Fernández Armero: “Los 90 molaban más”

Con 'Las ovejas no pierden el tren' en cartel desde hace unos días, el director que cambió la cara a la comedia española hace dos décadas echa la vista atrás.

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04 de febrero de 2015

“Voy a 70 por hora, tengo 27 años, me llamo Carlota y conduzco una ambulancia”, decía María Esteve en los créditos de Nada en la nevera poco antes de salvar a Coque Malla de un entripado de huevos estilo La leyenda del indomable. 16 años después, Candela Peña toma el relevo de aquel personaje tan histérico como inolvidable en Las ovejas no pierden el tren, nueva comedia del director de Todo es mentira, Brujas El arte de morir. Hablamos con Álvaro Fernández Armero (Madrid, 1969) sobre la persona en la que están inspiradas esas mujeres, la crisis (de expectativas), los felices años 90 y lo difícil que sigue siendo hacer comedia sin apellidos.

Wikipedia dice que estudiaste filosofía.

Lo que no sabe la Wikipedia es que estoy estudiando ahora.

¿De verdad? ¿Qué estudias?

Antropología en la UNED. Yo dejé la carrera en segundo así que me perdí el rollo universitario. Un año en el que tenía poco trabajo decidí matricularme. Si no estoy con un proyecto muy demandante me voy a la biblioteca. Me paso el día estudiando o escribiendo. Como allí. El menú cuesta seis euros [se ríe].

¿Dejaste la carrera por el cine?

Bueno, porque empecé a trabajar de meritorio en publicidad.

Ah, ¿y cómo entraste en el mundo de la publicidad?

Esta historia es bastante increíble. Mi hermana salía con Nacho Cano. Él le pidió la casa a mis padres en Asturias para rodar un videoclip, que era el de La fuerza del destino. Yo tenía 19 años y me ofrecí a hacer de casero, para abrir la casa y controlar que todo fuese bien. Y claro, me acabé metiendo en el equipo. Conocí a Penélope Cruz y le dije que me haría director. Ella contestó que sería actriz. Así que quedamos en hacer una película juntos. Tres años después hicimos Todo es mentira.

Pero antes vino un corto tuyo, El columpio.

Pues en el 92 estaba trabajando de guionista en Pasando, un programa de RTVE. Allí me habían dicho que tenía que escribir los guiones en dos columnas: en la izquierda iban las imágenes y en la derecha, la voz en off. Hice algunos y un día, con mi vena truffautiana, romántica, escribí uno sobre el amor. Me imaginé la escena en el metro de El columpio. Nunca lo entregué. En vez de mandarlo, se lo enseñé a Coque.

¿A Coque Malla? ¿De qué lo conocías?

¡Era novio de mi hermana! [Se ríe]. Después de Nacho salió con Coque [más risas].

¿Y por qué no llamaste a Penélope?

Pues no sé. Creo que Coque sugirió a Ariadna Gil porque acababa de hacer una sesión de fotos con ella. Y yo le escribí una carta. Aceptó. Así empezó todo…

El columpio tuvo muchísimo éxito.

Sí. Yo lo había hecho como una práctica. Pero empezó a crecer la cosa, eso que pasa una vez en la vida. Fue espectacular. Es verdad que yo lo trabajaba como una película. Hice un estreno, escribí a periodistas y hasta les mandaba el corto en VHS. El estreno fue el 13 de enero de 1993, el día que estrenaron Drácula. Se llenó. ¡Y hasta hoy!

Es que era otra época, ¿no?

Sí. Ahora todo es más difícil. Todo está descubierto, queda menos por explorar. Eran los 90, que molaban más.

¿Qué pasa con Todo es mentira? No hay manera de verla legalmente.

El dvd nunca se editó. Los productores se separaron. Es una película desaparecida. Sólo he conseguido encontrarla en Grecia por eBay. Tengo cinco copias en griego.

Pues se podría lanzar un buen pack con Nada en la nevera. ¿No crees?

Lo he intentado sin éxito. Me he agobiado tanto con ese tema que he acabado pensando que igual es así como tiene que ser.

¿Qué pasó después de El columpio?

Que me llamaron a la vez dos productores. Me reuní con Enrique Cerezo y me preguntó si tenía una idea para una película. Le contesté que “claro, claro, ¿cómo no la voy a tener?” y luego me fui corriendo a casa, histérico, a inventarme una. La primera idea que tuve era una escena en la que había una pareja. Ella le decía: “Si fumas mientras comes tendrás úlcera de estómago”. Y él contestaba: “Fumo cuando me da la gana”. “Pues eres un imbécil”. “Y tú una gilipollas”. Luego ese diálogo no sale en la película ni nadie fuma [risas].

Ya, pero nadie diría que no es un diálogo de Álvaro Fernández Armero…

[Se ríe]. Bueno, se puede decir que el tono ha sido siempre mi mayor obsesión. Cuando hice Todo es mentira ni siquiera me había planteado la cuestión del género. Si me apetecía que una secuencia fuese dramática la hacía dramática y si quería que fuese cómica, la hacía cómica. Y, por alguna razón, todo encajaba. Cuando salió la película empezaron a decirme que hacía comedia. Y yo contestaba “¡Ah! ¡No sabía!”. Yo contaba historias y las contaba de esa manera cómica y desorbitadamente trágica. En Las ovejas no pierden el tren hago lo mismo pero siendo más consciente. Pero… ¿qué apellido le pongo a mis comedias? Cada vez que hago una nueva me vuelvo a meter en ese limbo raro… ¿Es comedia indie, a la francesa, comercial…? Mi única esperanza es que, con el tiempo, el apellido sea que la comedia es mía. Pero sin jugar a ser autor, porque me da pudor. Como no llega ese momento, pues hago piruetas.

¿En el guión de Todo es mentira había mucho de tu vida?

Todo. No exactamente, pero sí. Lo de “Me voy a Cuenca” pasó de verdad. Que yo salía de un bar, quemado una noche, a las cuatro de la mañana y me compraba un bocata y quisiera irme a Cuenca, pasó. Entonces llamé a una telefonista y le dije que quería un hotel en Cuenca. “Pero señor, dígame el nombre del hotel”. “Señora, es que no sé el nombre del hotel” [recita las líneas del guión entre risas]. Fíjate, ahora mismo con internet esa secuencia no se entendería. “¡Pero señor! ¡Es que yo pongo aquí Cuenca y me sale la Ciudad Encantada!”. “Ya, ya, señora, pero ¿no puede poner ‘Hoteles en Cuenca?”. Bueno, al final le colgué el teléfono y me metí en la cama. No sé por qué me quería ir a Cuenca.

¿Cómo eran Penélope y Coque?

Penélope era muy arriesgada y curranta. Coque, puro instinto y talento. Una escena habitual de esa película era que yo les escuchaba por los cascos inalámbricos. Por la izquierda me llegaba la voz de Coque [imitándolo, con voz grave]: “Pues nada, el bocata era de calamares, pero de los grandes”. Y por la derecha, Penélope [voz femenina]: “Que te vayas a la mierda, eres un imbécil”, repitiendo los diálogos de la película una y otra vez. Así que una estaba súper concentrada y el otro hablando de bocatas de calamares con el eléctrico [se ríe]. Y, sorprendentemente, todo funcionaba.

¿Coque Malla era tu álter ego?

Hombre, es que éramos íntimos. Del mismo año. Salíamos juntos todas las semanas… Eso funcionó en la película, esa identificación del actor con el personaje.

Todo es mentira también fue un éxito.

Fue un sleeper. Se estrenó en octubre y en febrero seguía en el cine. Yo le tengo mucho cariño. Eso que pasó allí no vuelve a pasar. Harás una buena peli pero no tendrá eso.

¡Nada en la nevera es un peliculón!

Ahí yo quería hacer algo tipo cómic, sin que me gustasen demasiado los cómics. Pero quería hacer algo más arriesgado, más surrealista. Eso condicionó a los personajes porque tienen un punto de irrealidad. Tuvo menos éxito que Todo es mentira en los cines pero llegó el momento del vídeo y fue un boom. Era imposible cogerla en el videoclub.

La escena del pedo resume lo distinto que pensamos mujeres y hombres.

Eso fue gracias a mi hermana. Ella es una fuente inacabable de historias. Casi todas las mujeres de mis pelis vienen de mi hermana, de cómo habla de sus escarceos amorosos. Es Candela Peña en Las ovejas… y María Esteve en Nada en la nevera.

¿Y qué referencias cinéfilas tenías?

Mi película de cabecera siempre fue Elígeme, de Alan Rudolph. Corazonada, de Coppola. Personajes soñadores, perdedores, solitarios. Y romanticismo, pero moderno. No clásico. Truffaut, Woody Allen, Jim Jarmusch… Y Paul Thomas Anderson. Muy bestia. Otra liga.

¿Qué pasó después?

Después de Brujas y Nada en la nevera estaba muy quemado. Tenía 28 años y ya había pasado una vida entera. Me había costado mucho sacar adelante mis pelis y otras que se quedaron por el camino.

Empezaste a trabajar en la tele…

Cuando terminé Salir pitando le vi las orejas al lobo. El cine estaba cambiando. Se iba a polarizar y la clase media estaba en vías de extinción. Entré en la tele, hice 30 episodios de series, mucha comedia. Un año con poco trabajo empecé a escribir un guión sobre un tipo desesperado y me dio por titularlo Las ovejas no pierden el tren.

¿Cómo se te ocurrió el guión?

Lo primero que me vino fue una imagen de un señor vestido de ciudad sentado en una piedra en medio del campo. A partir de ahí crecieron los personajes. Todo es mentira la escribí porque en mi entorno pasaban cosas a la vez. Lo que nos pasaba entonces es que éramos veinteañeros a la gresca con nuestras parejas. Lo que me llevó a escribir Las ovejas… es que todo el mundo a mi alrededor estaba preguntándose: “¿Qué coño hago ahora?”. Nos cuestionábamos el peso de las expectativas en la vida. Y pensé: “¿Qué ocurriría si dejásemos de preocuparnos tanto?”.

Por mucha gravedad que haya en tus pelis,en todas hay una mirada optimista.

Superoptimista. Soy como un niño gamberro optimista. Me gusta enrredar, ser un poco cabroncete pero soy inofensivo. Mis comedias son bastante blancas.

¿Ha crecido el poso amargo de tus películas con la edad de tus personajes?

Bueno, no lo sé. El personaje de Coque en Todo es mentira no creía en nada. Era la época del nihilismo. Ahora ya no soy nada nihilista. Creo en más cosas. Pero desde luego no se vive la vida igual a los 45 que con 20. El paso del tiempo es un poco cabrón.