Albert Serra confiesa tres perversiones que inspiraron ‘Liberté’

Tras el estreno de la polémica 'Liberté', el director escoge tres películas de culto que le podrían haber servido de inspiración para su extraña y desaforada orgía.

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22 de noviembre de 2019

Para quien no la haya visto, Liberté muestra una improbable área de cruising dieciochesca que hubiera hecho las delicias del divino marqués de Sade. A lo largo de una sola noche, nobles y sirvientes, novicias y prostitutas, jóvenes esbeltos y todo lo contrario, se despojan de sus más o menos opulentos atuendos, para entregarse a una tan desenfrenada como arbitraria búsqueda del placer, que irá in crescendo, ahondando en el dolor y la escatología, sin lograr empero obtener demasiadas satisfacciones, a juzgar por la apática actitud de sus participantes.

Premiada en el Festival de Cannes, Liberté parece la consecuencia lógica de sus dos filmes anteriores, también ambientados en el siglo de las luces, el libertinaje y la guillotina, con los que podría formar una coherente trilogía. Hablamos de Historia de mi muerte (2013), en la que el poeta Vicenç Altaió encarnaba a Casanova, un libertino enfrentado al oscurantismo que goza degustando las heces de una linda señorita, y La muerte de Luis XIV (2016), donde Jean-Pierre Léaud agonizaba en la piel del último monarca absolutista, que mandó levantar aquel Versailles cuya construcción se retrasó debido a las enfermedades venéreas transmitidas por las prostitutas instaladas en los bosques circundantes.

Pero Liberté también bebe de otras fuentes que van más allá de la manifiesta pasión de Serra por Sade y el siglo XVIII. El cineasta, que no es muy dado a derrochar elogios por sus colegas, se ha avenido a confesar los títulos de tres películas, que le han marcado y que sin duda han marcado el camino hacia la Liberté.

Un chant d’amour, de Jean Genet (1950)

Albert Serra siempre ha sido un fan declarado de R.W. Fassbinder, uno de sus “modelos de conducta”, que diría John Waters. Incluso dedicó uno de sus trabajos, el corto Cuba Libre (2013), a Günther Kaufmann, un fijo de la troupe fassbinderiana, que apareció en muchas de sus películas, empezando por la última, Querelle (1982), sonadísima adaptación de la novela que Jean Genet había publicado en 1947. Así que no es extraño que, entre las seleccionadas, aparezca la única película dirigida por el poeta, escritor y dramaturgo, que nunca estuvo encerrado en ningún armario, a pesar de que, en los años 50 del siglo pasado, la homosexualidad estaba en Francia considerada como una desviación que podía castigarse con la cárcel si se manifestaba públicamente.

Así, resulta casi irónico que Un chant d’amour, película censurada que tuvo que esperar 25 años para ser distribuida, hable precisamente de la relación que se establece entre dos convictos, a través del agujerito que comunica sus celdas, ante la mirada atenta del celador. Para Serra, la única aventura cinematográfica de Genet, que también conoció la cárcel, es “una extraña película homosexual, poética y cruel, sobre el onanismo y la frustración sexual. Igual de desesperada que Liberté en su descripción de una impotencia total”.

 

Muerte en Venecia, de Luchino Visconti (1971)

Helmut Berger, el icónico muso de Luchino Visconti, ya figuraba en el reparto de la obra teatral, representada en Berlín, de la que Liberté vendría a ser una adaptación. El actor ya suma 75 años, y hace tiempo que entró en una profunda decadencia, debido a sus conocidos problemas con el alcohol, que han causado no poco escándalo. Según Serra, su participación tanto en la obra teatral como en la película le ha hecho un gran bien: “Le ayudó mucho, tenía como dices muchos problemas de salud ligados al alcohol, y se mantuvo sobrio. Tanto para las representaciones de la obra, una o dos por semana, hasta unas quince en total, como para la película, cuyo rodaje se prolongó durante 19 noches, contando la preparación. Me gusta mucho en La caída de los dioses (1969). Pero si hablamos de las influencias de Liberté, y de Visconti en particular, me decantaría más por Muerte en Venecia”.

La película, que no protagoniza Berger, sino Dirk Bogarde (el mejor actor de todos los tiempos, según este crítico), escenifica la pasiva pasión de un compositor acabado (libremente inspirado por Gustav Mahler, cuyas sinfonías magnifican la belleza triste de los canales en el filme) por un joven efebo con camiseta de gondolero llamado Tadzio. Le daba vida el joven actor sueco Björn Andrésen, al que hemos visto, ya mayorcito, en la reciente Midsommar, de Ari Aster. Para Serra, Muerte en Venecia, es una película “a la vez clásica y subversiva. Otra vez el deseo carnal homosexual, y su frustración. Pero esta vez sin ninguna escena erótica, ni ningún cuerpo desnudo. La opresión mental y física del propio cuerpo en su versión más triste y emocionante”.

 

Emperor Tomato Ketchup, de Shûji Terayama (1970)

Antes de convertirse en una de las más memorables canciones (y discos) del grupo Stereolab, Emperor Tomato Ketchup fue un provocador corto de 27 minutos (alargado a 72 minutos en 1996) del polifacético Shûji Terayama, escritor y poeta que puntúa alto en la inacabable y exquisita lista de genios nipones más o menos tronados. La película, que podríamos calificar de experimental y vanguardista, puede verse como una ¿Quién puede matar a un niño? avant la lettre (o una El señor de las moscas a posteriori), pues muestra un mundo controlado por crueles niños armados, que abusan de los adultos.

Para Serra, a pesar de que (afortunadamente) no aparece ningún menor en Liberté, esta película revolucionaria “derriba el último gran tabú: el sexo y los niños. Son los años 60 en estado puro, en su versión más radical. Recordemos que Allen Ginsberg también firmó un manifiesto a favor del derecho a la pederastia. La libertad sexual incluye también este tipo de relaciones…” ¡Se nota que el cineasta de Banyoles no es padre, ni nada que se le parezca!

Maticemos que Emperor Tomato Ketchup, resulta hoy más una curiosidad estética que una tortura explícita, y que, por cierto, esos niños asilvestrados, entre otros atentados regados con traviesa iconografía nazi, se dedican a tachar los iconos de los adultos: Mao, Marx, Jean Harlow, y hasta el mismo marqués de Sade, sin duda la máxima influencia de Liberté. El cineasta, en sus manos, también sería una víctima.

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