40 años de ‘Tiburón’: sangre, sudor y salitre

Iba a ser el ridículo más espantoso de todos los tiempos y se convirtió en la madre de todos los taquillazos: 'Tiburón' cambió el cine moderno y de sus tripas salió un genio.

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20 de junio de 2015

En algún momento de esos interminables días de rodaje del verano de 1974, cuando los buzos intentaban subir a la superficie al tiburón articulado protagonista del filme por enésima vez, Steven Spielberg debió de pensar que su carrera estaba tan hundida como su criatura. Probablemente se devanaba los sesos preguntándose por qué había aceptado aquel encargo. Él, cuya ilusión era llevar al largo su corto en Super 8 Fireflight (más tarde rebautizado como Encuentros en la tercera fase) o adaptar la vida del inventor del inodoro, Thomas Crapper, se veía con su trasero en un bidé lleno de pirañas.

Nadie entendía cómo Universal había dejado esa producción en manos de “El Chico”, el sobrenombre con el que el equipo motejaba al imberbe Steven, de apenas 27 años, un tipo que sólo había dirigido unos pocos telefilmes como El diablo sobre ruedas (1971) y un buen puñado de capítulos de la serie Colombo. Porque sí, Steven había rodado una película todavía sin estrenar, llamada Loca evasión (1974), pero, ¿quién se acuerda hoy en día de la que probablemente sea su obra menos conocida?

“A ‘TIBURÓN’ LE DEBO MIS ÉXITOS POSTERIORES, PERO SOBRE TODO CONVERTIRME EN UNA PERSONA HUMILDE”. Steven Spielberg.

Lo cierto es que la producción fue irreflexiva a la manera típicamente hollywoodiana: David Brown compró los derechos de la novela porque leyó una buena reseña de la misma en la revista de su mujer, la muy prestigiosa en términos literarios Cosmopolitan. Estaba convencido de que se podía “entrenar a un tiburón”, para que hiciera lo que se suponía en el guión, en plan “venga, Mordisquitos, dame tu mejor sonrisa”, “ahora pon cara de enfadado” o algo así. Más tarde confesaría que “si hubiera leído el libro dos veces, no habría comprado los derechos”. Cuando vieron la imposibilidad de amaestrar a un gran tiburón blanco, El Chico les ofreció una escapatoria, según su biógrafo Joseph McBride: “¡Disney! Fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí el guión: ¡Disney! Tenemos que contratar a quien hizo el calamar de 20.000 leguas de viaje submarino (1954). No sabía su nombre. Resultó ser Bob Mattey”. Mattey era un entrañable abuelete ya jubilado pero, aun así, se puso manos a la obra y construyó tres tiburones, llamados colectivamente Bruce en honor del agresivo abogado de Spielberg. En- tusiasmados con su solución, los productores concedieron a Steven su siguiente deseo: rodar en mar abierto, lejos de las piscinas y tanques de agua de Hollywood. Lo nunca visto.

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Cuando el equipo llegó a Martha’s Vineyard el 2 de mayo de 1974, El Chico aprendió su primera lección: “No sabía lo que era el oceáno. Era muy ingenuo acerca del poder de los elementos. Mi arrogancia de director de cine que piensa que puede dominar los elementos fue realmente temeraria, pero yo era demasiado joven como para saber que exigir que el filme se rodara en el océano en vez de en una piscina de Hollywood era temerario”. Además de osado, Spielberg era picajoso, obsesivo y perfeccionista. El último de los cuatro guionis- tas, Carl Gottlieb, recordaba en Empire que “Steven podía pasarse todo el día rodando para obtener 12 segundos de película”. Especialmente desesperante era conseguir planos del horizonte. “Había un montón de curiosos. Algunos eran razonables, pero otros se negaban a salir de plano”. A menudo sólo tenía 2 horas hábiles de trabajo. Pero eso no era lo peor. Nadie había caído en la cuenta de que Mattey nunca había construido seres para sufrir las condiciones oceánicas. Sus tiburones, de 12 toneladas, empezaron a sufrir problemas de oxidación, no obedecían a los controles o se hundían cada dos por tres… Hasta sus ojos bizqueaban.

“PENSÉ QUE MI CARRERA HABÍA TERMINADO. OÍA RUMORES QUE DECÍAN QUE NO VOLVERÍA A TRABAJAR”. Steven Spielberg.

Los 55 días previstos de rodaje pasaron en un santiamén, y la inquietud se expandió entre el equipo como una mancha de sangre en el mar. Los actores estaban hasta las narices. La Orca, el barco de los héroes, a punto estuvo de irse a pique un día. Roy Scheider llegó a tirar una bandeja de comida por los aires, Robert Shaw se pasaba el día borracho y Richard Dreyfuss no tenía otro divertimento que tocarle las narices al beodo actor. Los técnicos, no digamos: nadie entendía por qué estaban rodando ese filme en el mar, lejos de la comodidad de los platós de Los Ángeles. De los cuatro millones de dólares presupuestados se había pasado a nueve… El cuerpecillo de Spielberg olía a carnaza desde Massachusetts hasta Hollywood. “Pensé que mi carrera había terminado”, ha recordado Spielberg. “Oía rumores que decían que no volvería nunca a trabajar”.

En esas horas infinitas, en esos días tirados a la basura porque, principiante como era, ya había filmado todos los planos recurso, Spielberg dio con la solución: “Que el tiburón no funcionara fue una bendición divina. No tenía otra opción más allá que imaginarme la película sin el tiburón, así que me pregunté: ‘¿Qué haría Alfred Hitchcock en una situación como esta?’… Seguro que respondería que lo que de verdad nos asusta es aquello que no vemos”. La otra gran referencia confesa, por supuesto, fue El enigma… de otro mundo (1951). Básicamente, salvar la película pasaba por ocultar al tiburón protagonista tanto como fuera posible. Gottlieb escribía de noche; Spielberg filmaba al alba y esquivaba las miradas de odio del equipo. Tan es así que, el último día de rodaje, evitó acudir al plató por temor a que lo lanzaran a alta mar. Desde entonces, por superstición, nunca aparece el último día de producción.

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Exhausto, 159 días después, Spielberg se plantó en casa de la montadora Verna Fields. Encerrado en la casa de Fields del Valle de San Fernando, el director seguía dándole vueltas a algunas escenas, aunque Universal se negara a gastarse un dólar más en el filme. Montó una piscina de plástico en el jardín de Fields y, con leche en polvo, recreó el océano y la celebrada escena en la que aparece la tuerta cabeza de Ben Gardner.

Y DE REPENTE, EL PRIMER VERANO…

Si genial fue la manera de salvar el filme de Spielberg, no menos brillante fue cómo se promocionó. Tras un preestreno en Dallas, a miles de kilómetros del mar, y en Los Ángeles, muy cerquita del hábitat de los escualos, Universal se dio cuenta de que tenía un éxito entre manos. Había un problema: el rodaje se había dilatado tanto que ya no cabía la posibilidad de estrenar en Navidad la, hasta entonces, gran temporada de estrenos. El verano se consideraba una “época tonta”. Decididos a conseguir que el público acudiera en masa a ver la película, Universal tomó dos decisiones que a la postre resultarían decisivas: lanzaron una campaña de televisión como nunca antes se había visto, por valor de 600.000 euros (de hecho, fue una de las primeras veces en las que Hollywood decidió anunciarse en la pequeña pantalla) y estrenaron simultáneamente en 450 salas (hasta entonces se estrenaba escalonadamente de ciudad en ciudad), inventando lo que hoy se conoce como “estreno por saturación”.

La guinda promocional la puso el ataque de un tiburón blanco a una bañista en San Diego. El resultado fue demoledor: Tiburón fue el primer filme en pasar la barrera psicológica de los 100 millones recaudados y, todavía hoy, se considera la película más rentable de la historia del cine con 470 millones de dólares. Para los amantes del séptimo arte, sin embargo, fue todavía mejor: había lanzado la carrera de Steven Spielberg, un genio des- tinado a cambiar la historia del medio. En una reciente entrevista en AICN, Spielberg lo resumía así: “Mereció la pena porque, en primer lugar, me permitió hacer Encuentros en la tercera fase, que era una película que había escrito y que nadie quería producir y, en segundo lugar, me permitió tener el montaje final de todas mis películas a partir de entonces. Pero supongo que lo que realmente le debo a Tiburón es convertime en una persona humilde, en aplacar mi imaginación cuando se enfrenta a la realidad de la vida”.

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