6 lecciones que aprendimos en Punto de Vista 2011

Volvemos del festival de Pamplona con la vista aireada a base de documentales y unas cuantas lecciones sobre la no ficción actual. Por ANDREA G. BERMEJO y DANIEL DE PARTEARROYO

03 de marzo de 2011

Por una semana, en la cartelera de los cines Carlos III de la capital navarra convivieron estrenos de Hollywood como Cisne negro o Valor de ley con películas que podían estar compuestas por collages visuales sin narración, ser documentales de 4 horas y media o video-diarios de Jonas Mekas, Naomi Uman o Andrés Duque. Así es Punto de Vista, el Festival Internacional de Cine Documental de Navarra, un lugar de encuentro entre cineastas, espectadores y teóricos que llega a su séptima edición sin faltar a su ideario, celebrando el cine de no-ficción y las propuestas arriesgadas e independientes de sus creadores. Desde CINEMANÍA ya nos referimos a su poderoso programa y nos hicimos eco de su palmarés. Ahora vamos más allá. Éstas son las cosas que aprendimos en Pamplona:

1. Enwireados. Una de las máximas del Festival Punto de Vista es su intención de propiciar el conocimiento de la realidad a través de documentales que sean socialmente necesarios. No es casualidad que dos de las películas ganadoras de la presente edición provengan de ese realismo social y se centren en colectivos olvidados. Para la brechtiana The Arbor fue el Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección mientras que Foreign Parts, de Véréna Paravel y J.P. Sniadecki, se llevó el Gran Premio Punto de Vista a la Mejor Película.




2. Los diarios ya no se escriben, se filman. El libro con candadito ha pasado a la historia. Ya tengas una handycam, un móvil o una cámara Súper 8, tu vida y la de los que te rodean son la mejor materia prima para una película. Así hizo Naomi Uman registrando su experiencia como inmigrante en la Ucrania rural en el proyecto La máquina del tiempo ucraniana o Andrés Duque, que remezcla su colección de AVIS en Color perro que huye (Premio del Público).

3. El amor es enfermizo o no es de verdad. Lo intuíamos y dos de las mejores películas del festival lo corroboran. The Ballad of Genesis and Lady Jaye (Marie Losier) retrata la fascinante historia de Genesis P-Orridge, conocido músico vanguardista que se lanzó a una serie de operaciones de cambio de sexo para hacer su cuerpo lo más parecido posible al de su mujer. Gravity Was Everywhere Back Then (Brent Green) cuenta a modo de adorable fábula en stop-motion la historia real de Leonard Wood, quien intentó curar el cancer de su novia construyéndole una casa con sus propias manos.

4. La voz en off quita, la voz en off da. Elemento expresivo peliagudo, su uso es delicado. El titán John Gianvito prescinde de ella en casi toda la monumental Vapor Trail (Clark) para hacer leer al espectador largos párrafos de texto, José Luis Guerín y Jonas Mekas se pasan de narradores orales en sus video-correspondencias y la portuguesa 48 (Susana de Sousa Dias) vive de las voces de represaliados por la dictadura de Salazar, cuyas fotos policiales son las únicas imágenes que vemos.

5. Once minutos dan para mucho. Es lo que duran aproximadamente el puñado de planos secuencia que componen Erie (Kevin Jerome Everson), una de las cintas formalmente más radicales del festival. La recompensa de aguantarla hasta el final viene con su mejor momento, una casi abstracta explosión de alegría a los pies de las cataratas del lago. Aunque nosotros nos quedamos con el plano fijo de 20 minutos de Hell Roaring Creek (Lucien Castaing-Taylor), con 3.000 ovejas cruzando un tramo de río. Hipnótico.

6. La historia olvidada de la mujer. La retrospectiva Lo personal es político, comisariada por Sophie Mayer y Elena Oroz, nos permitió recorrer las intersecciones entre feminismo y documental a través de películas de estética radical (Adynata, Leslie Thornton), discurso minimalista (This Quality, Rosalind Nashashibi), autorreflexivo (Love and Words are Politics, Sylvie Ballyot) y alejado de la mirada de Occidente.