8 comedias basadas en hechos reales sin ninguna gracia

El cine convierte un suceso horrible en un relato amable y humanista, estos filmes nos hicieron reír recordando sucesos sin ninguna gracia.

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18 de febrero de 2014

¿Hasta dónde pueden estirarse los límites del humor? Buena pregunta, a la que seguramente Stephen Frears podría dar una respuesta aún mejor. Porque el hombre de Las amistades peligrosas ha tomado una premisa tremebunda (abordada ya por Peter Mullan en Las hermanas de la Magdalena) y la ha convertido en PhilomenaUn filme que, gracias a los talentos de su director, de Judi Dench y de un Steve Coogan superlativo, convierte en una tragicomedia amable (y nominada a cuatro Oscar) lo que podría haber sido un dramón deprimente sobre un hecho de lo más trágico: el robo de niños.

Aun así, y sin menoscabo de su talento, podemos decir que Frears no ha acabado de estirar la cuerda: de la misma manera que el cine puede convertir a villanos reales en héroes de ficción, ncluso el hecho más trágico de la historia de la humanidad (decide tú cuál) puede convertirse en una farsa si el cineasta adecuado decide enfocarlo desde el cachondeo. Algunas de estas películas apuestan por el humanismo, mientras que otras meten el dedo en la llaga de lo grotesco, pero todas sin excepción consiguen hacernos reír a partir de premisas que, tomadas fríamente, no tienen ni pizca de gracia.

El gran dictador (Charles Chaplin, 1940)

La trágica realidad: Si, a estas alturas, necesitas que te pongamos al día sobre las atrocidades del nazismo, te aconsejamos una visita urgente a tu biblioteca pública más cercana. Un rato mirando Wikipedia también podría valer, pero menos.

La descacharrante película: No es sólo que El gran dictador sea una de las mejores películas de Chaplin (y su primer trabajo sonoro). Ni tampoco que el grueso de su contenido nos presente al genio inglés imitando al mismísimo Adolf Hitler (perdón, a Astolf Hynkel), y haciéndole quedar como un cretino mediante gags memorables. Es que esta sátira demoledora se estrenó en plena II Guerra Mundial, cuando el líder nazi y sus ejércitos estaban asolando Europa. Para colmo, Chaplin se permitió apuntar (mediante el personaje de Reginald Gardiner) que no todos los alemanes eran nazis o simpatizantes del nazismo, rematando la faena incluyendo gags ambientados en un campo de concentración (ojo: el conocimiento que se tenía por entonces de dichos lugares, y de los horrores que en ellos se cometían, era tirando a escaso). Aun sin menospreciar la influencia de Ernst Lubitsch y su Ser o no ser, la otra comedia antinazi por antonomasia, podríamos decir que tanto La vida es bella como la mismísima Malditos bastardos nunca hubiesen sido posibles sin esta película.

Teléfono rojo: ¿Volamos hacia Moscú? (S. Kubrick, 1964)

La trágica realidad: Hasta el fin de la Guerra Fría en 1991, la posibilidad de una guerra atómica resultaba aterradoramente plausible. Teniendo en cuenta las más de 17.000 armas nucleares que pululan hoy en día por el mundo, tal vez convenga recordarlo más a menudo.

La descacharrante película: A propósito de este filme, Kubrick contaba que comenzó a prepararlo con la idea de hacer un thriller muy serio, muy realista y muy admonitorio sobre la Guerra Fría y la disuasión nuclear. Pero que, conforme iba investigando sobre esos temas, estos iban pareciéndole más y más preñados de estupidez, y por ello apropiados para una de las pocas comedias (si no la única) que basan su hilaridad en la inminente extinción de la raza humana. Así las cosas, y al grito de “de perdidos al río”, el genio del Bronx se agenció los servicios de un guionista hippie y cachondo (Terry Southern) y de un Peter Sellers en plenitud de facultades, para después ensayar ciertas elegantes formas de persuasión sobre otros miembros del reparto. El resto, como suele decirse, es historia. Pero, por fortuna, sólo lo es en la pantalla… aún.

La loca historia del mundo (Mel Brooks, 1981)

La trágica realidad: Con sus quemas de herejes y judaizantes, su descomunal poder y su influencia en la historia de España, el Tribunal de la Inquisición es una de esas materias que los más sesudos eruditos gustan de coger con pinzas. Dejémoslo así.

La descacharrante película: Puede que los Monty Python no se esperasen a la Inquisición Española, pero está claro que Mel Brooks sí. Por si no tuviese bastante con convertir al Imperio Romano, la Última Cena (“¿Alguien ha pedido sopa?”) y la Revolución Francesa en materia de chiste, el comediante más irreverente de Brooklyn usó al Santo Tribunal como pretexto para un número breve pero intenso, y musical por añadidura, reservándosepara sí el papel del mismísimo fray Tomás de Torquemada (el primer Gran Inquisidor). Con su hábito rojo, Mel Torquemada demuestra sus habilidades para el claqué y para los más imaginativos métodos de tortura, con la ayuda de sus fieles esbirros y de unas monjas cuyo número de natación sincronizada resulta deudor, en igual medida, de Esther Williams y del Godard de Alphaville. 

Network: un mundo implacable (Sidney Lumet, 1976)

La trágica realidad: “Siguiendo la costumbre de este canal, que les entrega diariamente sangre y vísceras a todo color, vamos a ofrecerles algo nunca visto: un suicidio”. Estas fueron las últimas palabras de la reportera y presentadora Christine Chubbuck antes de volarse la tapa de los sesos, en riguroso directo, el 15 de julio de 1974.

La descacharrante película: De puro inesperada y siniestra, la historia de Christine Chubbuck parecía imposible de convertir en chiste (en un buen chiste, al menos) hasta que cayó en manos de un maestro de la sátira como Paddy Chayefsky. El guionista, que habría de ganar su tercer Oscar gracias a este filme, transformó a la joven periodista suicida en Howard Beale (Peter Finch), un reportero varón, al borde del retiro y con problemas mentales cuyo propósito de quitarse la vida ante las cámaras acaba convertido en circo mediático. Sumando a esta premisa otras paranoias de la época, como el secuestro de la heredera Patty Hearst, Chayefsky y el director Lumet entregaron un trabajo cuyo tono se adscribe a lo más negro del humor negro, pero que también resulta mucho más divertido que el terrible suceso original.

La guerra de Charlie Wilson (Mike Nichols, 2007)

La trágica realidad: De nuevo nos hallamos ante otra materia que exige cautela. Dejémoslo en que, financiando a los guerrilleros islamistas de Afganistán, el gobierno de EE UU provocó una espiral de sucesos que llegaría a su clímax el 11 de septiembre de 2001.

La descacharrante película: ¿Quienes fueron los responsables de que la CIA sufragase los gastos de Osama Bin Laden y sus chicos con turbante? Pues, si nos atenemos a lo que Nichols y Aaron Sorkin nos cuentan aquí, un politicastro fiestero con ganas de trepar (Tom Hanks), un agente secreto en horas bajas (Philip Seymour Hoffman) y una multimillonaria aburrida (Julia Roberts), que se tomaron el asunto como si de una obra de caridad se tratase. Aunque duramente criticada por el Partido Republicano, La guerra de Charlie Wilson podría haber sido un trabajo todavía más destroyer de no haber sido por los reparos de Hanks y las presiones de la propia CIA, según el periodista Matthew Alford.

Dolor y dinero (Michael Bay, 2013)

La trágica realidad: Es cierto que una banda formada por culturistas de Miami extorsionó, secuestró, torturó y asesinó a varias víctimas entre 1991 y 1995. Otra cosa es que dichas víctimas y sus familias encontraran divertidas las acciones del grupo, tan atroces como incompetentes.

La descacharrante película: El hecho de que Dolor y dinero sea el trabajo de Michael Bay que mejor cayó entre la crítica se debe a que el director y los guionistas no se inventaron casi nada: la llamada ‘Banda del Gimnasio Sun’ estaba formada por cretinos integrales, algo que el propio filme se dedica a recordarnos mediante intertítulos de lo más irónico. ¿La mano asada a a la barbacoa? Verdad de la buena. ¿Las ganancias invertidas en tratamientos contra la impotencia? También. ¿El tranquilizante para caballos? Lo mismo. La clave estaba, como bien supo ver Bay, en que dichos incidentes son extremadamente grotescos, y por ello se convierten en un festival de humor negro si se los muestra desde la óptica adecuada. Las muecas de Mark Wahlberg y las crisis de religiosidad de Dwayne Johnson también ayudan, para qué lo vamos a negar.

Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009)

La trágica realidad: A partir de 1950, el ejército estadounidense y la CIA llevaron a cabo programas como el MK Ultra y el Batallón First Earth, para investigar la aplicación de las drogas alucinógenas (en el primer caso) y el estilo de vida New Age (en el segundo) a la lucha contra sus enemigos.

La descacharrante película: Bueno, vale, es posible que las altas esferas de la mayor superpotencia del mundo rebosen de charlatanes y supersticiosos. Pero oye, sale Jeff Bridges haciendo de caballero Jedi… Basada en un auténtico reportaje del periodista Jon Ronson, Los hombres que miraban fijamente a las cabras resume (y, en muchos casos, edulcora) hechos que, vistos desde una óptica racional, dan bastante miedito. De hecho, según señala el propio filme, estas técnicas presuntamente paranormales acabarón aplicándose en Guantánamo y otros lugares por el estilo. Concretamente, como métodos de tortura.

El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013)

La trágica realidad: Corredores de bolsa sin escrúpulos que juegan con el dinero de sus clientes, manipulando a voluntad las condiciones del mercado y viviendo como pachás a costa de los pequeños ahorradores… Vaya, juraríamos que esto nos recuerda a algo.

La descacharrante película: Tal vez a Leonardo DiCaprio le resultase raro obtener el Globo de Oro al Mejor Actor de Comedia. Pero a nosotros nos resulta natural: al igual que otros muchos ejemplos de este informe, la película de Scorsese se ceba en lo grotesco y se regodea en el exceso, haciéndonos ver que muchos desastres de la vida real resultan tan exagerados que, una vez trasvasados a la pantalla, se convierten en chistes. Sobre lo que eso da a entender sobre el capitalismo financiero, en particular, y sobre la condición humana en general, mejor hablamos otro día. Entre otras cosas, porque es acordarnos de ‘Leo’ abriendo la puerta de su Lamborghini con el pie, y entrarnos la risa floja.

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