de arte. A una década de distancia, los cachorros del ‘Nuevo Hollywood’ (con Scorsese a la cabeza) esperaban para demostrar que habían aprendido la lección.

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