Alejandro Jodorowsky: “Los productores son unos cobardes”

El mago chileno ha estrenado en España 'La danza de la realidad', su primera película en 24 años.

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27 de septiembre de 2014

Cuando uno se encuentra cara a cara con Alejandro Jodorowskyhay una pregunta que se hace inevitable. Y esa pregunta es: ¿de verdad tiene 85 años? Pues sí que los tiene, aunque cualquiera lo diría al ver la soltura con la que maneja su smartphone entre pregunta y pregunta. Este señor tan jovial, de pelo cano y verborrea inacabable (“Tengo un defecto, y es que en las entrevistas hablo poco de cine”, indica al comenzar, “porque me pongo a hablar de cosas filosóficas, espirituales… Háganme las preguntas que quieran, pero les advierto”) nació en 1929 en Tocopilla, un pueblecito de la provincia chilena de Iquique al que ahora, tras una ausencia de muchas décadas, ha vuelto para dirigir La danza de la realidad, su primer filme en 24 años. Adaptando su propia novela autobiográfica, y a fuerza de pura extrañeza, Jodorowsky nos recuerda que él no es sólo ese chamán posmoderno que tanto enfurece a sus detractores, ni el compañero de correrías de Fernando Arrabal (que guionizó Fando y Lis, su debut en la pantalla) ni tampoco el guionista de cómics que ha pergeñado obras maestras de la viñeta en compañía de dibujantes como Moebius Juan Giménez: también hablamos de un cineasta al que el término “visionario” se le queda corto, y tan famoso por los filmes que ha estrenado (El Topo, La montaña sagrada, Santa Sangre) como por esa mastodóntica adaptación de Dune que nunca llegó a completar. Ante una carrera tan desorbitada, ¿por qué toca ahora un retorno a los orígenes?

Pues, desde luego, no toca por la añoranza de tiempos felices: a Jodorowsky, su pueblo natal no le gusta nada de nada. “En Amarcord, Fellini habla con nostalgia de su infancia. Pero para mí no fue maravilloso: ¡me quería suicidar!”, exclama. Y prosigue: “Tocopilla no es Chile: es un pueblo olvidado, como el Macondo de García Márquez. En 80 años sólo se ha construido allí un edificio, y eso porque se cayó por un terremoto, y en los años 30, cuando era niño el 60 por ciento de la población vivía en la miseria”, nos cuenta. “Antes, el pueblo vivía de la minería de cobre y salitre: por eso [como se ve en la película] estaba lleno de ex mineros mutilados, a los que la dinamita les había arrancado las piernas y los brazos. Les echaban del trabajo como a perros, vivían de la caridad pública y se reunían en una esquina donde bebían alcohol de quemar, el de las lámparas, que les volvía locos. Ahora todo gira en torno a una central eléctrica: nadie vive más allá de los 55 años, porque trabajan en la fábrica y agarran el cáncer. Eso es Tocopilla. Y la gente se queda, y ama el lugar”. ¿Qué sintió, entonces, al regresar a un sitio que su propia descripción pinta con tan poco grato, y que abandonó “expulsado” cuando tenía 10 años y su familia se mudó a Santiago de Chile? “Cuando me fui, sufrí mucho, porque cuando naces en un basurero, amas el basurero: es instintivo. Pero, ¡cómo sufrí en Tocopilla! ¡Cómo me rechazaban! Entonces, volví dispuesto a perdonar al pueblo, y ellos también me perdonaron. Estaban deseando que el mundo supiera que existían, porque viven en un lugar que no sale en los mapas. Acabaron nombrándome hijo predilecto de la ciudad”.

Para Jodorowsky, La danza de la realidad es un acto de esa peculiar disciplina que él mismo ha fundado y que él denomina “psicomagia”. Y también es una forma de reconciliarse con las figuras de su padre (interpretado por su hijo Brontis Jodorowsky), un antiguo forzudo de circo, admirador impenitente de Stalin y que regentaba una tienda en la localidad. Y también con su madre, personaje al que la actriz Pamela Flores interpreta de forma, cuanto menos, operística: “Ella era una mujer humillada: quería ser cantante, y acabó trabajando de dependienta. Tenía callos en los codos de tanto apoyarse sobre el mostrador, porque mientras despachaba no podía sentarse. Dándole el papel a una auténtica cantante, he realizado su sueño”, explica el cineasta. También es un filme cuyas imágenes sorprenden, y mucho, pero (según el autor) no una película surrealista: “Yo cuento lo que vi: no soy surrealista, sino un realista artístico, porque el mundo no es una cosa racional”, afirma. “Lo que hago es convertir las imágenes en mitos para darles un sentido: los mineros mutilados estaban allí. El barbero del pueblo realmente era japonés, e iba a practicar tiro con arco a la playa todas las mañanas: allí descubrí yo el zen. Los chinos -había muchísimos- tenían sus restaurantes, pero también practicaban su medicina tradicional”. Claro que el haber plasmado sus recuerdos no le ha impedido dotarlos con giros personales. Y delirantes, también, como en el caso de cierto vendedor de helados: “En un lugar en pleno desierto, donde hacía tres siglos que no había llovido, imagínate la importancia de un heladero. Y, ¿sabes quién lo interpreta en la película? Un amigo mío, el gran escultor chileno Hugo Marín. Él mismo hizo ese carrito en forma de corazón. Le ves, y tiene algo misterioso, porque es un artista”. Así mismo, explica, otros actores del filme (como esa actriz enana, la hija de una mujer con la que Jodorowsky trabajó en El Topo) pueden ser vinculadas a vestigios de su vida.

A estas alturas, debe quedar claro que La danza de la realidad es una película rara con ganas. Y, pese a que el megabatacazo de su Dune le enseñó “que el fracaso es bueno, porque te hace aprender”, Jodorowsky tomó medidas para poder terminarla sin aspavientos. El productor francés Michel Seydoux (padre de Lea Seydoux y viejo cómplice suyo) estuvo a su lado tras reencontrarse con él en el rodaje del documental Jodorowsky’s Dune, pero el director también se aseguro de contar con fondos propios: “Como hormiga, fui reuniendo en una cuenta en el banco todo lo que podía reunir. Acumulé 500.000 dólares en 22 años, para perderlos. Y después, por milagro, llegué a los cuatro millones y pude hacer la película”. A este proceso de ahorro lo acompañó un proceso de documentación, para ponerse al día sobre el devenir del cine: “Todos los días, a las once de la noche, me ponía una película o dos. Y las veía con envidia y rabia, pensando: ‘estos inútiles pueden rodar sus porquerías, y yo que podría hacer algo útil para el ser humano, no lo puedo hacer”. Unas ‘porquerías’ orientadas, según afirma, por “intereses políticos y económicos que pretenden convertirnos en una sociedad pueril, infantilizada”. Más adelante, matizará esto: “Todos tenemos un niño interior: el problema es que hay que educarlo, hacer que él te siga, no que tú le sigas a él”.

Porque, si algo se deduce de sus disquisiciones, es que a Jodorowsky no siente ninguna simpatía por esa industria en la que nunca ha encontrado hueco. Primera andanada: “Los productores, los dueños de los cines, los censores… son unos cobardes. Cuando ven que quieres hacer arte, se aterran, y hacen lo posible para que no lo hagas”. Segunda andanada: “Para mí, el cine es el arte mayor, pero los tiempos lo han convertido en una industria, una máquina de hacer dinero. El cine de Hollywood ha causado miles de muertos ensalzando el cigarrillo y el alcohol. Y también es un inculcador de ideas: los malos siempre son los que van contra la política de EE UU, como Francia cuando se puso en contra la guerra de Irak. Es una colonización, venta e inculcación de ideas políticas y económicas. Imagina el monstruo que tienes encima para hacer una película de arte, cuando han sembrado la idea de que el arte es aburrido. Porque si sembramos valores espirituales, nos vamos a dar cuenta de que no somos libres, y de que el ser humano es sublime, no una bazofia como nos cuentan”.

Si tanta grima le da el cine actual a Jodorowsky, ¿qué películas ve por gusto? Pues, claro, las de su amigo Nicolas Winding Refn: el director de Drive, cuenta, le pide una consulta de tarot antes de empezar cada rodaje. “Tienes un peligro, le digo a Nicolas: tú sólo sabes hacer cine, quieres vivir de esto y vas a película por año. Y vas a acabar integrado en la industria, como toda la gente con talento que acaba haciendo Spiderman y cosas así. Son buenos técnicos, pero nada más. La industria ha destrozado a todos los genios, como Welles, Stroheim o Todd Browning. Los rompe”. De hecho, Winding Refn lleva tiempo enfrascado en una adaptación del cómic El Incal (de Moebius y Jodorowsky), algo ante lo cual nuestro interlocutor tiene sus reparos: “Él me dijo: ‘para financiarla de forma independiente necesito 300 millones de dólares. Tardaré como quince años en reunir la suma’. Y yo: ‘¿Quince años? ¡No te puedo esperar, yo no voy a vivir tanto”. Ahora bien: entre denuesto y denuesto, Jodorowsky se muestra ofendido por habérsele hecho ofertas para dirigir películas sobre asesinos en serie. ¿Cómo puede decir eso, si firmó una obra clave del psychothriller como Santa Sangre? “¿Tú sabes cómo empezó esa película? Me la propuso el hermano de Dario Argento, que me conocía porque habíamos trabajado juntos. Me propuso hacer un filme sobre un asesino de mujeres, y yo respondí: ‘Vale, pero déjame libre y no vengas al rodaje’. Me dieron un guión, pero resultó que lo había traducido un napolitano que no sabía una palabra de español, y no se entendía una palabra. Al final hice la película que yo quise, basada en la historia de Goyo Cárdenas, un asesino real [el ‘Estrangulador de Tacuba’, una de las inspiraciones para el personaje de Hannibal Lecter] que se redimió, y con el que yo trabajé en un periódico en México”.

Jodorowsky habla. Y habla. Y no para de hablar. Algo que se agradece, porque es un conversador memorable: da gusto oírle hablar sobre esa destreza con las redes sociales que le ha llevado a acumular un millón de seguidores en Twitter, y de la que ha sacado partido para La danza de la realidad. Según cuenta, “necesitábamos un actor sin manos para una escena, así que tuiteé un anuncio buscando uno. Cuando obtuve una respuesta, ese hombre me dijo: ‘Tal vez haya un problema, y es que me falta un ojo’. Y yo: ‘¡Qué maravilla!”. También derrama frases para el recuerdo cuando diserta sobre sus trabajos como adivino anónimo en bares y parques (“Trato de pasar desapercibido: me cuesta, pero lo intento”), sus actos de psicomagia cotidiana, su pungna con la poesía, lo poco que le interesa que sus cómics se adapten a la pantalla (“Yo no sería cómplice de ese crimen”), las vicisitudes de una producción cinematográfica y, en general, todo lo divino y lo humano. Pero también inquieta un poco, porque los grandes conversadores son en el fondo grandes monologuistas, y en esa locuacidad se advierte un superávit de ese ego contra cuyos peligros (¡paradoja!) no para de advertir. Como si se tratara de un guión, el único momento de vulnerabilidad aparece al final de la charla. Porque, aunque Jodorowsky prepare Poesía sin fin, la secuela de La danza de la realidad (“¡Ya tengo la mitad del dinero!”) y otra secuela (esta vez en formato cómic) de su western alucinógeno El Topo, también es consciente de su edad. “Hay un miedo que nunca se pierde, sino que se acepta: el miedo a morir”, comenta. “Y yo estoy en esas, porque tengo más de ochenta años y estoy fuera de lo permitido. Mi cuerpo no quiere morirse, se aterra, porque el cuerpo quiere ser inmortal, pero la aceptación de la nada está ahí. El espíritu lo acepta… aunque parezca raro”.

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