Al Leong, de profesión “chino que muere”

Actor especializado en el cine de acción, ha perdido la cuenta de cuántas veces Hollywood le ha matado en la gran pantalla. Por JAVIER SÁNCHEZ NAGORE

04 de noviembre de 2011

Más conocido como “el chino que siempre muere”, Al Leong ha conseguido forjarse una carrera recibiendo palizas de los más grandes del cine de acción: Bruce Willis, Schwarzenegger, Van Damme, Kurt Russell o Mel Gibson, entre otros.

La selectiva memoria del espectador de cine acostumbra a centrarse en el héroe, en ese personaje que con sus tiros, puñetazos y explosiones detonadas pone a los malos en su lugar. Pero, ¿qué sería del héroe sin un malo a quien matar? Y no, no se trata del súper villano de la pelea final, ése que suele morir empalado, sino de esos esbirros que hacen que el héroe llegue cuando menos cansado a su cita con la ineludible lucha con su némesis.

El perfil del esbirro clásico se basa en un manejo al menos vistoso de las artes marciales, un aspecto pintoresco y pocas frases. O mejor, ninguna frase si puede evitarse. “Te vas a enterar” o “ahora vas a saber lo que es el dolor” podrían valer, aunque son perfectamente prescindibles.

Al Leong, actor estadounidense de origen chino, hizo en los ochenta y noventa del papel de ‘bad guy’ un verdadero arte, elevándolo a las cotas más altas y creando un precedente en el mundo del cine todavía no superado. El bueno de Al ha sido vapuleado y matado por los más grandes del cine de acción. ¿Cuál es su secreto? Algunos dirán que su dominio de las artes marciales, pero no, la clave reside en ese aspecto que le confiere un carisma inigualable: chino, con bigote, greñas y una incipiente calva que crece a la misma velocidad que su leyenda. Despacio, pero con paso firme.

Leong puede presumir de haber compartido créditos con auténticas leyendas del tiro y el mamporro. ¿Quién no recuerda –es una pregunta retórica- su papel en Jungla de Cristal, apostado tras un puesto de chucherías minutos antes de recibir cuatro tiros con el sello de Bruce Willis? Ahí está Al, hacia el minuto 0:59.

John McClane es, sin embargo, personaje de pocos alardes cuando de matar esbirros se trata, más ocupado en salvar su pellejo que en realizar guiños de cara a la galería. Arnold Schwarzenegger, sin embargo, se permitió todo un ejercicio de estilo en El último gran héroe en la escena en que acaba con la vida de Al Leong clavándole, de forma indirecta, un cucurucho de helado en el cogote (minuto 2:20). Esta es la magia del cine, sin duda.

Y si el bueno de Governator es capaz de dar muerte a Leong con cierta gracia, no iba a ser menos Jean Claude Van Damme en Libertad para morir. El belga se vale de un palo de escoba y un puñado de patadas giratorias para reducir a Al, que se esmera en darle estopa al rey del espagat, con el resultado habitual. Eso sí, aquí no sabemos si muere o sólo obtiene un lavado gratis de su poco lustrosa melena.

Apenas un año antes de su trágica muerte, Brandon Lee también pudo darse el gusto de acabar con Al Leong en un duelo perfectamente coreografiado de la película Rapid fire. Nuestro héroe termina esta vez con una navaja clavada en el estómago. Tampoco hubo suerte esta vez.

La lista de palizas y muertes recibidas por Al Leong nunca termina. Se las ha visto con Kurt Russell en dos ocasiones (Golpe en la pequeña China y 2013: Rescate en L.A.) y otras tantas con Mel Gibson (Arma Letal y Arma Letal 4), aunque con el australiano tiene el placer de desquitarse sometiéndole a una tortura de alto voltaje.

En televisión, Al Leong trabajó con los más grandes de la época. Recibió lo suyo a manos del Equipo A hasta en tres ocasiones –eso sí, estos nunca mataban-, sufrió los despiadados inventos de McGyver y hasta tuvo sus más y sus menos con el mismísimo Michael Knight en El coche fantástico. Si había mamporros para recibir, Leong siempre ponía sus dos mejillas.

No se puede terminar este homenaje sin hacer referencia a su muerte a manos –o fauces– del más grande. Leong no interpretaba esta vez el papel de villano, sino que trabajaba honradamente en un pesquero japonés, con tan mala suerte que su rumbo se interpuso en el camino de Godzilla en la pirotécnica versión de Roland Emmerich de 1998. Otra vez será, Al.