24 horas viendo películas caseras de desconocidos

'Home Movie Day and Night' te invita a una maratón de cine doméstico de todo el mundo

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02 de noviembre de 2019

Unas navidades y un fin de año, no uno cualquiera, además, el cambio de 1945 a 1946, en algún lugar de Estados Unidos, en un piso un poco soso, con tonos ocres y puertas de madera oscura. Todos llevan gorros de fiesta menos una de las mujeres. Se besan. Beben. Se emborrachan. Tratan de bailar. Apenas logran mantener la vertical. Es un video sin sonido. Hay otros, muchos más. Grupos de “desconocidos” llegando a Alaska en barcas en los años treinta. Una fiesta de quince en El Paso. Una fiesta de cumpleaños en una piscina. Un festival infantil. Unas vacaciones en la montaña. Un vals. Es la maratón de cine doméstico, el Home Movie Day and Night: The 24-Hour Marathon, celebrado el pasado 27 de octubre, coincidiendo con el día mundial de la herencia audiovisual, y que durante las dos siguientes semanas podrá verse libremente aquí. Durante veinticuatro horas se proyectaron en streaming películas caseras: casi ciento cincuenta películas pertenecientes a cuarenta y cinco archivos de todo el mundo. En realidad, es tomar la idea del Home Movie Day –un encuentro local en el que la gente comparte sus películas caseras con vecinos– y hacerla global, a lo grande.

Muchas de las películas caseras son sin sonido, eso permite tener el reproductor encendido todo el tiempo, prestarle atención a ratos, mientras haces otras cosas. Veo Nueva York en los años cuarenta, en una película en blanco y negro, y me parece una aspiración de la ciudad que llegará a ser. Hawai, Perú, España, Asia… hay películas de todas partes. Una familia va a esquiar. El padre graba, pide a las hijas adolescentes que hagan cosas, que ellas hacen a regañadientes. Me acuerdo de que en casi todas mis fotos de adolescente parezco enfadada. Otra secuencia, no sé si es el mismo viaje. En un aparcamiento, dos de las mujeres cantan y bailan una danza tradicional diría que hindú. Se ríen y mueven los brazos. Al fondo hay árboles. Veo una de un baile elegante en Chile en 1946, hay cócteles y llevan vestidos entallados. Las mujeres fuman. Acercan las caras unos a otros para hablar, como si se contaran un secreto. Ese vídeo casero grabado en super 8 me hace acordarme de la escritora Lucia Berlin (Alaska, 1936 – California, 2004), que pasó parte de su adolescencia en Chile, por el trabajo de su padre.

En España desde 2013 existe la Red de cine doméstico, que alberga proyectos de recuperación y conservación de películas caseras y que presentó su trabajo el 22 de octubre en una sesión en el cine Doré. Configuran la red MiniChaplin y #proyectomivida – Filmoteca de Andalucía (Andalucía), Filmoteca Canaria (Canarias), Guadalajara: Objetivo tus recuerdos (Castilla La Mancha) Home Movie Day Salamanca (Castilla y León), Unitat d´Investigación del Cinema de la URV y Cinema-Rescat (Cataluña), Imágenes por Rescatar-Filmoteca Valenciana (Comunidad Valenciana) La Mirada de los Extremeños-Filmoteca de Extremadura (Extremadura), Proxecto Socheo, La Cinematográfica, O Faiado da Memoria (Galicia), Rollos de Familia (País Vasco) y Memorias Celuloides (Región de Murcia).

El archivo mundial de cine doméstico es como un enorme trastero de recuerdos, algo así como el archivo de la memoria íntima colectiva. Puedes encontrar joyas, descubrir que el cine doméstico copia al comercial o al revés, descubrir un plano perfecto en su imperfección, o una secuencia emocionante. Hay un plano, rodado en Arkansas, creo, que es muy parecido a otro de La felicidad, de Agnès Varda. También hay escenas que me recuerdan a Daguerréotypes.

Me acuerdo de la frase de Joan Didion que abre el ensayo “El álbum blanco”: “Todos nos contamos historias para poder vivir”. Al ver estas películas caseras me doy cuenta de cómo todas las historias se parecen, o dicho de otro modo, me emociona ver que somos capaces de reconocernos en ese padre esquimal que da un beso a su bebé en Alaska en los años treinta. Y ese gesto, universal, que nos acerca es más poderoso que lo que nos separa. Y ese ver lo que nos une despierta nuestra curiosidad por descubrir lo que nos diferencia.

Las imágenes que veo no tienen nada que ver con la frase terrorífica “tengo aquí el vídeo de mi boda” que precedía a esa herramienta de tortura. En parte porque nadie va a pedirme que comparta su alegría cuando acabe, en parte porque puedo no mirar. (Seguramente porque no tiene sonido.) Pero también porque hay algo hipnótico en ver imágenes de desconocidos, muchos ya muertos, y en poder asomarse a su intimidad y a lo que alguien quiso conservar para siempre en una película. También hay vídeos domésticos no familiares: una calle, un edificio, se pretende dar un testimonio de cómo eran las cosas.

Annie Ernaux usa fotografías en sus libros: las describe, no necesariamente incluye una reproducción. Dice que la foto tiene un valor sociológico y antropológico increíble, lo mismo pasa con estos vídeos. Dan cuenta de usos y costumbres, actitudes, vestimenta; dan cuenta de su época. Como dicen desde la organización, “Las películas caseras documentan historias que a menudo se quedan fuera de las oficiales”. Dice Ernaux que la fotografía mira al futuro, pero también mira siempre a la muerte: qué habrá sido de todas esas personas. La familia que pasea en bata por el jardín delantero de su casa en Chicago, 1962. Uno lleva una bata de cuadros y un palo de golf. Algunos habrán muerto. Pero están congelados, atrapados para siempre en esa mañana soleada, aunque fría, de 1962, en la que se reían con ganas, aunque no sé qué decían ni qué era lo que tanto les hacía reír. Ahí puedo proyectar lo que quiera. Y supongo que esa es parte de la magia de ese cine doméstico.

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