¿Aceptas a Keanu Reeves en la riqueza y en la pobreza?

Aunque en 'La boda de mi ex' no haga precisamente de galán, el actor canadiense más grunge sabe cómo firmar un buen romance.

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08 de abril de 2019

Durante muchos años se nos ha querido vender a Keanu Reeves como un héroe de acción. Dejando de lado las fantasías hipermusculadas de los 80s, abogando por una clase de héroe más sensible y humano, el hierático Reeves, con su belleza grunge y formas poco dadas a los excesos, parecía la perfecta reinvención de todo lo que debía ser un héroe. Y así se vio en Speed, Matrix y Le llaman Bodhi. Pero, ¿de dónde salió esa mezcla de sensibilidad y hieratismo? No de la nada. De hecho, podríamos decir que Keanu es un buen candidato a pareja para toda una vida. Al menos, eso es lo que propone La boda de mi ex, el filme en el que se encuentra de nuevo con Winona Ryder. 

Como resulta evidente, Keanu Reeves se ha visto atado también a las convenciones de su época. Pues, si bien como héroe de acción siempre ha roto con todo lo que se esperaba de ellos, en el romance nunca ha logrado hacer ese papel. Incluso si, como vamos a ver, ha conseguido retorcerlo de un modo muy placentero.

Para empezar, sería interesante destacar su papel en un campo, por lo general, muy trillado: el de los romances de época. Es decir, historias de amor donde todo el interés recae en el hecho de transcurrir en un periodo histórico muy específico y, normalmente, convulso.

Uno de los primeros papeles de su carrera fue también uno que le exigió viajar más atrás en el tiempo. Pues en Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988) haría de Raphael Danceny, un profesor de arpa enamorado de una joven de la nobleza que también es su alumna, Cécile de Volanges, una por entonces debutante Uma Thurman. Todo ello en el contexto de la Francia del siglo XVIII anterior a la Revolución, con todas las implicaciones que ello conlleva: independientemente del final, no tendrán mucho tiempo para disfrutar de su amor, o de su desamor, antes de que sientan el frío beso de Madame Guillotine en el cuello.

Dando un salto en el futuro, tanto en ambientación de la película como en el año que fue producida, llegamos hasta 1995 con Un paseo por las nubes. Allí un Keanu que vuelve de combatir en la II Guerra Mundial conoce a una embarazada Aitana Sánchez-Gijón y se hace pasar por su marido, todo para que el padre de ella no descubra la verdad. Pero el roce hace el cariño y él, en realidad, ya estaba casado y todo acabará, efectivamente, tan mal como cabría esperar. Aunque, eso sí, con Reeves demostrándonos que de picaresca y sensibilidad también sabe un rato.

Pero no nos engañemos: si algo ha sido siempre Keanu es un icono grunge. Cayendo del mismo lado que Kurt Cobain o Trent Reznor, con su estilizada melena corta y su tendencia a lo desaliñado, pero guapo, es lógico que en los 90s protagonizara un par de dramas románticos con un distintivo toque grunge.

Por un lado, en 1991, protagonizaría Mi Idaho Privado junto con River Phoenix. Allí harían el papel de un par de chaperos que van en búsqueda de la madre de Phoenix hasta Roma, donde Keanu descubre el amor (heterosexual), rompiendo, sin saberlo, el corazón de su compañero. Algo lógico, pues no podría ser una película grunge de Gus Van Sant si de hecho acaba bien. Luego ya en 1996 volvería a ponerse las greñas para hacer Feeling Minnesota, una película donde Keanu sería la tercera pata en el matrimonio entre Cameron Diaz, una ex-stripper, y Vincent D’Onofrio, su hermano. Una película que, de tan grunge que es, de hecho, se inspira en una canción de Soundgarden: Outshined.

De hecho, algo debe tener el arte que se inspira tanto en el romance, pues no son pocas las adaptaciones de obras literarias en las que ha participado Keanu Reeves. Especialmente, al principio de su carrera.

En 1990 protagonizaría Tune In Tomorrow, adaptación de La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa, donde Keanu Reeves haría del guionista titular, Barbara Hershey de su tía Julia y Peter Falk del guionista que convertirá su inadecuada historia de amor en una serie de exitosos guiones para la radio. Un papel completamente opuesto al que hará en 1993: la adaptación de Mucho ruido y pocas nueces de William Shakespeare, a cargo de  Keanu se encargaría de encarnar a Don Juan, es decir, el villano titular de la obra, en un registro en el cual rara vez lo hemos visto: como algo diferente a un cacho de pan.

Pero si una película fue la consagración en lo romántico de Keanu Reeves esa fue Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992). Que, siendo justos, no es exactamente una película romántica, pero dado que allí fue la primera vez que hizo un papel romántico junto a Winona Ryder, con el vampírico Gary Oldman entrometiéndose inmisericordioso en su felicidad conyugal, no sería justo olvidarnos de este momento cumbre en su carrera. Aunque ese momento le deparase críticas carniceras en las que aparecía señalado como el elemento más flojo de la cinta.

En la década siguiente, Reeves también se encontraría con el pie cambiado ante la evolución del cine romántico. Ya no era lo mismo. El cine de época y las adaptaciones de clásicos de la literatura no eran tan comunes. O al menos ya no le llamaban para eso. Así que, el entonces héroe de acción por excelencia, descubrió un nuevo terreno: el drama romántico mainstream.

Su primer acercamiento a ese campo fue tan pronto como en 2001, cuando protagonizaría Noviembre dulce, una película donde haría el papel de un publicista estirado cuya vida se ve puesta del revés por la vitalista Charlize Theron. Especialmente porque ella tiene un cáncer terminal que hará que su amor se quede en eso: un agridulce recuerdo de que la vida es demasiado breve como para ir por la vida con un palo metido por el culo.

De hecho, ya nos hemos acostumbrado a ver a Keanu como un pobre desgraciado al que no le ocurren más que putadas en el amor. Especialmente si consideramos Cuando menos te lo esperas, película de 2003 donde Jack Nicholson y Diane Keaton forman un cuadrado romántico junto a nuestro héroe y Amanda Peet. Por si alguien lo dudaba, el único que acaba solo y descompuesto es nuestro chiquillo.

Para compensar, otros títulos serían (algo) más alegres para la vida romántica de Keanu. Ese es el caso de La casa del lago (2006), con Keanu y Sandra Bullock se enviándose cartas a través del tiempo gracias al hecho de vivir en la misma casa, sólo que con dos años de diferencia. Algo que tendrá varios giros a lo largo de la película para acabar, por una vez, con un final feliz.

Pero cuitas de amor aparte, si algo demuestra la carrera de Keanu Reeves es que es un actor versátil y agradecido. Bien resuelto para la acción, el drama, la comedia y el romance, su gesto hierático y distante puede llevar a engaño, pero es un actor de gran expresividad y una más que aceptable gama de registros. Pues desde el villano hasta el caballero, el tímido, el estirado y el chaval sobrepasado, ha sabido ajustarse a todos los perfiles que le han tirado encima. Al menos, en lo que al romance se refiere.

Por esa razón no debe extrañarnos que ahora vuelve al género. No es sólo que sea un actor muy versátil, sino que, además, es un género que le es próximo. Y si bien los últimos años nos han podido hacerlo olvidar, está bien recordar que Keanu Reeves es algo más, mucho más, que el último gran actor de acción occidental. También es un buen partido para el romance.

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