Akiyuki Shinbō, el hombre que crea autores

Aprovechamos el estreno de 'Fireworks' para repasamos la trayectoria de su director, Akiyuki Shinbō, el autor que ejerce como filtro de todo lo que se produce en estudio Shaft.

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19 de abril de 2018

Existen directores con un estilo muy marcado. También estudios conocidos por su particular estética. Y de vez en cuando, al alinearse los astros, ambas cosas se conjugan. Ese es el caso de estudio Shaft y su eminencia gris: Akiyuki Shinbō. Hablamos del director estrena este viernes Fireworks, una película que codirige con Nobuyuki Takeuchi (búscale en los créditos de El viaje de Chihiro El castillo ambulante, entre otras). El nombre de Shinbô es aún poco conocido en España, pero su carrera es kilométrica: comenzó a trabajar en la animación en los 80, con series como Dirty Pair, Urusei Yatsura y Baoh, y su salto a la dirección fue relativamente rápido.

Su primer trabajo como director data de 1994, cuando se encargaría de Metal Fighter Miku, una peculiar historia de ciencia ficción sobre mujeres haciendo lucha libre con trajes que les confieren fuerza sobrehumana. Siguiendo el estilo de su mentor, Osamu Dezaki, aquí ya se pueden apreciar algunas de sus claves más marcadas en la dirección: preferencia por los planos situacionales, la apertura de plano y un diseño de escena inspirado en el diseño gráfico. Rasgos que compartiría igualmente con otro de los grandes discípulos de Dezaki, Kunihiko Ikuhara.

A partir de aquí la lista de créditos se vuelve inabarcable. Por eso, para llegar hasta su siguiente hito como director, el momento en que terminaría de definir su estilo, tenemos que dar un salto hasta 2001. Hasta el momento del estreno de The SoulTaker. Narrándonos la historia de un joven huérfano en busca de su hermana secuestrada por una oscura organización criminal mientras busca respuestas sobre el suicidio de su madre, en The SoulTaker ya está todo lo que desarrollaría en Shaft. Un especial énfasis en ambientes oscuros, las transiciones peculiares y, lo más importante, el salto al dibujo y coloreado digital.

¿Por qué fue importante el cambio al digital? Porque eso le confería un mayor control sobre las líneas y los tonos del color, algo que le permitió llevar a su máxima expresión todo lo que había desarrollado en sus trabajos anteriores, especialmente en la serie noventera YuYu Hakusho. Haciendo uso de paletas de un único color, sombras incluidas; fuentes de luz exageradas, con destellos y detalles de luz ropas, personas y efectos personales; además de una particular obsesión por los ojos y elementos que parecen ojos, estén o no en el contexto de un cuerpo humano; fue allí donde se vieron por primera vez todos sus rasgos autorales. Algo que la explosión digital, presente en The SoulTaker, no hizo sino exacerbar, como se vería en la que es considerada su obra magna, Le Portrait de Petite Cossette.

Ahora bien, ¿cómo acabó un mercenario como Shinbō siendo el rostro (en ocasiones literal) de un estudio de animación? Pues fue fruto de la casualidad. Hacia principio de los 2000, el jefe de directores de Shaft, Wakao Hiroshi, ya apuntaba hacia la jubilación. Y con la intención de hacer que el estudio pasara de ser una mera marca subsidiaria a uno de los jugadores principales de la industria, decidieron contratar a alguien con una gran visión autoral. Y en ese momento, no había nadie más adecuado que Shinbō.

En cualquier caso, eso no significa que estuviera solo. Durante los primeros años, tuvo que compartir el puesto de director jefe junto con Shin Ōnuma, un veterano de la compañía con un estilo muy distintivo de colores pastel, fuentes de luz poligonales y un tratamiento estilizado de la imagen. Pero eso duraría poco tiempo. No mucho después, Ōnuma dejaría Shaft para montar su propio estudio, Silver Link, donde hoy ejerce un papel similar al de Shinbō, si bien con resultados menos memorables.

Entonces, ¿qué supuso la llegada de Shinbō? Básicamente, un enfoque diferente para Shaft. Pronto se empezaron a especializar en la adaptación de mangas y light novels (novelas ilustradas), especialmente de series humorísticas con protagonistas femeninas adorables. Algo que, sumado a una querencia especial por el humor visual y el slapstick, junto con una calidad, tanto en guiones como en animación y dirección, muy por encima de la media de la industria, logró que, en pocos años, el estudio pasara de ser prácticamente desconocido a ser una de las principales puntas de lanza del anime.

Pero por paradójico que resulte, llegados a este punto, es mejor que dejemos de hablar de Shinbō. Al menos en la medida en que su puesto de director jefe, posición que estaría en algún lugar entre ejercer de guía estilística y mentor del equipo, hace difícil saber hasta qué punto está involucrado en cada proyecto. Porque Shaft empieza en Shinbō, pero no acaba en él. Sus directores son la pieza clave del estudio. Entre estos cineastas, los protegidos de Shinbō, destacan tres nombres propios. Y a ellos nos remitiremos brevemente. A Yukihiro Miyamoto, a Tatsuya Oishi y a Tomoyuki Itamura.

El caso de Yukihiro Miyamoto es el más singular. Con una especial preferencia hacia el humor, la simetría de la imagen, las formas angulosas, los espacios negativos, los colores planos y la repetición, no solo es el autor de dos comedias desquiciadas (e intraducibles) como Sayonara Zetsubou-sensei y Arakawa Under The Bridge, también fue el autor material, junto con Gen Urobuchi, de una de las series más relevantes de la última década: Puella Magi Madoka Magica. Serie que si bien tiene mucho de Shinbō, bebiendo también del trabajo de Ikuhara, fue un esfuerzo colaborativo donde es difícil discernir dónde empieza y acaba el trabajo de cada uno de los implicados.

Del mismo modo, de Tatsuya Oishi y Tomoyuki Itamura hay que hablar en paralelo. No por nada, ambos han sido los encargados de la joya de la corona de Shaft, la serie Monogatari. Comenzando en Bakemonogatari, siguiendo en Nisemonogatari, después en Nekomonogatari y continuando así hasta conformar diez series de anime, con nombres diferentes o repetidos, y tres películas, de nombre Kizumonogatari, la serie nos cuenta la historia de Koyomi Araragi, un joven que, por circunstancias que no son reveladas explícitamente hasta muy bien entrada la historia, tiene un vínculo con lo sobrenatural.

Este vínculo le hace encontrarse una y otra vez teniendo que solucionar los problemas de diferentes personajes. Siempre femeninos. Casi siempre con tendencias homicidas hacia su persona. Algo que será la quintaesencia del estilo Shaft. Personajes atractivos, un especial énfasis en el diseño gráfico, cambios constantes de estilo, además de fuertes contrastes de color y un tránsito constante a planos situacionales. Es decir, que Shaft es el sueño dorado de Shinbō. Pero aquí la diferencia, y el interés, es cómo han abordado la serie cada uno de los dos principales directores de la misma.

Tatsuya Oishi hace mucho más hincapié en la rapidez de las transiciones, el uso de la tipografía, los colores y el espacio negativo, además de un énfasis especial en conseguir que los escenarios tengan un espacio diseñado, conformando una armonía muy cercana a la del diseño gráfico. Algo que el emparentaría con Ikuhara, quien ha abrazado esa misma idea, aunque de un modo mucho más sutil, en sus dos últimas series: Mawaru Penguindrum y Yurikuma Arashi.

Por su parte, Tomoyuki Itamura es prácticamente la antítesis de Oishi. Con un estilo más enfocado en la dirección de cámara, los cortes de plano para introducir planos simbólicos y un montaje, en general, más dinámico y menos estático, donde se aprecia mejor la diferencia es en cómo sus paisajes parecen estar llenos de vida. Algo que le hace rozar un realismo casi más propio de Kyoto Animation. Lo cual demuestra, de paso, que ni Shaft es una marca inamovible ni Shinbō es el director de todas las series del estudio, como da a entender Internet. El papel de Shinbō es hacer de muleta. Asegurarse no sólo de que se sigan los patrones básicos que han de cumplir todas las obras, sino también servir de mentor para que los directores sean capaces de desarrollar su propio estilo personal.

A fin de cuentas, es un autor muy enfocado en los resultados. Siempre lo ha sido. Elige cuidadosamente a las personas más adecuadas de quienes tenga disponible para cada proyecto, asegurándose de ser nada más que el sustrato que mantenga todo junto. El suelo en el que puedan florecer las flores más bellas. Por eso, en el mejor de los casos, bajo su auspicio surgen obras maestras, como Puella Magi Madoka Magica o Bakemonogatari, y, en el peor de los casos, surgen propuestas notables y muy por encima de la media, como Nisekoi o Pani Poni. Pero, sea cual sea el resultado, siempre es consistente. Siempre es bueno y siempre es Shaft.

Ese es el trabajo de Shinbō. Su identidad. No ser el artista clave del estudio para el cual se subordina todo lo demás, como podría ser Hayao Miyazaki para Ghibli, sino el jardinero que se asegura de que todas las plantas crecen siguiendo el perfecto orden de su jardín, independientemente de su calidad individual. El hombre que, una y otra vez, se asegura de que todo lo que salga de Shaft sea la versión más refinada que les sea posible de cada género u obra que decidan tocar. Y si algo ha demostrado con los años, es que no hay nadie mejor que él haciéndolo.