75 años de ‘Casablanca’: La política del amor

Hito del cine de estudios, es la quintaesencia de cómo se trabajaba, se amaba y se odiaba hace 75 años, en la Edad de Oro de Hollywood.

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16 de diciembre de 2017

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  • Hubo una época en la que los clásicos –esas películas que se quedan para siempre en la memoria de los espectadores, que son capaces de verlas una y otra vez y conocen de memoria sus planos, sus diálogos y el ángulo exacto de la pajarita de sus protagonistas–, los fabricaban en serie. La historia cuenta que, en 1938, el matrimonio formado por Murray Burnett y Joan Alison viajaron hasta Viena ligeros de equipaje… y salieron llevando chaquetones y joyas de su familia judía, antes de que los nazis se las robaran.

    Relajados tras la odisea, pararon en un café cantante de la costa francesa. Aquel ambiente cabaretero y bohemio, tras días de nerviosismo, inspiró a Burnett un musical. Burnett duraría menos que Peter Lorre en la película, aunque su elección de As Time Goes By como tema principal sí sería inmortal. El productor Hal B. Wallis compró los derechos de su obra Everybody Comes to Rick’s (Todo el mundo viene al bar de Rick) por 20.000 dólares para Warner. Y ahí es donde Casablanca, la película, el mito, inició su andadura.

    Hal B. Wallis es, como la gran mayoría de los que trabajan en el proyecto, de origen judío. No fue algo realmente importante en un Hollywood que todavía miraba el nazismo como algo ajeno. Pesó más el reciente éxito de Argel, de John Cromwell (1938) y Sólo los ángeles tienen alas (Howard Hawks, 1939): la tendencia la marcaban los melodramas ambientados en lugares exóticos recreados en platós. Wallis también quería el suyo.

    Era la época anterior a que los Cahiers se inventaran lo del ‘cine de autor’, y todo el mundo en un estudio como Warner ponía su granito de arena (¡y de ego!) para levantar una película, creando una obra más colectiva que autoral. El director, por ejemplo, el irascible Michael Curtiz, fue solo uno más de los artesanos encargados del proyecto, junto al director de fotografía Arthur Edeson (El halcón maltés). La música sería de Max Steiner (Lo que el viento se llevó) e incluso un joven Don Siegel, futuro director de Harry el sucio, se ocuparía de esos títulos de crédito con la sobreimpresión de la ruta al exilio de los Laszlo, que homenajearía Spielberg en Indiana Jones.

    Rick: de Reagan a Bogart

    En ningún lugar se vio más claro el carácter colaborativo del proyecto que en un guion en el que intervinieron hasta media docena de profesionales: los chispeantes gemelos Epstein se encargaron de la parte cómica del filme; demasiado sarcásticos, la parte amorosa recaería en Casey Robinson y la política en Howard Koch, colaborador de Orson Welles. Con el guion en constante reescritura, sin que nadie supiera ni de qué iba la historia ni cómo acababa, tocaba encontrar una pareja creíble.

    Se llegó a pensar en Ronald Reagan para interpretar al inmortal Rick Blaine. Wallis, sin embargo, quería a Humphrey Bogart, con el que había trabajado en El bosque petrificado y El halcón maltés; como actriz, estaba obcecado con Ingrid Bergman que, sin embargo, tenía contrato en exclusiva con David O. Selznick. Y aquí empieza la serie de felices encuentros político-amorosos de Casablanca: Selznick era de origen judío, y estaba aterrorizado por los coqueteos que la Suecia de Bergman estaba llevando a cabo con la Alemania de Hitler, así que accedió al ‘préstamo’.

    Las memorias de Ingrid Bergman nos presentan un rodaje completamente caótico. “Nadie tenía ni la más ligera idea de adónde iba la película”. Entre otras cosas, Bergman andaba todo mosca porque no sabía ni con quién acababa ni de quién de sus pretendientes, el idealista marido Laszlo, o el cínico ex rollete Rick, estaba enamorada. “Cada vez que preguntaba a Curtiz quién era yo en la película, qué sentía, qué estaba haciendo, él respondía: ‘Bueno, en realidad no estamos seguros, pero hagamos esta escena y mañana veremos”. Al final, la reescritura constante del guion fue una suerte para su trabajo, pues la duda de Bergman se refleja en la pantalla. Los problemas de la actriz no acababan ahí. Con Bogart la relación era algo más que gélida. “En Casablanca besé a Bogart, pero nunca llegué a conocerlo realmente –escribió–. Salía de su camerino, hacía su escena y luego se marchaba de nuevo. Era todo muy extraño y distante”.

    A ‘Bogie’, mucho más experto que Ingrid, le intranquilizaban dos cosas: que era su primer papel romántico y que Mayo Melthot, su entonces esposa, le montaba unos números de celos cada dos por tres que ríete de MyHyV. Quien sabe si traumatizado por la experiencia, Bogart llegaría a declarar: “No me gustan (las escenas de amor), porque no las hago bien. No es posible rodar una escena de amor sin tener un grupo de mirones peludos mascando tabaco a tres metros de ti”.

    Tampoco debía ser fácil caminar con esos plataformones para disimular la diferencia de altura con la diva… Bergman y Bogart debían ser, como mínimo, especialitos. Sin embargo, la palma a la hora de hacer amigos se la llevaba Paul Henreid, el santurrón y cornudo Victor Laszlo del filme: cuando no estaba cerca, Claude Rains, el capitán Renault, lo apodaba ‘Paul Hemorroide’ por lo irritante que resultaba. En realidad, todo era un caos controlado: eran curritos haciendo su trabajo, y sabían hacerlo mejor que nadie, e incluso bromear cuando la cámara no estaba rodando.

    La anécdota más jugosa cuenta que Peter Lorre, decidido a descubrir si era cierto que, entre toma y toma, Michael Curtiz se beneficiaba a un par de jovencitas, hizo que el técnico de sonido le pusiera un micro en su caravana y lo enchufara a unos altavoces. Los gemidos que se escucharon por todo el plató confirmaron las sospechas.

    Siempre nos quedará… 

    En pantalla, la cosa del sexo era más peliaguda: ¿tragaría la censura con una película en la que dos adúlteros no eran castigados? Pues sí. Y lo haría porque EE UU estaba en guerra, o iba a estarlo, o empezaba a estarlo… Y es que existía un problema para el estreno: EE UU no sabía muy bien qué implicación debía tener en la II Guerra Mundial, ni cómo explicársela a su población. Finalmente, Roosevelt decidió entrar en combate. Por una concatenación de infelices acontecimientos humanos, Casablanca, aquella película sobre refugiados en Marruecos realizada por refugiados en Hollywood, fue la aliada cinematográfica de los problemas políticos.

    Había que transmitir a una sociedad ansiosa de cine que el papel de EE UU en la guerra era tan importante que hasta era capaz de acabar con la regla del final made in Hollywood y renunciar al amor: por patriotismo, Rick se quedaría compuesto y sin novia e Ilsa muerta de aburrimiento junto al soso de Laszlo. La guinda, la madre de todas las citas, el “creo que este es el inicio de una bonita amistad” que le suelta Renault a un Rick todavía envuelto en volutas de niebla, fue obra del arquitecto de todo el filme, el mismísimo Hal Wallis, durante un transporte en coche al set de rodaje.

    Más política: en 1943, coincidiendo (ejem ejem) con la Conferencia de Casablanca tras la entrada de Patton en la ciudad, se estrenó el filme. Mejor publicidad no pudo tener, claro. Costó 950.000 dólares y recaudó, solo el primer año, 3.700.000, aunque sus ingresos posteriores son incalculables. Si en taquilla fue un éxito, lo mismo ocurrió en los Oscar. Nadie daba un duro por ella y sus ocho nominaciones pero apabulló a la favorita, Vigilancia en el Rhin, de Herman Shumlin: obtuvo el de mejor película, mejor director, y mejor guion adaptado. El húngaro Curtiz estaba tan sorprendido que no se había preparado nada y, en un cómico chapurreo de un inglés que no dominaba afirmó: “Tantas vesses me he preprado un discurso de agrrrradecimiento, pero no esssstaaa. Siemprrrre una dama de honor, nunca una madrrre”.

    Por supuesto, a España llegó más tarde, en 1946, y convenientemente doblada: Rick ya no combate en la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales, sino “en un país africano” (África, ya se sabe, empieza en los Pirineos). Una década después, los muy finolis estudiantes de Harvard empezaron a proyectarla cada año durante una semana. Y lo que había sido un éxito en los cines se convirtió en leyenda. Aquellos “problemas de tres pequeños seres” que según Rick Blaine “no cuentan nada en este loco mundo” acabaron por convertirse en el mayor mito de la historia del cine. Y ahí sigue. Porque todo pasa… pero siempre nos quedará Casablanca.

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    Colaborador habitual de Clint Eastwood, trabajó también en los pósters de 'Alien', 'La naranja mecánica', 'Crimen perfecto', 'Al Este del Edén' o 'Uno de los nuestros', entre otros

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