Albert Uderzo en el cine: cómo Astérix conoció a Cleopatra y enloqueció con las 12 pruebas

El dibujante francés ha muerto hoy a los 92 años, y como homenaje rescatamos sus escasas, pero muy relevantes, incursiones en el cine.

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24 de marzo de 2020

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  • La parte que le correspondía a Albert Uderzo en lo relativo a la autoría de Astérix siempre ha estado en entredicho. Supone, por otro lado, una situación con la que a menudo los dibujantes de cómics han de enfrentarse, y para muestra sólo hay que pensar en la cantidad de veces que, cuando hablamos de una obra como Watchmen, siempre lo hacemos en referencia a Alan Moore y omitimos de forma atolondrada la vinculación de Dave Gibbons.

    En el caso de Uderzo, que hoy fallecía a los 92 años, esta suerte de ostracismo ha sido aún más chillón por dos motivos principalmente: el que a partir de 1977, tras la muerte de su colega René Goscinny, tuviera que ejercer él mismo de guionista en la nueva etapa de Astérix (llena de títulos nunca lo suficientemente valorados como El hijo de AstérixEl mal trago de Obélix), y cuando en 2010 la cuestión de la coautoría llegó a los tribunales de Francia, donde se vio obligado a pagar 200.000 euros.

    Y no deja de ser una pena. Uderzo fue imprescindible a la hora de apuntalar el legado de nuestro galo favorito, y un artista lleno de inquietudes que acabaron por explotar en la década de los 70, cuando consiguió involucrar a Goscinny en la creación de los Studios Idéfix, de breve pero muy jugosa andadura. El dibujante que nos acaba de dejar no realizó un gran número de incursiones en el cine, pero las pocas que tuvo suponen un argumento suficiente como para alabar su visión creativa, pese a quien pese.

    Así que alabémosla, ¿no os parece?

    La jugarreta de Dargaud

    A mediados de los 60, ni Uderzo ni Goscinny tenían un interés especial en que Astérix y Obélix dieran el salto al cine. Tras haber fundado la revista Pilote, el dúo se había contentado con ir publicando una nueva aventura por año y lanzar un discreto telefilm en imagen real, Deux romains en Gaule, dirigida por Pierre Trechnia. Georges Dargaud, que había comprado Pilote en 1960, y se encargaba de publicar los distintos números, era consciente del filón que tenían entre manos más allá de estas tentativas.

    La editorial Dargaud estaba asociada por entonces con Belvision, estudio de animación belga dirigido por Raymond Leblanc que desde 1957 producía la serie Las aventuras de Tintín. El mandamás de la compañía quiso recurrir a Ray Goosens, vinculado a la adaptación televisiva de los cómics de Hergé, para que dirigiera la primera película basada en Astérix: Astérix el galo, que de hecho traducía al audiovisual las páginas del número inicial de la colección.

    ¿Cuál era el problema? Que nadie consultó ni a Goscinny ni a Uderzo. El film resultante les pareció, de hecho, un horror, y ambos artistas trataron por todos los medios de bloquear la siguiente película que Dargaud tenía planeada, basada en La hoz de oro. El fim no llegó a existir, y los autores originales de Astérix resolvieron dirigir ellos mismos el siguiente largometraje inspirado en su serie.

    Entretanto, Astérix el galo se estrenó en cines pese a haberse planeado originalmente para televisión. Aunque no era una obra tan nefasta como pensaban Uderzo y Goscinny, sí que era evidente una falta de inventiva a la hora de desarrollar la historia y una notoria parálisis en la animación, habitual por otro lado en las propuestas de Belvision de aquella época. Con Astérix y Cleopatra, sin embargo, todo habría de cambiar.

    Astérix y Obélix… ¿el musical?

    Por exigencias del contrato, Uderzo y Goscinny estaban obligados a sacar su propia película de Astérix utilizando los mismos recursos que Dargaud había empleado por su cuenta para producir Astérix el galo en 1967. Esto es, que debían trabajar con Belvision en un momento en que la compañía de Leblanc, gracias al reciente y exitoso estreno de El asunto Tornasol en TV (largometraje que finalizaba la serie de Tintín), empezaba a valorar horizontes creativos más ambiciosos.

    Al contrario que Astérix el galo, la adaptación de Astérix y Cleopatra (sexto álbum de la colección) fue concebida directamente para el cine, y no se reparó en gastos. Uderzo y Goscinny debutaron entonces en la dirección de largometrajes preocupándose de que la animación estuviera sumamente cuidada, y de que la historia ofreciera suficientes alicientes como para ser disfrutada aun cuando ya hubieras leído el cómic precedente.

    Uderzo y su socio, por tanto, se encargaron igualmente de escribir el guion, y desarrollaron una propuesta muy distinta a Astérix, el galo. Donde el film de Goosens seguía con temor religioso el material de partida, oficiando casi de fotocopia (y no de una muy dinámica), Astérix y Cleopatra mantenía el esqueleto de la obra pero trabajaba un humor mucho más veloz, gracias a la incorporación de elementos inexistentes en las viñetas.

    Por ejemplo, la inclusión del león-mascota de Cleopatra, y algunas referencias extemporáneas a la época en la que se ambientaba la historia, no dudando en incluir (por ejemplo) un chiste relacionado con Santa Claus. No obstante, la decisión creativa más revolucionaria tuvo que ver con la banda sonora, al decidir que la hora y poco de Astérix y Cleopatra estuviera salpicada de canciones, con sus respectivos y elaboradísimos números.

    Estos, básicamente, eran tres: uno interpretado por Cleopatra (con un parecido más acusado que nunca a Elizabeth Taylor), otro en el que Paletabis y Tornabis cantaban y bailaban en plena gestación del pastel venenoso, y uno último donde Obélix, hambriento, empezaba a fantasear con jabalíes y jarras llenas de cerveza. Una secuencia cuyo principal referente, en cuanto a caudal lisérgico y estético, era la borrachera de Dumbo, y sus elefantes rosas.

    Las canciones fueron, claro, interpretadas en francés, y se dio el caso de que a su llegada a España el doblaje no se ocupó de traducirlas al castellano. De tal forma que, agravados por la ausencia de subtítulos, los resultados fueron mucho más perturbadores y alucinógenos para toda una generación de espectadores.

    La prueba de fuego

    Entre el estreno de Astérix y Cleopatra y Las doce pruebas de Astérix, que volvieron a dirigir Uderzo y Goscinny, pasaron casi diez años. Las razones de esta tardanza no cabe achacarlas a que Dargaud quedara descontento con el resultado de Astérix y Cleopatra (cuyo arraigo en el público acabaría derivando en una deliciosa adaptación live action ya entrado el nuevo siglo), sino al funcionamiento de Belvision y a las inquietudes de Uderzo.

    En esos años, el estudio belga reforzó su apuesta por Tintín y se animó a estrenar dos ambiciosas producciones protagonizadas por él: Tintín y el templo del sol en 1969, y Tintín en el lago de los tiburones en 1972. Entre medias Goscinny se animó a dirigir, en 1971 y también para Belvision, la primera película basada en otro de sus personajes más conocidos: Lucky Luke el intrépido.

    La experiencia no debió ser demasiado buena, y poco después Uderzo y él llegaron a la conclusión de que necesitaban un mayor control creativo a la hora de adaptar sus creaciones. Así es como resolvieron crear Studios Idéfix, en compañía de Pierre Watrin y Henri Gruel, y utilizando un logo extremadamente genial que sustituía al león de la Metro-Goldwyn Mayer por… bueno, el perrito Idéfix.

    La historia de este estudio de animación es breve, pero al menos cuenta en su haber con la mejor película protagonizada nunca por Astérix, y una obra maestra absoluta del cine de animación. Las doce pruebas de Astérix contaba con un guión original escrito por Uderzo y Goscinny inspirándose en el mito de Los doce trabajos de Hércules, y tras la fundación del estudio en 1974 se pretendía que fuera la carta de presentación más rotunda que pudieran perpetrar.

    Y vaya, lo era. Para su desarrollo, Uderzo y Goscinny recurrieron a la xerografía, empleada por primera vez en 1961 a manos de Walt Disney Productions para 101 dálmatas. Esta técnica ahorraba una gran cantidad de tiempo en el entintado y, aunque podía provocar ciertas imperfecciones en los dibujos, estas acababan proveyéndoles de un encanto especial. Como de diseños a mano alzada que se movían de forma temblorosa, casi tímida.

    Con franqueza, no se puede decir que a un nivel técnico Las doce pruebas de Astérix haya envejecido bien. Pero es que es casi lo de menos. El guion de Uderzo y Goscinny está tan lleno de ideas, tan concienciado con ofrecer la sátira más venenosa que unos galos en el año 50 antes de Cristo pudieran plantear sobre la sociedad occidental, que aún hoy es asombroso revisarla y sopesar todo lo que nos lanzaron, cuando éramos niños, estos dos genios.

    El buque insignia de este vitriolo es, evidentemente, la prueba que tiene lugar en la Casa Que Enloquece, una caricatura de la burocracia según la cual Astérix y Obélix pierden la cabeza yendo de un lado a otro en busca de formularios y hablando con recepcionistas cada vez más desdeñosos. Pero el humor de Las doce pruebas de Astérix va más allá, articulando su libreto cada una de las pruebas como un chiste/viñeta de colosal eficacia.

    Cosa curiosa, la crítica de 1976 no acabó de conectar con la propuesta de Uderzo y Goscinny, percibiendo un gran cambio en el tono del humor con respecto a los cómics aun cuando este ya podía rastrearse en Astérix y Cleopatra y llegaría, por cierto, a una suerte de ebullición (algo menos sutil) en las posteriores adaptaciones en acción real. El humor de Las doce pruebas de Astérix, sin embargo, no sólo era considerablemente más absurdo que el del material original; también era mucho más corrosivo.

    El film de Uderzo y Goscinny no ha dejado de ganar seguidores a lo largo de los años hasta convertirse en un film de culto y una referencia obligada cuando vas a cualquier lugar público a hacer unas gestiones, y por eso es una lástima que los Studios Idéfix no pudieran volver a marcarse una jugada de este calibre. Llegó a producir la muy notable La balada de los Dalton (dentro del universo de Lucky Luke y con Goscinny de vuelta a la dirección) en 1978, pero ese mismo año cerró sus puertas.

    La repentina muerte de Goscinny provocó que Uderzo no se viera con fuerzas para continuar con el estudio, y desde entonces este se esforzaría en dignificar la memoria de su amigo haciéndose cargo de los siguientes números de Astérix en solitario. El incansable dibujante no volvió a involucrarse en el cine, aunque las adaptaciones animadas de sus personajes siguieron llegando, dando saltos a otros formatos como los videojuegos o la citada acción real.

    Un día como hoy es tan bueno como cualquiera para reivindicar el trabajo de Uderzo, y disfrutar de las aventuras de los galos que publicó por su cuenta mientras tratamos de erradicar la maldición de los dibujantes eclipsados por los guionistas. Y también, claro, es un buen día para revisar Las doce pruebas de Astérix. Eso siempre.

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