7 joyas de Ghibli que NO son de Miyazaki

Esta semana, las dos últimas películas de la gran productora de animación llegan a España. Demostramos que no todo su catálogo es 'La princesa Mononoke' o 'El viaje de Chihiro'.

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15 de marzo de 2016

Esta semana, los fans españoles del cine de animación estamos de enhorabuena: tras bastantes años de espera, por fin podremos disfrutar en pantalla grande de El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yomebayashi, 2014) y, sobre todo, de la apabullante El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013). Hablamos de dos películas en apariencia muy distinta (una es un drama con ribetes fantásticos, la otra una historia de hadas y milagros basada en un cuento tradicional) pero que, sin embargo, comparten un hecho esencial: se trata de produccciones de Studio Ghibli, la compañía que ha servido de plataforma para las creaciones de ese genio llamado Hayao Miyazaki.

Fundado hace 30 años (en junio de 1985) y actualmente en paro indefinido, tras la jubilación de su fundador y máximo responsable, Ghibli es conocido sobre todo por la obra miyazakiana. Pero no todos los títulos de su catálogo están firmados por el autor de El viaje de Chihiro Porco Rosso. Para ilustrar a aquellos que han visto los filmes del maestro y quieren más, ofrecemos aquí un catálogo con las ‘otras’ películas del estudio, aquellas que fueron obra de otros directores y que, por mucho que sus estilos difieran, presentan los rasgos que han hecho grande a la casa: una calidad visual más allá de lo apabullante, guiones de minuciosa sensibilidad y un cuidado exquisito en todos sus demás elementos.

La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1989)

La primera producción ‘no-Miyazaki’ de Ghibli es una de sus mejores películas… y también la más indicada para demoler cualquiera de nuestras preconcepciones sobre el estudio. Considerada por algunos críticos (entre ellos, el gran Roger Ebert) como una de las mejores películas bélicas jamás rodadas, La tumba de las luciérnagas perfiló a Takahata como la cara menos fantasiosa y más arisca de la productora, presentando un cuento de hambre, soledad y muerte protagonizado por dos niños (Seita, el mayor, y su hermanita Setsuko) durante los últimos meses de la II Guerra Mundial. Con su implacable retrato de un Japón reducido a escombros, este filme no es apto para días de bajón y lágrima fácil. ¿Lo ‘mejor’ de todo? Este filme tan cruel fue concebido para proyectarse junto a Mi vecino Totoro (estrenada ese mismo año) en el que seguramente habría sido el programa doble más devastador emocionalmente de la historia.

Recuerdos del ayer (I. Takahata, 1991)

Tras un asalto a los lagrimales tan implacable como el de La tumba de las luciérnagas, incluso un tipo tan serio como Takahata debía tener ganas de tomarse un descanso y mirar la vida desde un ángulo positivo. De ahí que, adaptando un manga del género josei (destinado a mujeres adultas), el cineasta se marcara una tragicomedia tirando a agridulce y contemplativa, pero no exenta de viveza y humor. Delatando sus influencias europeas (¿alguien dijo Eric Rohmer?), Takahata nos presenta a Taeko, una mujer con un pie en la mediana edad que se debate entre su presente en la cosmopolita Tokio y su pasado rural. Exitosísima en Japón, donde sus observaciones sociales (con el boom económico de los 80 como blanco) y de género (a sus 27 años, la heroína es vista como una solterona) tocaron la fibra sensible de los espectadores, Recuerdos del ayer llegó con cuentagotas a las pantallas internacionales. De hecho, el filme se ha editado en EE UU hasta este mismo año.

Pompoko (I. Takahata, 1994)

¿Otra de Takahata? Pues sí. Pero no pierdan comba, lectores, porque aquí tenemos una excepción a la regla: en lugar de un drama de los suyos, muy emocional y eso, el socio de Miyazaki se marca aquí una historia fantástica sobre un clan de tanuki (animales semejantes a los mapaches) obligados a luchar contra un implacable supervillano: la promoción inmobiliaria que amenaza con destruir su hábitat. Sacándole partido al folklore japonés, que atribuye a los tanuki una gran inteligencia y poderes mágicos, Pompoko resulta una experiencia inclasificable, entre el humor absurdo y el drama fantástico (con unas pocas gotas de terror) que señala las tachas y los vicios del Japón moderno a base de carcajadas. Y, sí: esos bultos que los tanuki machos muestran en el abdomen son exactamente lo que estás pensando.

Susurros del corazón (Yoshifumi Kondo, 1995)

Compañero de Miyazaki y Takahata desde sus comienzos televisivos, Yoshifumi Kondo fue el tercer vértice de Studio Ghibli: menos reconocido que sus dos amigos, éstos le consideraban insustituible debido a su buen carácter y a su entrega al oficio. Esa entrega le llevó a seguir trabajando incluso al verse aquejado de una grave enfermedad cardiorrespiratoria, que acabó causando su muerte tres años después de que su primer y único largometraje viese la luz. Un largometraje que merece mucho la pena, por cierto: guionizada por Miyazaki, Susurros del corazón presenta varios rasgos típicos de la obra del maestro, entre ellos una heroína adolescente con mucho carácter. Sólo que, en lugar de una princesa postapocalíptica o una guerrera asalvajada, aquí la chica es una joven aspirante a escritora con mucha imaginación. La película tuvo una secuela, Haru y el reino de los gatos (Hiroyuki Morita, 2002) que también merece un vistazo.

Mis vecinos los Yamada (I. Takahata, 1999)

Con Ghibli convertida ya en la productora estrella del anime gracias a La princesa Mononoke (Miyazaki, 1997), Takahata volvió a la acción… y volvió a ofrecer un experimento delicioso, sin duda el filme menos convencional estrenado con el sello Ghibli. Decir que Mis vecinos los Yamada (adaptación de las tiras cómicas de Hisaichi Ishii) es una sucesión de viñetas sobre la vida de una familia tokiota sería una descripción bastante atinada, pero no le haría justicia ni de lejos: elaborada con una mixtura de dibujo a mano alzada y animación digital, la técnica que el director ha vuelto a emplear en El cuento de la princesa Kaguya, el filme es un crisol donde convergen el retrato de costumbres, la poesía clásica japonesa y la imaginación desbocada, todo ello desde un prisma de buen humor que hace pensar en Shin Chan, pero con mucha más finura. Para colmo, Takahata recurrió a la gran Akiko Yano (una maestra del pop nipón) para que compusiese su también estupenda banda sonora.

Arrietty y el mundo de los diminutos (H. Yomebayashi, 2010)

Hiromasa Yonebayashi, el director de El recuerdo de Marnie, debutó con esta película tras haberse curtido a las órdenes del sensei Miyazaki desde 1997. Tal vez por ello, y también porque el maestro firmó el guion, su adaptación de la novela de Mary Norton (la misma en la que se basaron la serie Los diminutos y la película de acción real Los Borrowers) se atuvo absolutamente a lo que todos identificamos como ‘estilo Ghibli’, desde la ambientación al diseño de personajes, pasando por esa manera de conjugar lo íntimo con lo fantasioso. La jugada no salió nada mal, obteniendo un récord de taquilla en Japón y muy buenas críticas en todo el mundo. Pero si el cuerpo te pide originalidad, mejor busca en otra parte.

La colina de las amapolas (Gorô Miyazaki, 2011)

Paradojas de la vida: el hijo del fundador de Studio Ghibli ha sido, durante muchísimos años, el patito feo por excelencia de la casa. Y no sin razones: su debut, Cuentos de Terramar (2006), no le hizo ninguna justicia a la obra de Ursula K. LeGuin, mítica escritora de ciencia-ficción cuyas novelas quiso adaptar durante años Miyazaki padre, sin conseguirlo. Sin embargo, y tras muchos tiras y aflojas (en lo personal y en lo creativo) con su ilustre progenitor, Gorô se redimió ante crítica y público con su segundo largometraje, un drama ambientado en el Japón de posguerra que, sin llegar a la altura del resto de trabajos citados en este informe, sí deja buen sabor de boca y mete el dedo en según qué llagas históricas.

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